Rue20 Español/Tánger
La detención de Boualem Sansal en Argelia, que ya se extiende por tres meses, es el reflejo de un sistema que teme a la palabra libre. Le Figaro, en su edición del 15 de febrero de 2025, ha dedicado su editorial a denunciar la reclusión del escritor, poniendo sobre la mesa el silenciamiento de voces disidentes en el país vecino. No se trata solo de la privación de libertad física, sino de una agresión contra la conciencia crítica, contra el derecho a cuestionar y relatar la realidad sin temor a represalias.
Sansal no es un opositor político en el sentido clásico, sino un intelectual cuya obra ha diseccionado la historia y las heridas de su nación con la lucidez de quien ama profundamente su tierra. Novelas como Le Serment des barbares o Rue Darwin narran una Argelia compleja, marcada por sus tragedias y contradicciones. Su denuncia del islamismo radical y del autoritarismo lo convirtió en un objetivo del régimen argelino, que no tolera voces que desafíen su narrativa oficial.
El editorial de Le Figaro traza un paralelismo con Albert Camus, otro hijo de Argelia que, atrapado entre la Francia colonial y el nacionalismo emergente, defendió la justicia con independencia de bandos. Camus entendía que la creación literaria y el pensamiento no pueden florecer bajo la opresión. Sansal, hoy, es víctima de la misma lógica represiva: se le castiga por escribir, por pensar, por recordar. Como señala Le Figaro, «un escritor en cadenas sufre por partida doble, como hombre y como poeta».
El silencio de las autoridades argelinas sobre su estado de salud y sus condiciones de reclusión es tan inquietante como el hecho mismo de su arresto. En Francia, la solidaridad con el escritor no ha cesado. Desde tribunas en la prensa hasta eventos de apoyo en el Instituto del Mundo Árabe, numerosas figuras literarias han exigido su liberación. Pero la cuestión no debe limitarse a los círculos intelectuales europeos. La detención de Sansal es una evidencia de que la represión del pensamiento sigue siendo una realidad en Argelia y que el derecho a la libertad de expresión sigue siendo un privilegio en lugar de un derecho garantizado.
El caso de Sansal interpela tanto a los defensores de la literatura como a todos aquellos que creen en la dignidad humana y en el derecho a disentir. La literatura no puede ser encarcelada, y todo intento por acallar a quienes desafían el pensamiento único solo subraya la fragilidad de quienes ostentan el poder. Como advierte Le Figaro, «Sansal ya sufre la arbitrariedad que supone su detención». Boualem Sansal debe ser liberado, porque su prisión es la de todos aquellos que creen en la palabra como acto de resistencia.
