El Sahel se aleja de Argelia y consolida el liderazgo de Marruecos

 

Rue20 Español/Rabat

Argelia ha reabierto este viernes su espacio aéreo a los vuelos con origen o destino a Malí, después de más de un año de cierre unilateral. Oficialmente, el régimen argelino justifica la medida como un gesto de distensión para “restablecer la cooperación en materia de seguridad”.

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Sin embargo, detrás de esta decisión, tomada por el Ministerio de Defensa argelino, no hay una estrategia de reconciliación, sino el reconocimiento tácito de un fracaso: el de una política saheliana que ha quedado desbordada por los acontecimientos y superada por la visión de futuro de Marruecos.

En geopolítica, los espacios aéreos no se reabren por generosidad, sino por necesidad. Y Argelia tiene prisa por volver a una mesa de la que fue expulsada. La decisión del pasado 10 de julio no es el inicio de una nueva era, sino el final de una etapa de aislamiento que el propio Argel provocó al derribar un dron militar maliense en abril de 2025, un acto calificado por Bamako de “agresión”.

Aquel incidente desencadenó una crisis que llevó a Malí a cerrar su espacio aéreo a Argelia y a presentar una demanda ante la Corte Internacional de Justicia. Ahora, Argel regresa, pero lo hace a un Sahel que ya no es el mismo: un Sahel donde los países de la Alianza de los Estados del Sahel (AES) han aprendido a prescindir de tutelas y a elegir a sus socios.

La geografía no es estrategia

Argelia siempre ha presumido de su proximidad geográfica al Sahel, compartiendo más de 1.300 kilómetros de frontera con Malí. Pero la vecindad no es sinónimo de influencia. Durante décadas, Argel basó su presencia en el control de fronteras y en una diplomacia de mediación que cristalizó en el Acuerdo de Argel de 2015. Sin embargo, Malí denunció ese acuerdo en enero de 2024, y desde entonces, la relación no ha hecho más que deteriorarse.

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Mientras Argelia sigue anclada en una lógica de seguridad y en una visión paternalista que considera al Sahel como su “retaguardia estratégica”, los países de la región reclaman soberanía y partenariados horizontales. Argelia no ha sabido leer ese cambio. Su diplomacia, como señalan analistas del Middle East Eye, se enfrenta a un muro de desconfianza en Bamako. Incluso sus intentos de acercamiento a Níger y Burkina Faso a lo largo de 2026, con promesas de inversiones y una planta de energía de 40MW, no ocultan la realidad: Argelia reacciona cuando ya es demasiado tarde.

Marruecos: Construir futuro frente a gestionar crisis

La verdadera diferencia entre Rabat y Argel no es de medios, sino de modelo. Argelia ofrece gestión de crisis; Marruecos ofrece transformación estructural. Mientras Argelia cierra espacios aéreos y negocia con urgencia para no quedar fuera del tablero, Marruecos lleva años tejiendo una red de interdependencias que convierte a los países del Sahel en socios, no en satélites.

La Iniciativa Real para facilitar el acceso de los países del Sahel al océano Atlántico es el ejemplo más claro de esta diferencia. No se trata de una promesa, sino de un proyecto concreto que ofrece a Malí, Níger, Burkina Faso y Chad una salida al mar, a los mercados globales y a las cadenas de valor internacionales. Níger ya ha reiterado su apoyo a esta iniciativa, consciente de que el puerto atlántico marroquí vale más que cualquier promesa de seguridad argelina.

Marruecos no solo habla de integración; la ejecuta. Con inversiones que superan los 540 millones de dólares solo en Senegal, el Reino se ha consolidado como el primer inversor africano en África Occidental. Su banca, sus telecomunicaciones, sus infraestructuras y su sector de los fosfatos están presentes en el corazón del continente.

Frente a esta realidad, ¿qué puede ofrecer Argelia? Un espacio aéreo reabierto, una carretera transahariana y un presupuesto militar récord que no genera desarrollo, solo dependencia.

El Atlántico frente al aislamiento

La obsesión de Argelia por frenar a Marruecos la ha llevado a aislarse de sus vecinos del sur. Mientras Rabat construye un eje afro-atlántico que integra las economías del Sahel en los circuitos internacionales, Argel sigue atrapada en una lógica de confrontación. Su política exterior, definida por una “diplomacia defensiva”, es una sucesión de parches tácticos: llama a consultas a sus embajadores, cierra espacios aéreos y, cuando el daño es irreversible, da marcha atrás.

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No se compite con una red de bancos, puertos, carreteras y capital humano apelando únicamente a la geografía. No se responde a una estrategia de apertura atlántica con una política basada en el cierre y la desconfianza. Argelia puede reabrir su espacio aéreo, pero no puede recuperar el tiempo perdido. No puede borrar dos décadas de presencia africana de Marruecos con un comunicado del Ministerio de Defensa.

La reapertura del espacio aéreo argelino a Malí puede facilitar algún vuelo, pero no restablece la influencia perdida. Argel regresa a un Sahel donde Rusia ha ocupado parte del espacio de seguridad, donde la AES actúa como un bloque cohesionado y donde Marruecos ha desplazado el centro del debate hacia la integración económica y la apertura atlántica.

La diferencia entre Rabat y Argel no es coyuntural; es estructural. Marruecos propone a los países del Sahel salir de su aislamiento; Argelia intenta, sobre todo, evitar quedarse fuera del tablero. Por eso, Argel puede intentar frenar el avance marroquí, pero no podrá competir con el Reino sin reformular profundamente su enfoque hacia África. Porque, en el Sahel como en cualquier otra región, la influencia ya no se mide por la frontera que se comparte, sino por el futuro que se es capaz de construir junto a los demás. Y en esa construcción, Marruecos lleva una ventaja que Argelia, por mucho que reabra sus cielos, ya no podrá alcanzar.

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