Rue20 Español/Rabat
El apagón que afectó a 16 wilayas argelinas expone la fragilidad de una red eléctrica que aspira a abastecer a Europa y África.
Millones de argelinos se quedaron a oscuras durante largas horas esta semana cuando un apagón masivo golpeó 16 wilayas del país, principalmente en la región oriental. El incidente, calificado por las autoridades como «excepcional», se originó en la instalación eléctrica de Sidi Okba, en la wilaya de Biskra, y se propagó a través de la red nacional interconectada en cuestión de minutos. La combinación de altas temperaturas —que alcanzaron los 49 grados en algunas regiones— y un elevado nivel de humedad creó las condiciones propicias para que un incidente localizado se convirtiera en un corte de semejante magnitud.
El suministro no se restableció por completo hasta pasadas las cuatro de la madrugada, dejando a millones de ciudadanos sin electricidad durante cerca de seis horas en algunas localidades. El primer ministro, Sifi Ghrieb, supervisó personalmente la operación desde el Centro de Control de la Red Eléctrica Nacional, mientras el presidente Abdelmadjid Tebboune trasladaba sus felicitaciones a los equipos de Sonelgaz por su «profesionalismo».
Lo ocurrido en Sidi Okba plantea una pregunta incómoda: ¿cómo es posible que una sola avería en una instalación provoque un apagón en una parte tan extensa del territorio? La respuesta apunta a una distinción esencial que las autoridades argelinas parecen empeñadas en obviar: gran capacidad de producción no es sinónimo de fiabilidad del sistema eléctrico.
Sonelgaz ha anunciado en repetidas ocasiones la incorporación de nuevas capacidades por cerca de 1.850 megavatios adicionales. Pero el problema real no reside en los megavatios instalados, sino en la capacidad de la red para absorber incidencias, aislarlas rápidamente y evitar que un fallo localizado se generalice. El apagón del 14 de julio demuestra que, pese a los discursos triunfalistas, el sistema de transporte y supervisión sigue presentando vulnerabilidades preocupantes.
El propio ministro de Energía, Mourad Adjal, reconoció que el país había registrado dos picos de consumo récord en apenas dos días, alcanzando los 21.370 megavatios. El lunes anterior se había batido el récord histórico con 21.870 megavatios. Son cifras que evidencian la presión extrema a la que está sometida la red, pero que también revelan una verdad incómoda: los megavatios que tanto se exhiben en los discursos oficiales no sirven de nada cuando la infraestructura de transporte no está a la altura.
Mientras los argelinos permanecían a oscuras, el presidente Tebboune ha proyectado en los últimos meses una imagen de Argelia como futura plataforma regional de electricidad. El mandatario ha asegurado en repetidas ocasiones que el país cuenta con un excedente de producción de alrededor de 12.000 megavatios, una cifra que presenta como palanca estratégica para exportar electricidad a Europa, especialmente a través del proyecto de interconexión con Italia.
La ambición no se detiene en el Viejo Continente. El pasado 3 de junio, Argelia inauguró oficialmente en Niamey una central eléctrica de 40 megavatios financiada íntegramente por Argel y construida por Sonelgaz. El proyecto, presentado como una donación a Níger, pretende demostrar el «saber hacer» nacional y la vocación de Argelia de acompañar a sus socios africanos.
Pero la contradicción es evidente: ¿cómo puede un país movilizar recursos para construir infraestructuras en el extranjero y alimentar la ambición de abastecer al mercado europeo cuando su propia red nacional es incapaz de contener una avería localizada? El contraste entre los anuncios sobre excedentes de producción, proyectos de interconexión y ambiciones exportadoras, por un lado, y la realidad de un fallo técnico que dejó a varios millones de argelinos sin electricidad durante largas horas, por otro, resulta sencillamente insostenible.
La credibilidad exportadora de un país no se construye solo con el volumen de producción, sino con la solidez de sus infraestructuras de transporte, el rendimiento de sus sistemas de supervisión y la continuidad del servicio bajo fuertes tensiones. En todos estos aspectos, el apagón del 14 de julio ha evidenciado una brecha profunda entre las ambiciones proclamadas y las capacidades reales de la red argelina.
La comunicación oficial ha puesto el énfasis en los excedentes de producción y las ambiciones regionales, mientras mantenía en la sombra las vulnerabilidades persistentes de la red nacional. Pero un apagón de esta magnitud no se oculta con declaraciones ni con felicitaciones presidenciales a los equipos técnicos.
El relato de Argelia como futura «potencia exportadora de electricidad» choca frontalmente con la imagen de un sistema incapaz de contener una avería originada en una sola instalación. Antes de convencer a futuros socios extranjeros —ya sean europeos o africanos— de que pueden confiar en la electricidad argelina, las autoridades de Argel deberían demostrar que son capaces de garantizar el suministro a sus propios ciudadanos.
La prioridad debería ser la solidez de la red nacional. El resto, por muy ambicioso que sea el discurso, no es más que humo. O, en este caso, oscuridad.
