Marruecos: un futuro emergente que España no puede seguir ignorando

Rue20 Español/ Rabat

Por Samir Moudi*

En los últimos años, Marruecos ha demostrado ser uno de los países más dinámicos y prometedores del continente africano. Su crecimiento económico sostenido, sus ambiciosas reformas estructurales, su modernización de infraestructuras y su creciente papel geoestratégico en el Mediterráneo y África invitan a repensar profundamente la forma en que España —y Europa en general— perciben a su vecino del sur.

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Sin embargo, persiste en buena parte de la sociedad española, y aún en ciertos sectores políticos y mediáticos, una visión anquilosada, llena de prejuicios y superioridad colonialista, que no solo resulta injusta, sino también contraproducente para los intereses estratégicos de España. Es hora de superar el desdén y la desconfianza atávica hacia Marruecos y apostar por una visión más realista, moderna y constructiva de la relación bilateral.

Marruecos, un país en transformación

Marruecos ha dejado atrás, de manera decidida, los tópicos que durante décadas marcaron su imagen internacional. Hoy, su economía se diversifica rápidamente. Además de ser un actor agrícola de primera línea y un productor de fosfatos insustituible, Marruecos ha desarrollado polos industriales de vanguardia, como el sector automovilístico —donde ya es el principal exportador de coches de África—, la aeronáutica, las energías renovables y la industria digital. La construcción de una de las mayores plantas de energía solar del mundo en Noor Ouarzazate, el puerto de Tánger Med —uno de los más grandes y modernos del Mediterráneo— y las nuevas ciudades inteligentes son muestras tangibles de un país en movimiento.

A nivel político, Marruecos ha apostado por reformas graduales, preservando la estabilidad interna en un contexto regional sacudido por convulsiones profundas. La monarquía, las instituciones estatales y la sociedad civil han optado por un modelo de modernización que combina tradición y apertura, seguridad y cambio progresivo. Pese a los desafíos que enfrenta, como cualquier país emergente, Marruecos ofrece hoy un modelo de estabilidad que muchos de sus vecinos en el Magreb y el Sahel envidiarían.

España: entre prejuicios y oportunidades desperdiciadas

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Pese a todo ello, la percepción en España sigue anclada en estereotipos. Muchos españoles ven Marruecos a través de un prisma orientalista, heredero inconsciente del siglo XIX, de las guerras coloniales y del Protectorado. Esta visión simplista dibuja a Marruecos como un país atrasado, conflictivo, peligroso, casi inmóvil en el tiempo. Se ignora su pujanza económica, su dinamismo demográfico, su creciente influencia diplomática en África y Oriente Medio.

El desconocimiento es flagrante: muy pocos españoles han visitado el Marruecos real más allá de Tánger o Marrakech, y todavía menos conocen la profundidad de sus cambios sociales y económicos. Esta ignorancia alimenta prejuicios, y los prejuicios, a su vez, limitan las posibilidades de una cooperación verdaderamente estratégica.

España, como primer socio comercial europeo de Marruecos y como vecino histórico, tiene en sus manos una oportunidad única. Estrechar lazos con el Reino permitiría no solo afianzar su seguridad energética (gracias a los gasoductos y a futuros proyectos de interconexión eléctrica solar y eólica), sino también abrir nuevos mercados para sus empresas, fortalecer la cooperación en materia de seguridad y migraciones, y consolidar su papel en el diálogo euroafricano, tan crucial para el futuro de Europa.

Más allá de la desconfianza: apostar por la cooperación estratégica

Ver a Marruecos como un rival o una amenaza es una visión miope. Apostar por su éxito es, en realidad, apostar también por la estabilidad del sur de Europa. España tiene mucho que ganar de un Marruecos fuerte, próspero y estable: reducción de las presiones migratorias, mercados emergentes para la exportación, oportunidades de inversión en infraestructuras, energías limpias, turismo sostenible y tecnología. Además, frente a los desafíos globales —cambio climático, crimen organizado, terrorismo, inseguridad alimentaria— la cooperación ibero-marroquí no es solo deseable: es imprescindible.

Pero para que esto ocurra, es necesario un cambio profundo de mentalidad. Los políticos españoles, los medios de comunicación, los intelectuales y, en general, la sociedad civil deben actualizar su visión. Deben abandonar la mirada arrogante, dejar de ver a Marruecos como un país «inferior» y comenzar a tratarlo como lo que es: un socio emergente, ambicioso, que aspira legítimamente a ocupar un lugar de peso en la escena internacional.

Del mismo modo que Alemania o Francia han aprendido a ver en sus antiguos adversarios a aliados estratégicos, España debe liberarse del lastre de su propio pasado colonial y mirar a Marruecos con ojos nuevos. No se trata de ingenuidad ni de idealización, sino de realismo político y de visión de futuro.

Ahora bien, es importante reconocer que no todo es idílico en el vecino del sur. Marruecos, como cualquier país en proceso de desarrollo, enfrenta importantes desafíos: persisten bolsas de pobreza, la emigración sigue siendo un fenómeno social relevante, y fenómenos como la corrupción o las desigualdades regionales aún lastran parte de su avance. Pero estos problemas no son exclusivos de Marruecos; también existen en potencias como Estados Unidos, o en democracias consolidadas como España. Lo esencial es comprender que, a pesar de estos obstáculos, Marruecos es un país que muestra una voluntad clara de reformarse, modernizarse y mejorar las condiciones de vida de su población. Ignorar esta dinámica de cambio por quedarse anclados en los problemas sería un grave error de apreciación.

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Una parte importante de la visión negativa que muchos españoles tienen de Marruecos se alimenta, paradójicamente, del desconocimiento. Quienes nunca han pisado suelo marroquí, quienes jamás han hablado con su juventud emprendedora o paseado por sus modernas ciudades, son a menudo los más vehementes en su crítica. A esto se suma una clase política que, en ocasiones, no duda en explotar los prejuicios contra Marruecos para obtener rédito electoral fácil, azuzando temores y desconfianzas en lugar de apostar por la pedagogía y el acercamiento. En tiempos en que buena parte de la población forma su visión del mundo exclusivamente a través de las redes sociales —o peor aún, basándose en hechos aislados relacionados con la emigración irregular o con problemas de integración—, la imagen del marroquí, del árabe, del «moro», queda injustamente reducida a estereotipos deformantes. Esta simplificación no solo es profundamente injusta: es también un freno a la construcción de una relación madura y provechosa entre ambos pueblos.

Marruecos y España: Un futuro común

La historia, la geografía y la economía condenan a España y Marruecos a entenderse. Pero esta condena no debe ser vista como un peso, sino como una oportunidad histórica. Si España sabe construir una relación madura, basada en el respeto mutuo, el interés común y la cooperación profunda, no solo contribuirá a la estabilidad y prosperidad de su entorno, sino que también reforzará su propia posición estratégica en un mundo cada vez más multipolar.

Marruecos no es el «otro» al que hay que temer o despreciar. Es un vecino que cambia, crece y mira al futuro. España debe decidir si quiere caminar junto a él, como socio y amigo, o si prefiere quedarse atrapada en los fantasmas de su pasado, perdiendo una de las grandes oportunidades que le ofrece el siglo XXI.

* Profesor, hispanista y traductor- Marrakech -Marruecos.

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