Rue20 Español/Rabat
En una crónica publicada el 3 de junio en el diario Le360, el exembajador de Francia en Argelia, Xavier Driencourt, analiza el conflicto diplomático en curso entre ambos países. El texto, titulado Bruno Retailleau, la politique et la crise franco-algérienne, es una lectura política de fondo sobre el papel que Argelia juega (y acepta jugar) dentro de la política interna francesa.
Driencourt se apoya en una figura: Bruno Retailleau, recién elegido al frente del partido gaullista «Les Républicains». Retailleau encarna, según el autor, una «línea de firmeza» contra Argel. Desde su puesto como ministro del Interior, ha promovido medidas de control migratorio que han provocado el rechazo oficial de Argelia. Estas medidas incluyen expulsiones, restricciones diplomáticas y la suspensión del acuerdo de 2013 sobre pasaportes diplomáticos argelinos.
Según Driencourt, la reacción del gobierno argelino ha sido de bloqueo y represalia, pero el efecto final ha sido autoinfligido: «Argelia penaliza a sus propios nacionales, tanto a los que viven en el país como a los que residen en Francia». Más adelante, añade: «El poder argelino se encierra en un aislamiento altivo y una actitud agresiva». Esto, dice, daña la imagen internacional del país, especialmente entre la opinión pública francesa. «Pregunten a los franceses —escribe—, obtendrán pocas respuestas favorables hacia Argelia y los argelinos».
Pero lo central del artículo es una idea más inquietante: Argelia ha llegado a convertirse en actor interno de la política francesa. En palabras del autor: «Argelia se convierte en un actor de la política francesa». Como en los tiempos de la IV República, aunque con medios diferentes, la cuestión argelina ha vuelto a permear el campo político nacional. Esta vez no por el peso de los colonos, sino por la gestión de los flujos migratorios, las tensiones culturales y las redes de influencia que el aparato de seguridad francés atribuye a Argelia.
Driencourt denuncia operaciones clandestinas, como la supuesta implicación de agentes diplomáticos en el intento de secuestro del influencer «Amir Dz», y acusa al régimen argelino de convertir su aparato diplomático en instrumento de intimidación transnacional. Su advertencia final es directa: si bien en el corto plazo Francia pierde (no puede ejecutar expulsiones ni mantener su presencia diplomática), a mediano y largo plazo, quienes sufrirán serán los ciudadanos argelinos, dentro y fuera de su país.
Más allá de los tonos y los gestos de Driencourt, que pueden ser leídos como expresión de una élite diplomática francesa nostálgica del control sobre el «dossier algérien», su diagnóstico apunta a una paradoja cruda: Argelia intenta marcar presencia política en Francia, pero lo hace de forma que erosiona su legitimidad y perjudica a su población. A esto, el diplomático lo llama «lógica paranoica y suicida».
El texto de Driencourt permite leer un trasfondo: la relación franco-argelina ya no se juega solo en los despachos diplomáticos ni en las conmemoraciones del pasado colonial. Se juega en las calles de Marsella, en los consulados bloqueados, en las elecciones internas de los partidos franceses y en los gestos que definen el rumbo de una opinión pública que, según el autor, «ya no ve a Argelia con simpatía».
