El «cáncer» de África del Norte: una advertencia premonitoria del difunto rey Hassan II

Rue20 Español/ Rabat

Las frases que trascienden el tiempo no lo hacen por su polémica, sino por su capacidad de expresar con exactitud una realidad inalterable. En 1962, en plena transición hacia la independencia de Argelia, el difunto SM el Rey Hassan II advirtió al general Charles de Gaulle con una frase que, con el paso de los años, ha demostrado ser una profecía inquietante: “Argelia será el cáncer de África del Norte”.

No era una simple crítica diplomática ni una provocación política. Hassan II, con su aguda visión geopolítica, comprendía que el nuevo Estado argelino, concebido sobre una estructura militarista y un nacionalismo radical, no se convertiría en un socio natural para sus vecinos, sino en un foco permanente de inestabilidad. Seis décadas después, el tiempo le ha dado la razón. El exembajador de Francia en Argel, Xavier Driencourt, rescató recientemente esta advertencia en una entrevista con Alain Juillet en Open Box TV. Driencourt, con la experiencia de quien ha vivido la política argelina desde dentro, subrayó la paradoja de un país que, tras recibir el respaldo de Marruecos en su lucha contra el colonialismo francés, se convirtió en el mayor adversario de Rabat desde su independencia.

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La historia postcolonial de Argelia ha estado marcada por una diplomacia obstruccionista, diseñada más para sabotear a sus vecinos que para integrarse en una visión de cooperación regional. Su respaldo al Frente Polisario, su injerencia en la inestabilidad del Sahel y su alineación con actores que buscan perpetuar el caos han convertido al régimen argelino en un factor sistemático de bloqueo. Marruecos, en cambio, ha reforzado su liderazgo diplomático y económico en África, tejiendo alianzas estratégicas y consolidando acuerdos con potencias internacionales. Argelia, por el contrario, ha quedado atrapada en una espiral de confrontación, anclada en un discurso de guerra fría que ya no tiene cabida en la política global. El rompimiento de relaciones diplomáticas con Marruecos en 2021, su oposición a la reintegración del Reino en la Unión Africana y el apoyo militar y financiero al separatismo en el Sáhara no han hecho más que reafirmar su rol como un obstáculo a la estabilidad regional. Su papel en la desestabilización del Sahel, denunciado incluso por gobiernos africanos como el de Mali, confirma que Argelia no es un socio confiable y se ha convertido en un agente desestabilizador en el norte del continente.

Lejos de responder a la provocación argelina, Marruecos ha optado por la vía del éxito diplomático y económico. Mientras el régimen argelino se enreda en su propio aislamiento, Marruecos ha fortalecido su presencia en África, Europa y América Latina, consolidando acuerdos en sectores estratégicos como energías renovables, infraestructura y seguridad. El gasoducto Nigeria-Marruecos, por ejemplo, representa una apuesta por la integración energética africana, contrastando con la dependencia argelina del gas como su única carta geopolítica. A nivel diplomático, el reconocimiento internacional de la soberanía marroquí sobre el Sáhara, con el apoyo de países clave como Estados Unidos, Francia, España y Alemania, confirma que Rabat ha elegido un camino de estabilidad y desarrollo.

Hassan II lo vio venir hace más de 60 años. Hoy, con Argelia más aislada que nunca, con una economía en declive y una política exterior reducida a gestos simbólicos, su advertencia cobra más vigencia que nunca. Sin embargo, Marruecos no ha necesitado entrar en el juego de la confrontación. El verdadero éxito del Reino radica en su capacidad de avanzar sin mirar atrás, dejando que Argelia se consuma en sus propios fracasos. En esta ecuación, el progreso es la única respuesta que desarma por completo la obsesión argelina. Y Marruecos, con pasos firmes, ya lleva la delantera.

 

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