Rue 20 Español / Alhucemas
Fikri SOUSSAN
En el mapa diplomático latinoamericano, el año 2025 marca un viraje decisivo. Países que durante décadas respaldaron la tesis separatista han revisado sus posturas, alineándose con la propuesta marroquí de autonomía. Esta transformación, fruto de una diplomacia firme y serena, debilita al Frente Polisario y refuerza la legitimidad de Marruecos sobre su Sáhara en un continente cada vez más receptivo al realismo y la legalidad internacional.
En los últimos años, la diplomacia marroquí ha cosechado avances estratégicos notables en América Latina, una región que durante décadas fue uno de los escenarios más disputados entre Rabat y el eje argelino-polisarista. Hoy, desde Quito hasta Asunción, pasando por Lima, Santiago y Panamá, el mapa diplomático latinoamericano ilustra una dirección inequívoca: el reconocimiento a la legitimidad de la soberanía marroquí sobre el Sáhara y el apoyo creciente a la iniciativa de autonomía como única vía realista, seria y duradera para resolver el conflicto.
Este reposicionamiento es el fruto de una estrategia cuidadosamente construida. Una diplomacia perseverante, impulsada por las Altas Orientaciones de Su Majestad el Rey Mohamed VI, que ha sabido tejer alianzas, escuchar a sus interlocutores y presentar una propuesta sólida y pragmática. Frente a ello, la tesis separatista promovida por el Polisario —con el respaldo incondicional de Argelia— ha ido perdiendo fuerza y credibilidad. La narrativa de la “liberación” ya no convence; las cifras, los hechos y la realidad regional hablan por sí mismos.
En 2024, dos decisiones marcaron un punto de inflexión: la República del Ecuador y Panamá suspendieron su reconocimiento a la seudo “RASD”, poniendo fin a décadas de alineamiento con una causa que ya no tiene asidero jurídico ni respaldo popular. Poco antes, Perú también había dado marcha atrás, mientras que Brasil, Paraguay y Chile han reafirmado su apoyo a la iniciativa marroquí. Los parlamentos de estos países han expresado su respaldo de forma institucional y, además, han instado a sus gobiernos a adoptar posiciones claras en los foros internacionales. El canciller chileno, Alberto Van Klaveren, habló sin ambigüedades al referirse a una solución justa, viable y definitiva bajo la propuesta de autonomía presentada por Marruecos ante las Naciones Unidas en 2007.
Más allá del plano gubernamental, la diplomacia parlamentaria y los intercambios con universidades, medios de comunicación y organizaciones de la sociedad civil han contribuido a reforzar la imagen de un Marruecos comprometido con la paz, el desarrollo y la estabilidad. En contraste, el Polisario aparece cada vez más como un residuo de la Guerra Fría, sostenido artificialmente por la maquinaria propagandística y financiera del régimen argelino.
Como explican expertos en derecho internacional como el peruano Miguel Ángel Rodríguez Mackay, estos retiros de reconocimiento no son una anécdota, sino la consecuencia lógica de una verdad jurídica y política: la seudo “RASD” no tiene existencia conforme al derecho internacional. Es una invención destinada a servir intereses geoestratégicos ajenos a la voluntad real de los saharauis.
Los cambios diplomáticos de los últimos años reflejan también un viraje de fondo en las percepciones de la región. América Latina, con su historia de lucha por la soberanía y los derechos humanos, reconoce en la propuesta marroquí una solución pragmática, respetuosa de los equilibrios geopolíticos y de las aspiraciones legítimas de las poblaciones del sur.
A esto se suma una estrategia institucional bien definida. Marruecos ha reforzado su presencia en organismos como el FOPREL, ha impulsado la creación del Foro Económico Marruecos–América Latina–Caribe y ha sabido forjar un marco de cooperación con los parlamentos de Mercosur, Parlacen y el Parlamento Andino. Estos avances estrechan lazos políticos y económicos, reafirmando, al mismo tiempo, la dimensión regional e internacional del conflicto.
En abril de 2025, el Parlamento Centroamericano (PARLACEN) reafirmó su respaldo a la propuesta de autonomía marroquí como “una solución realista y creíble al diferendo regional” en su Declaración de Al Aaiún. Esta declaración, firmada conjuntamente con la Cámara de Consejeros de Marruecos, destacó también los esfuerzos de desarrollo constatados en el Sáhara marroquí y subrayó la importancia de la cooperación interregional en temas clave como la migración, el diálogo Sur-Sur y la estabilidad geoestratégica entre África, América Latina y el Caribe.
También desde Washington se consolida una postura firme y sin ambigüedades. En abril de 2025, el congresista republicano Joe Wilson —miembro del Comité de Relaciones Exteriores del Congreso de Estados Unidos— anunció la presentación de un proyecto de ley para designar oficialmente al Frente Polisario como organización terrorista. Esta iniciativa, impulsada tras su encuentro con el ministro marroquí de Exteriores, Nasser Bourita, refleja un cambio de paradigma: no se trata únicamente de apoyar el plan de autonomía propuesto por Marruecos, sino de desenmascarar la verdadera naturaleza del Polisario, vinculado a redes desestabilizadoras y actores hostiles como Irán y Sudáfrica. Según Wilson, “el verdadero camino hacia la paz en la región pasa por una autonomía real bajo soberanía marroquí”. La propuesta legislativa es un gesto simbólico y estratégico que consolida aún más la legitimidad internacional de Marruecos.
La comunidad internacional ya no ve en el Polisario un interlocutor legítimo, sino un instrumento desgastado, anclado en el pasado y funcional a los intereses de una Argelia que sigue apostando por la desestabilización y el enfrentamiento.
La batalla por la opinión pública también se está librando —y ganando— en los medios de comunicación, en los campus universitarios, en el diálogo cultural. Hoy, las justificaciones ideológicas que antes sostenían al separatismo se desmoronan frente a la fuerza de los hechos, la solidez de la propuesta marroquí y la claridad de su visión para el futuro.
En este 2025, América Latina se consolida como una región aliada. Su respaldo responde tanto a afinidades diplomáticas como a una sintonía profunda con los valores de justicia, paz y legalidad. Cada vez más gobiernos, parlamentos y sociedades reconocen lo evidente: el Sáhara es marroquí. La tesis separatista, antes sostenida por los recursos y la propaganda del régimen argelino, se desdibuja. Lo que persiste, en última instancia, es el eco de un proyecto fallido.
