Rue20 Español/Ciudad de México
Moisés Amselem Elbaz*
En un país donde el nexo entre el poder político y el poder criminal se ha tejido durante décadas—a lo largo de innumerables legislaturas del PRI, del PAN y de otros partidos—, la llegada de Claudia Sheinbaum a la presidencia representa algo más que un hito histórico por ser la primera mujer en ocupar el cargo. Representa la posibilidad concreta de romper, por fin, con un ciclo de impunidad estructural. Ante la gravísima acusación de Estados Unidos contra el gobernador de Sinaloa, es momento de ver más allá del escándalo inmediato y reconocer el carácter íntegro de la presidenta y la oportunidad única que su liderazgo ofrece a México.
Un Problema de Estado, No de un Partido
La infraestructura de corrupción que permite al narcotráfico florecer no se construyó en los últimos seis años. Es una red profundamente arraigada, cultivada a lo largo de más de medio siglo por élites políticas, económicas y criminales de distintos signos partidistas. Señalar a Morena como el origen de este mal es ignorar deliberadamente la historia. El problema es de Estado, y como tal, requiere una respuesta de Estado.
La presidenta Sheinbaum llega a este conflicto con una ventaja moral fundamental: no está comprometida con los pactos oscuros del pasado. Su trayectoria pública, primero como científica y luego como jefa de gobierno de la Ciudad de México, se ha caracterizado por la tecnocracia, la rendición de cuentas y un palpable distanciamiento de las prácticas clientelares tradicionales. Esta integridad personal es ahora el activo más valioso de la nación en un momento de crisis de credibilidad internacional.
Acciones, No Solo Palabras: La Ruta de la Cooperación Sobre la Confrontación
Frente a la presión extrema de Washington, la estrategia de Sheinbaum ha sido clara y consistente: cooperación profunda en seguridad, pero bajo el marco irrenunciable de la soberanía y la ley mexicana. Esto no es pasividad. Son hechos:
El despliegue de 10,000 elementos de la Guardia Nacional en la frontera.
La histórica transferencia de 92 presuntos miembros de cárteles a custodia estadounidense.
La eliminación de Nemesio Oseguera Cervantes, «El Mencho», líder del CJNG.
La Operación Enjambre, que ha desarticulado redes de corrupción local y arrestado a 60 funcionarios públicos, demostrando que la lucha no tiene «cordoncillos sagrados».
Estas acciones no son las de un gobierno enp connivencia con el crimen. Son las de una administración que, por primera vez en mucho tiempo, parece decidida a usar las instituciones del Estado para enfrentar al crimen, no a negociar con él. Sheinbaum ha ofrecido a Estados Unidos un modelo novedoso: resultados en seguridad a través de la cooperación profesional, no mediante la intervención o la capitulación.
El Dilema Supremo y la Prueba de Fuego
La acusación contra el gobernador Rocha Moya coloca a la presidenta en el ojo del huracán. Es aquí donde su integridad enfrenta su prueba más dura. Cualquier decisión tendrá costos políticos enormes.
Pero es precisamente porque ella no es parte del viejo sistema de lealtades incuestionables que puede tomar la decisión correcta, guiada por la ley y no por el compadrazgo. Su mandato no está atado a los pactos de antaño. La designación de Ernestina Godoy al frente de la FGR, una jurista con credenciales de independencia, es una señal de que el caso se puede procesar con seriedad, no como un acto de persecución política ni de encubrimiento.
Este es el momento de apoyarla al máximo. No con un apoyo ciego, sino con uno consciente de la encrucijada histórica. Presionarla para que proteja a un gobernador acusado sería empujar a México de vuelta al abismo de la impunidad y validar las acusaciones de Washington. Apoyarla para que permita que la justicia mexicana actúe con plena autonomía—sea cual sea el veredicto—es apostar por la institucionalidad.
Conclusión: Una Presidenta para un Momento Decisivo
México tiene, por primera vez en la vida democrática moderna, una presidenta cuya principal moneda política no son los acuerdos en lo oscuro, sino su credibilidad y su compromiso con la legalidad. Ella no creó el monstruo de la narcopolítica, pero es quizás la primera persona en la silla presidencial con la voluntad y la independencia moral necesarias para enfrentarlo de frente.
El camino será brutalmente difícil. Las estructuras de corrupción resistirán, los intereses creados lucharán y la presión externa será feroz. Pero es el único camino hacia un México donde la línea entre lo legal y lo ilegal vuelva a estar clara.
Apoyar a Claudia Sheinbaum en este instante no es solo apoyar a un gobierno. Es apoyar la posibilidad de que México, por fin, empiece a sanar una herida que ha sangrado por generaciones. Es creer que una mujer íntegra, al frente del Estado, puede hacer lo que infinidad de hombres, atados a los vicios del viejo sistema, nunca se atrevieron a hacer: poner la ley por encima de todo. La historia y el futuro del país lo exigen.
*Colaborador.
