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jueves, junio 4, 2026

Marruecos ante el espejo

 

Rue20 Español/ Fez

Meryem Ghoua

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La Copa Africana de Naciones está dejando para Marruecos un escenario que obliga a detenerse, analizar y cuestionar, no desde la negación ni el ataque gratuito, sino desde la responsabilidad que implica competir como anfitrión y como una de las selecciones llamadas a luchar por el título.

El rendimiento mostrado hasta el momento dista del nivel esperado y abre un debate legítimo sobre el funcionamiento del equipo y las decisiones del cuerpo técnico liderado por Walid Regragui.

El combinado marroquí afrontó el torneo con una etiqueta pesada: favoritismo, presión ambiental y la ilusión de un país que espera ver a su selección dominar, convencer y avanzar con autoridad. Sin embargo, sobre el césped, Marruecos ha mostrado una versión irregular, previsible por momentos y carente de la intensidad que caracteriza a los grandes equipos en las competiciones cortas. Hay posesión, hay nombres, hay experiencia, pero falta continuidad, ritmo y, sobre todo, sensación de superioridad.

En este contexto, la figura de Regragui se convierte en eje central del análisis. El seleccionador se ganó con méritos propios el crédito del que goza hoy, pero el fútbol no vive del pasado. Algunas de sus elecciones generan dudas, especialmente la persistencia en ciertos jugadores que no atraviesan su mejor momento, mientras otros, en mejor forma o con mayor frescura, esperan su oportunidad desde el banquillo o los dejó fuera de su lista. Esta dinámica envía un mensaje peligroso al vestuario: que el rendimiento no siempre es el factor determinante.

La ausencia de una competencia real dentro del grupo afecta directamente a la intensidad colectiva. Cuando los puestos parecen garantizados, se pierde tensión, se relaja la exigencia y el equipo entra en una zona de confort incompatible con la realidad de la CAN. Rivales físicamente fuertes, organizados y sin complejos castigan cualquier concesión, y Marruecos ya ha mostrado dificultades para sostener el esfuerzo durante los 90 minutos.

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Desde el punto de vista táctico, el equipo acusa cierta rigidez. Los Leones del Atlas insisten en un plan que, cuando no funciona, tarda demasiado en ajustarse. La circulación del balón es lenta, la profundidad escasa y las transiciones defensivas vulnerables. En ataque, la dependencia de acciones individuales es evidente, mientras que el juego colectivo carece de automatismos que permitan desequilibrar defensas bien plantadas.

Otro elemento alarmante es la gestión de los momentos clave del partido. Marruecos se adelanta, pero no domina; controla tramos, pero no sentencia; recibe un golpe y duda. Esa fragilidad mental, impropia de una selección con experiencia internacional, refleja una falta de liderazgo dentro del campo y una desconexión entre líneas que se repite con demasiada frecuencia.

La crítica hacia Regragui y hacia el equipo no llega en el momento más cómodo, pero sí en uno decisivo. Aún hay margen para corregir errores, ajustar piezas y redefinir prioridades. Silenciar las dudas por miedo a desestabilizar sería un error mayor. Esta llamada de atención puede servir como punto de inflexión para reactivar la meritocracia, devolver la competitividad interna y recordar que en el fútbol de alto nivel nadie juega por decreto.

Marruecos sigue teniendo los argumentos para aspirar a lo máximo, pero la CAN no perdona la autosuficiencia ni la falta de ambición. Si el cuerpo técnico y los jugadores interpretan esta crítica como una oportunidad y no como una amenaza, el equipo aún puede reaccionar a tiempo. De lo contrario, el riesgo es claro: dejar pasar una ocasión histórica y descubrir demasiado tarde que las señales de alerta estaban ahí desde el principio.

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