Rue20 Español/Rabat
La noche del 31 de marzo al 1 de abril de 2025, un dron militar maliense fue derribado cerca de la localidad de Tin-Zaouatène, en la región de Kidal. Lo que pudo haberse tratado como un incidente técnico rápidamente escaló en una de las crisis diplomáticas más graves en la historia reciente entre el bloque de transición saheliano (AES) y el régimen argelino. El dron, identificado como TZ-98D, se encontraba —según las autoridades malienses— en plena operación de reconocimiento contra un grupo terrorista cuando fue abatido, supuestamente, por un misil lanzado desde territorio argelino.
El Colegio de Jefes de Estado de la Confederación AES, en un comunicado contundente firmado por el presidente de transición y general Assimi Goïta, expresó su “más enérgica condena” a lo que calificó como un “acto irresponsable del régimen argelino, en violación del derecho internacional y a contracorriente de las relaciones históricas y fraternales entre los pueblos de la Confederación AES y el pueblo argelino”.
Lejos de tratarse de una mera acusación protocolaria, la AES ha activado una respuesta institucional sin precedentes: “decidimos retirar para consultas a los embajadores de los Estados miembros acreditados en Argelia”, subraya el comunicado, a la vez que denuncia que este ataque impidió “la neutralización de un grupo terrorista que planificaba actos contra la AES”. Esta última afirmación reviste una gravedad particular, pues introduce la sospecha de que Argelia estaría interfiriendo en operaciones antiterroristas de un Estado vecino y, a la vez, obstruyéndolas deliberadamente.
En Bamako, el ministro de Exteriores de Malí, Abdoulaye Diop, compareció ante los medios para leer un nuevo comunicado del gobierno de transición: “Concluimos con absoluta certeza que el dron fue destruido a raíz de una acción hostil premeditada del régimen argelino. Las coordenadas exactas demuestran que el aparato nunca abandonó el espacio aéreo maliense”.
Las cifras presentadas por Bamako refuerzan esta acusación: el punto de ruptura de enlace del dron y el lugar donde cayó se encuentran a más de 9,5 kilómetros al sur de la frontera con Argelia. “¿Cómo podría haber violado el espacio aéreo argelino durante 2 kilómetros si fue abatido tan lejos de esa línea?”, cuestionó el gobierno. Pero lo más revelador no son únicamente los datos geográficos; el silencio es aún más elocuente. “El régimen argelino no ha respondido a nuestra solicitud formal de cooperación ni ha aportado prueba alguna de violación de su espacio aéreo”.
El tono del comunicado del ministro Diop fue rotundo: “Esta acción hostil, inamistosa y condescendiente, confirma que Argelia protege a los grupos terroristas. Su destrucción del dron buscaba obstaculizar nuestra operación contra una célula armada”. Y añadió: “En esta triste circunstancia, recordamos también que fue Malí quien apoyó al FLN en su lucha por la independencia”.
Las consecuencias no se han hecho esperar. El gobierno maliense anunció su retiro inmediato del Comité de Estado Mayor Operacional Conjunto (CEMOC) —mecanismo regional de seguridad con sede en Argel— y presentará una queja formal ante organismos internacionales. “Argelia exporta el terrorismo y se convierte en una amenaza para la paz y la seguridad regional”, acusó el gobierno de transición. Mientras tanto, se reporta que en las horas posteriores al derribo del dron, el ejército maliense lanzó una serie de operaciones exitosas contra posiciones yihadistas en Tinzawaten.
La AES apuesta por consolidar un discurso soberano, cohesionado y de ruptura frente a las injerencias externas. La política del “teatro único de operaciones militares” anunciada en diciembre de 2024 ya avisaba que todo ataque a uno de sus miembros sería leído como una agresión al conjunto. En ese sentido, la destrucción del dron ha sido interpretada como “una agresión que apunta a todos los Estados miembros de la Confederación AES y como una vía pérfida para promover el terrorismo y contribuir a la desestabilización de la región”.
El silencio de Argelia, hasta ahora, resulta insostenible en el plano diplomático y representa, además, un coste estratégico considerable. El presidente Tebboune —quien recientemente afirmaba ante medios internacionales que “el 90% de las soluciones de Malí están en Argelia”— se encuentra ahora cuestionado por aquellos a quienes prometía soluciones.
Esta crisis plantea una fractura en el relato argelino de garante regional. Para la AES, ya no hay lugar para ambigüedades. El dron caído no representa únicamente un artefacto militar: se ha convertido en el símbolo de una narrativa que se desmorona. La pregunta, en adelante, es si Argelia optará por rectificar y colaborar o si seguirá el camino de la negación, aun a costa de su credibilidad en África y fuera de ella.
