Escándalo en el Mundial: Argelia, del lado de las sospechas

 

Rue20 Español/Rabat

Hay equipos que juegan al fútbol; y hay equipos que juegan con la historia. Argelia, desde hace décadas, pertenece a este segundo grupo.

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El empate 3-3 ante Austria ha desatado una tormenta de sospechas que ningún gol en el último minuto puede disipar; y no es casualidad. Cuando un equipo construye su relato sobre la queja permanente, sobre la teoría de la conspiración y sobre una memoria selectiva que solo recuerda las injusticias que le favorecen, cualquier resultado ambiguo se convierte en espejo de su propia hipocresía.

El mantra del agraviado perpetuo

Los aficionados argelinos y buena parte de su prensa no han tardado en evocar el “Caso Gijón” de 1982. Aquel año, Alemania Occidental y Austria firmaron un empate que dejó a Argelia fuera del Mundial pese a haber ganado dos partidos. La Federación Argelina protestó. La FIFA no encontró pruebas; y el mundo del fútbol cambió las reglas para que nunca volviera a ocurrir.

Hasta ahí, todo comprensible. Lo que ya no es comprensible es que, cuarenta y cuatro años después, los mismos que se erigieron en víctimas de aquella presunta confabulación sean ahora los principales sospechosos de haber protagonizado un nuevo “biscotto”. Porque lo que vimos en Kansas City no fue un partido de fútbol, fue una coreografía bien ensayada.

Lo que vieron los ojos, no lo borra un gol

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El segundo tiempo del Argelia-Austria fue un manual de cómo no competir. Pases en horizontal sin apenas presión. Circulación sin profundidad. Una pausa de hidratación que pareció un acuerdo de caballeros: “No nos hagamos daño, que los dos pasamos”.

Los equipos que quieren ganar no juegan así. Los equipos que respetan al aficionado no juegan así. Los equipos que no tienen nada que ocultar no generan este tipo de sospechas. Pero Argelia, en su infinita capacidad para sentirse agraviada, parece creer que las reglas del juego limpio se aplican solo a los demás.

El seleccionador austriaco, Ralf Rangnick, ha calificado las acusaciones de “locura” y ha señalado el final trepidante como prueba de que no hubo acuerdo. Pero el hecho de que haya habido goles en los últimos minutos no borra lo que ocurrió durante los largos tramos de juego especulativo. Un partido puede ser emocionante en el marcador y turbio en su desarrollo. No son conceptos excluyentes.

Riyad Mahrez, capitán argelino, ha declarado que marcó su segundo gol porque “debía respetar el fútbol” y que “cuando recibió el balón delante del portero, tenía que intentar marcar”. Bonitas palabras. Pero el respeto al fútbol no se demuestra en un arreón de última hora, sino en los noventa minutos completos. El respeto al fútbol es no especular con el resultado cuando hay un tercer equipo —Irán— que depende de tu honestidad.

Irán ha quedado eliminado sin haber sido derrotado, con la clara evidencia de no haber jugado en igualdad de condiciones. Esa es la verdadera víctima de esta historia, no Argelia. Pero claro, los argelinos solo se acuerdan de las injusticias cuando ellos están del lado del perjudicado. Cuando están del otro lado, el silencio es cómplice.

La FIFA aún no ha abierto una investigación oficial. Debería hacerlo. No porque haya pruebas concluyentes de amaño —quizá no las haya—, sino porque el simple hecho de que un partido genere este nivel de sospechas ya es un daño al prestigio del torneo. Y porque Argelia, con su pasado de denunciante profesional, no puede escudarse ahora en la indignación selectiva.

Si no hubo nada turbio, que lo demuestren las imágenes y los datos. Si lo hubo, que se aplique el reglamento con la misma severidad con la que Argelia exigió que se aplicara en 1982. La coherencia, señores argelinos, es también una forma de respeto al fútbol.

Mientras tanto, el mundo del fútbol asiste a un espectáculo que ya conoce: Argelia, siempre Argelia, en el centro de la polémica. Siempre víctima, nunca verdugo. Siempre quejándose, nunca mirándose al espejo. El “Caso Gijón” les sirvió para cambiar las reglas del juego. Ahora, el “Caso Kansas City” debería servir para cambiar su actitud.

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Pero no nos engañemos: en Argelia, la memoria es muy larga para las ofensas que reciben y muy corta para las que causan.

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