Rue20 Español/Rabat
La Gran Mezquita de París, emblema centenario de la fraternidad y de la fe musulmana en Francia, ha dejado de ser un faro espiritual para convertirse en un instrumento político al servicio de intereses extranjeros.
Lo que en su origen fue un gesto de solidaridad y cultura, don del sultán Moulay Youssef a Francia en 1926, hoy parece subordinado a la agenda del presidente argelino Abdelmadjid Tebboune y de su representante en París, Chems-Eddine Hafiz.
Bajo el rectorado de Hafiz, la mezquita ha perdido su función principal: guiar espiritualmente a la comunidad musulmana de Francia. El lugar que debía ser santuario se ha transformado en un espacio de ocio y espectáculo.
El sagrado se diluye en un ambiente más cercano al negocio que a la oración. Hafiz, exabogado del Polisario y gestor de una lógica empresarial, ha convertido la mezquita en un canal de influencia política. Sus declaraciones públicas no buscan transmitir fe o valores, sino defender los intereses del régimen argelino y reforzar el nacionalismo de la diáspora franco-argelina.
El descontento entre los musulmanes de Francia es palpable. Muchos sienten que la mezquita ya no les ofrece guía ni consuelo; que la espiritualidad ha sido reemplazada por estrategias políticas y negocios lucrativos, como el controvertido monopolio de certificación halal, que habría generado millones de euros mientras distorsiona la misión religiosa del lugar.
Incluso los símbolos históricos —el minarete, el patio marroquí, el recuerdo heroico de su primer rector durante la Segunda Guerra Mundial— parecen diluirse ante la omnipresencia de la agenda de Tebboune.
El rector no oculta su papel como gestor más que como guía espiritual, pero su implicación política y económica lo convierte en un portavoz no de los musulmanes franceses, sino del gobierno argelino.
La Gran Mezquita ha dejado de ser un punto de encuentro para la comunidad y se ha convertido en una especie de segunda embajada, donde la fe y la política se entrelazan de manera inquietante.
La cuestión no es simplemente personal: es estructural. El monumento, testigo de cien años de historia, está atrapado en un dilema que refleja tensiones mayores entre religión, diplomacia y poder económico. Francia, la comunidad musulmana y la propia historia de la mezquita merecen un debate serio sobre su gestión, para devolverle la centralidad espiritual y comunitaria que nunca debió perder.
La Gran Mezquita de París no puede seguir siendo el escenario donde un interés extranjero impone su narrativa sobre la fe de millones. Recuperar su vocación original no es nostalgia: es justicia histórica y respeto a la comunidad que allí reza.
