Rue20 Español/ Ciudad de México
Por Moisés Amselem Elbaz*
En un mundo donde las tensiones geopolíticas son tan palpables como la brisa del desierto, la reciente cumbre de paz convocada por Donald Trump se presenta como un movimiento audaz en el tablero de ajedrez de Oriente Medio. Con Qatar, Egipto y Turquía como los tres mosqueteros de esta narrativa, el presidente estadounidense se ha erigido como un moderno D’Artagnan, intentando unir a personajes tan dispares como Netanyahu y Hamas en una danza diplomática que, en su esencia, se asemeja más a un juego de póker que a un diálogo sincero.
La estrategia de Trump, inspirada por la asesoría de su yerno y ciertos consejeros de inclinaciones cabalistas, es en sí misma un testimonio de su habilidad para manipular el escenario político. Sin embargo, la pregunta que todos nos hacemos es: ¿se puede realmente poner fin a la guerra contra Hamas sin una confrontación decisiva?
Desde el inicio del conflicto, Israel ha ganado terreno en Gaza, acercándose cada vez más a un control total del territorio. Pero la verdadera meta no es simplemente desarmar a Hamas; es erradicar sus raíces, desmantelar la ideología que alimenta su existencia. En este sentido, muchos se preguntan por qué Marruecos, un actor clave en la región, ha optado por mantenerse al margen. Tal vez, su rey intuye que la situación está a punto de cambiar drásticamente, y que la intervención de los tres mosqueteros podría dar lugar a una ruptura inevitable.
Los argumentos en favor de una «guerra selectiva» son válidos. Israel, respaldado por la inteligencia de EE.UU., ha logrado identificar las guaridas de Hamas. A medida que se despliegan los suministros de alimentos y se crean corredores humanitarios, la población civil se convierte en un peón en esta partida, obligada a desplazarse mientras las fuerzas israelíes llevan a cabo su «limpieza». Esta estrategia de guerra selectiva, aunque efectiva en teoría, plantea serias dudas sobre su viabilidad ética y humanitaria.
Por otro lado, es difícil ignorar el hecho de que Hamas está atrapado en un ciclo de violencia, donde su propia supervivencia depende de la represión. Las milicias pro-Israel dentro de Gaza son testimonio de un pueblo dividido, y la amenaza de represalias contra estas facciones es un recordatorio escalofriante de la complejidad del conflicto.
A pesar de todo, la narrativa de Trump es astuta. Al presentar a los enemigos como colaboradores en la búsqueda de la paz, él convierte a Netanyahu en el encargado de llevar a cabo la «limpieza». Sin embargo, el camino hacia la paz es complicado y, como bien sabemos, cualquier acuerdo es susceptible de romperse en un instante.
La realidad es que tanto en la Torá como en el Corán, se encuentran enseñanzas que abogan por el perdón y la compasión. Pero estas enseñanzas a menudo se pierden entre los gritos de guerra y la propaganda. La manipulación ideológica ha creado un ciclo de odio que es difícil de romper, y muchos están programados para la confrontación.
En definitiva, mientras el mundo observa con atención la jugada maestra de Trump y la participación de los tres mosqueteros, la cuestión permanece: ¿será posible encontrar una salida pacífica en un entorno donde el odio y el rencor están tan profundamente arraigados? Solo el tiempo lo dirá, pero la historia nos ha enseñado que, en la política, como en el ajedrez, a veces es necesario sacrificar una pieza para ganar la partida
*Colaborador
