Con Argelia no hay diálogo: solo imposición

Rue20 Español/ Rabat

La relación entre Francia y Argelia vuelve a entrar en zona de tormenta. Esta vez, el detonante ha sido la expulsión recíproca de diplomáticos y agentes consulares entre París y Argel. En total, doce funcionarios franceses fueron expulsados de Argelia, seguidos por la expulsión de doce diplomáticos argelinos en Francia. El presidente Macron también ha llamado a consultas a su embajador en Argel, en lo que ya se interpreta como una escalada directa de la tensión bilateral.

La reacción francesa ha sido calificada de “simbólicamente simétrica”, pero la lectura es más profunda: Macron parece haberse resignado al pulso de fuerza que impone el régimen argelino, una dinámica que ha frustrado una y otra vez los intentos de París por recomponer un diálogo “fructífero”. Lo que comenzó con una llamada de buena voluntad entre Macron y Tebboune el 31 de marzo, que prometía cooperación migratoria, económica y judicial, ha quedado en ruinas en apenas dos semanas.

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Detrás de esta crisis, sin embargo, hay algo más que desacuerdos diplomáticos. El punto de fricción real es la persecución de opositores argelinos en territorio francés, algunos de los cuales han sido objeto de secuestros y amenazas. El detonante inmediato de esta última escalada fue la detención en París de tres ciudadanos argelinos —entre ellos un agente consular— por su presunta implicación en el secuestro de un influencer opositor refugiado en Francia. La justicia francesa actuó, y el régimen argelino respondió con represalias diplomáticas, ignorando las normas básicas del derecho internacional.

Francia se encuentra ahora en una posición delicada. Por un lado, quiere proteger su soberanía y garantizar que su territorio no se utilice para operaciones extraterritoriales contra disidentes. Por otro, teme romper completamente los frágiles lazos con un régimen imprevisible, cuyo comportamiento es cada vez más percibido como autoritario y hostil.

En este escenario, la figura del escritor Boualem Sansal, detenido en Argelia desde noviembre y condenado a cinco años de prisión, se convierte en símbolo de una crisis más profunda. Sus hijas, en una carta abierta publicada en el diario francés Le Figaro, denuncian con amargura que su padre ha quedado atrapado en un conflicto político que no le pertenece:

“A medida que el silencio se alarga, y las tensiones entre Francia y Argelia se enredan en juegos diplomáticos que nos superan, nuestro padre sigue ahí, rehén de un contencioso que no lo concierne”.

Lo más preocupante es que este no es un caso aislado. Las presiones, amenazas y chantajes del régimen argelino a sus opositores —incluso en el extranjero— son una constante. Y lo son también las concesiones de gobiernos occidentales que, por miedo o interés, prefieren mirar hacia otro lado. Esta vez, sin embargo, el Elíseo parece haber llegado a su límite.

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Desde Marruecos, observamos esta crisis con la claridad de quien conoce bien la actitud del régimen militar argelino: la rigidez, el uso de la intimidación como herramienta de poder, el desprecio por las reglas diplomáticas y la instrumentalización de la memoria como escudo político. Francia está comprobando en carne propia lo que otros países llevamos años denunciando.

La pregunta ahora es si París optará por una firmeza real o volverá, una vez más, al juego de equilibrios ambiguos. Porque con Argelia, el diálogo no es a dos voces. Es un monólogo que se impone a golpe de amenazas.

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