El Sáhara marroquí ante una nueva secuencia diplomática: Entre legalidad internacional, realismo político y recomposición geopolítica

 

Rue20 Español/Rabat

Safia Abahaj*

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En los últimos meses, y de manera especialmente visible durante las últimas semanas, el dossier del Sáhara marroquí ha vuelto a ocupar un lugar central en la agenda diplomática internacional. No se trata de un simple movimiento coyuntural ni de una declaración aislada, sino de una evolución progresiva que confirma una tendencia de fondo: la comunidad internacional parece orientarse cada vez más hacia una solución política realista, negociada y duradera, en la que la iniciativa marroquí de autonomía ocupa un lugar cada vez más destacado.

La cuestión del Sáhara, por su complejidad histórica, jurídica y geopolítica, exige siempre prudencia analítica. Hablar de este expediente implica tener presentes los principios de la Carta de Naciones Unidas, el derecho a la autodeterminación, la integridad territorial de los Estados, la estabilidad regional, la seguridad en el Magreb y el Sahel, así como el papel de las grandes potencias en la configuración del equilibrio internacional.

Sin embargo, los acontecimientos recientes muestran que el lenguaje diplomático está cambiando. Y en relaciones internacionales, el lenguaje nunca es inocente: prepara, orienta y muchas veces anticipa las decisiones políticas.

La Resolución 2797: Un punto de inflexión diplomático

El elemento más relevante de esta nueva etapa es la adopción de la Resolución 2797 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, aprobada el 31 de octubre de 2025, que renovó el mandato de la MINURSO hasta el 31 de octubre de 2026. La resolución fue adoptada por 11 votos a favor, con tres abstenciones, China, Rusia y Pakistán; y con Argelia sin participar en la votación.

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Más allá de la renovación técnica del mandato de la misión, el valor político de esta resolución reside en su lenguaje. El Consejo de Seguridad reafirma la necesidad de alcanzar una solución política, justa, duradera y mutuamente aceptable, pero introduce con mayor claridad la idea de que una autonomía genuina puede representar una de las salidas más viables al conflicto.

Este matiz es esencial. Naciones Unidas no proclama una solución unilateral ni elimina el principio de autodeterminación, pero sitúa el realismo político en el centro del proceso. En otras palabras, la resolución parece reconocer que, después de décadas de bloqueo, la solución no puede construirse sobre fórmulas impracticables, sino sobre una arquitectura negociada que combine legitimidad jurídica, viabilidad política y estabilidad regional.

MINURSO: Entre continuidad, revisión y posible redefinición

La MINURSO, creada en 1991, nació en un contexto internacional muy distinto al actual. Su mandato inicial estuvo vinculado a la supervisión del alto el fuego y a la organización de un referéndum que, con el paso de los años, se reveló extremadamente difícil de materializar por desacuerdos profundos sobre el cuerpo electoral, las modalidades de participación y la interpretación política del proceso.

La renovación de su mandato hasta octubre de 2026 no significa, por tanto, una simple continuidad administrativa. La resolución abre también la puerta a una reflexión sobre el futuro de la misión, su utilidad, sus funciones y su adaptación al contexto actual. Algunos análisis recientes apuntan incluso a que la MINURSO podría estar entrando en una fase de revisión estratégica, especialmente en un momento en el que ciertos miembros del Consejo de Seguridad consideran necesario evaluar la eficacia de las operaciones de mantenimiento de la paz más antiguas.

La cuestión central ya no es únicamente si la MINURSO debe permanecer, sino con qué mandato, con qué objetivos y al servicio de qué horizonte político.

Japón y la consolidación de un nuevo clima internacional

Entre los acontecimientos recientes más significativos destaca la posición expresada por Japón, que ha acogido favorablemente la Resolución 2797 y ha manifestado su apoyo al proceso político dirigido por Naciones Unidas tomando como base la propuesta marroquí de autonomía. Japón también ha señalado su disposición a actuar en consecuencia en los planos diplomático y económico, teniendo en cuenta la evolución actual del expediente.

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Este posicionamiento tiene una importancia particular. Japón no es un actor menor: es una potencia económica, un socio estratégico de Marruecos y un país tradicionalmente prudente en sus formulaciones diplomáticas. Su evolución respecto al Sáhara confirma que el dossier ya no se interpreta solamente desde una óptica regional, sino también desde una perspectiva de estabilidad, inversión, seguridad y cooperación internacional.

A este movimiento se suman otros reconocimientos o apoyos recientes. Canadá, en abril de 2026, reconoció el plan marroquí de autonomía como una base seria y creíble para alcanzar una solución mutuamente aceptable. Suiza también valoró favorablemente el nuevo marco abierto por la Resolución 2797, subrayando al mismo tiempo la importancia del proceso de Naciones Unidas y del respeto al derecho a la autodeterminación.

En África, Mali retiró oficialmente su reconocimiento a la autoproclamada República Árabe Saharaui Democrática y expresó su apoyo al plan marroquí de autonomía bajo soberanía marroquí, un gesto diplomático de notable peso en el contexto africano y saheliano.

Estos movimientos no deben leerse como episodios aislados, sino como piezas de una tendencia más amplia: la progresiva internacionalización del respaldo a una solución de autonomía como fórmula de compromiso entre la soberanía, la estabilidad regional y una forma de autogobierno local.

Europa, el realismo diplomático y la evolución de las posiciones

La posición europea también ha conocido una evolución significativa en los últimos años. Países como España, Francia, Alemania, Portugal, Bélgica y Países Bajos han adoptado formulaciones cada vez más favorables a la iniciativa marroquí de autonomía, considerándola seria, creíble, realista o incluso la base más adecuada para una solución política. Bélgica, por ejemplo, respaldó oficialmente en octubre de 2025 el plan marroquí como la vía más viable para resolver el conflicto.

La Unión Europea, como bloque, mantiene una posición más institucional, centrada en el apoyo al proceso de Naciones Unidas. Sin embargo, la acumulación de posiciones nacionales favorables a la autonomía refleja un desplazamiento progresivo del centro de gravedad diplomático europeo.

Este cambio responde también a una lectura geopolítica más amplia. Para Europa, Marruecos es un socio esencial en materia de seguridad, migración, energía, lucha contra el terrorismo, estabilidad mediterránea y cooperación atlántica. En este contexto, el Sáhara ya no se percibe únicamente como un expediente heredado de la descolonización, sino como una pieza central de la arquitectura de seguridad euroafricana.

Autonomía, autodeterminación y derecho internacional: una lectura equilibrada

Desde el punto de vista jurídico, el gran desafío consiste en articular tres principios fundamentales: el derecho a la autodeterminación, la integridad territorial y la búsqueda de una solución política mutuamente aceptable.

La autonomía, tal como se plantea en la iniciativa marroquí de 2007, pretende ofrecer una vía intermedia: permitir a la población local gestionar sus asuntos internos mediante instituciones propias, conservando al mismo tiempo las competencias soberanas del Estado en materias como defensa, asuntos exteriores y símbolos de soberanía. Según descripciones ampliamente recogidas, el proyecto prevé órganos legislativos, ejecutivos y judiciales locales elegidos por los habitantes del territorio.

La cuestión, por tanto, no es simplificar el debate, sino asumir su complejidad. Una autonomía auténtica, dotada de garantías políticas, institucionales, culturales y económicas, podría convertirse en una fórmula compatible con una lectura contemporánea de la autodeterminación, siempre que permita una participación real de la población concernida y se inscriba en un marco negociado y reconocido internacionalmente.

El factor geopolítico: Magreb, Sahel y Atlántico

El Sáhara se ha convertido también en un espacio estratégico. Su posición geográfica, abierta al Atlántico y conectada con el Sahel, le confiere una importancia creciente en un mundo marcado por la competencia energética, la seguridad marítima, la lucha contra redes criminales transnacionales y la rivalidad entre potencias.

La estabilidad del Magreb no es una cuestión secundaria. La tensión entre Marruecos y Argelia, el papel del Frente Polisario, la fragilidad del Sahel y el interés de potencias internacionales convierten este expediente en un asunto de seguridad regional de primer orden.

Por ello, cada avance diplomático en torno al Sáhara tiene una lectura que va más allá del territorio. Afecta al futuro de la integración magrebí, a la seguridad africana, a la cooperación euroatlántica y al equilibrio de poder en el Mediterráneo occidental.

Una nueva etapa, pero no el final del camino

Sería excesivo afirmar que el dossier está cerrado. No lo está. El Frente Polisario sigue defendiendo una solución que incluya la opción de independencia, Argelia mantiene una posición crítica frente a la propuesta marroquí, y Naciones Unidas continúa apelando a una solución mutuamente aceptable conforme a su Carta y a sus resoluciones.

Pero también sería ingenuo ignorar la evolución de los hechos. La Resolución 2797, la renovación del mandato de la MINURSO, la revisión del papel de la misión, el apoyo de Japón, Canadá, Mali y otros actores internacionales, así como la evolución europea, muestran que el expediente ha entrado en una fase distinta.

La diplomacia marroquí ha logrado transformar una propuesta nacional en una referencia internacional cada vez más presente en el lenguaje de los Estados y de las instituciones multilaterales. Esa es, sin duda, una de las claves de esta nueva secuencia.

Conclusión

El Sáhara marroquí se encuentra hoy en un momento decisivo. No porque todas las respuestas estén ya escritas, sino porque las preguntas han cambiado. La comunidad internacional ya no parece buscar únicamente una solución ideal en abstracto, sino una salida posible, negociada, jurídicamente defendible y políticamente sostenible.

En un mundo fragmentado, donde los conflictos congelados pueden convertirse en focos de inestabilidad, la responsabilidad de los actores internacionales no consiste en prolongar indefinidamente los bloqueos, sino en favorecer soluciones que reconcilien derecho, dignidad, estabilidad y futuro.

Porque, al final, los grandes dossiers de la historia no se resuelven solo con mapas ni con discursos: se resuelven cuando la lucidez política se atreve a encontrarse con la justicia, y cuando el derecho internacional deja de ser una frontera inmóvil para convertirse en un puente hacia la paz.

*Activista saharaui y presidenta de la Asociación IMMUN.

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