Rue20 Español/Rabat
El Secretario General de la ONU, António Guterres, ha confirmado oficialmente la conclusión de la misión del diplomático argelino Ramtane Lamamra como Enviado Personal para Sudán.
Su reemplazo será el experimentado diplomático finlandés Pekka Haavisto, en un movimiento que no solo representa un simple relevo técnico, sino que evidencia el fracaso de la mediación argelina en una región sumida en el conflicto.
Lamamra, nombrado el 21 de noviembre de 2023, arribó con la promesa de capitalizar la reputación histórica de Argelia como mediador en crisis regionales.
Sin embargo, tras más de dos años de gestión, su mandato deja un balance desolador: Sudán sigue inmerso en enfrentamientos entre las Fuerzas Armadas y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), sin avances visibles hacia la pacificación.
Observadores internacionales critican la gestión de Lamamra como caracterizada por la inacción y la falta de una estrategia coherente.
Mientras la urgencia humanitaria requería una intervención activa desde los primeros meses de 2024, el emisario argelino priorizó estancias prolongadas en Bruselas y Ginebra; sumadas a viajes frecuentes y elevados gastos de representación, dejando un vacío palpable sobre el terreno.
El mandato de Lamamra será recordado por su distancia frente a la crisis y su incapacidad para generar resultados tangibles. Esta situación refleja, además, un deterioro más amplio de la influencia argelina en escenarios estratégicos: pérdidas de relevancia en el Sahel y dificultades para liderar consensos dentro de la Liga Árabe, el fracaso sudanés marca un punto crítico.
Con la llegada de Pekka Haavisto, la ONU busca retomar una mediación más pragmática y efectiva, dejando atrás lo que algunos describen como un periodo de “diplomacia de gabinete” por parte de Argelia.
Para Lamamra, la salida representa un cierre discreto de su mandato, pero con un legado marcado por la agravación del conflicto y un debilitamiento notable de la credibilidad internacional de su país como actor de mediación.
Este cambio subraya la creciente necesidad de una diplomacia activa y tangible frente a crisis prolongadas, y cuestiona la capacidad de Argelia para mantener su histórica posición como potencia regional mediadora.
