Rue20 Español/Madrid
Youssef Akmir*
Multiculturalismo e Interculturalidad en España
Conversando con Carlos Jiménez; en un día cualquiera de octubre de 2005*
La entrevista que se presenta a continuación tuvo lugar en el mes de octubre de 2005, en el despacho del entrevistado en la Universidad Autónoma de Madrid. Por aquel entonces, quien suscribe apenas cumplía su primer año incorporado a la docencia en la Universidad Ibn Zohr de Agadir. Mi propia experiencia previa como estudiante e inmigrante en España, sumada a mi trayectoria como agente asociativo y mediador socioeducativo en asuntos de migración, fortalecía un profundo interés personal y profesional por unas temáticas de las que yo mismo había sido sujeto activo. Hoy, desde mi posición de profesor universitario e investigador académico, busco replantear y debatir estas cuestiones no solo en las aulas, sino también con la élite académica e intelectual, y con los representantes del tejido asociativo en España.
Visto en perspectiva, resulta verdaderamente sorprendente cómo, a pesar de haber transcurrido ya 22 años desde aquel encuentro, los mismos temas siguen siendo los más debatidos y utilizados desde el punto de vista político e ideológico. Es innegable que España y el mundo han experimentado importantes cambios estructurales en estas dos décadas; sin embargo, la figura del inmigrante —y, sobre todo, el africano y el marroquí— continúa siendo un elemento instrumentalizado, capaz de favorecer el auge de la ultraderecha para ganar más votos y alarmar a la población mediante discursos basados en el recelo y la excepcionalidad cultural. Esta persistencia temporal convierte las reflexiones del Profesor Carlos Jiménez en un material de análisis extraordinariamente vigente para la discusión crítica.
Carlos Jiménez Romero es catedrático emérito de Antropología Social en la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) y un referente fundamental en el estudio de las migraciones, el multiculturalismo y la interculturalidad en España. Fue fundador y director del Instituto de Migraciones, Etnicidad y Desarrollo Social (IMEDES) y del programa Migración y Multiculturalidad de la UAM. Ha destacado internacionalmente por sus aportaciones teóricas y metodológicas en codesarrollo, mediación social intercultural y metodologías de investigación-acción participativa. Su trayectoria combina una prolífica producción académica con una intensa labor de asesoramiento a instituciones públicas y entidades del tejido asociativo.
1. El debate conceptual sobre la multiculturalidad
P: ¿Es España un país multicultural?
R: Sin duda ninguna desde el punto de vista fáctico. La palabra «multicultural» tiene dos acepciones: una de hecho, como diversidad cultural, religiosa o lingüística; y otra normativa, entendida como un «deber ser». Desde el punto de vista de los hechos, España es diversa culturalmente desde hace siglos, al igual que Maruecos o prácticamente cualquier país de la Tierra.
Respecto a la segunda acepción —el reconocimiento normativo de la diferencia—, España ha pasado por distintas etapas. La dictadura franquista fue una etapa antimulticulturalista que negó la diversidad. En cambio, la transición y la democracia actual representan una etapa profundamente multiculturalista donde se han reconocido las diferentes lenguas e identidades históricas.
P: Al ser un país pluralista con identidades históricas y lingüísticas preexistentes, ¿tiene España mayor disposición para asimilar las culturas que aporta la inmigración?
R: Su matriz histórica presenta pros y contras a la hora de incorporar otras culturas. A favor juega una profunda experiencia plural histórica; el hecho de haber sido un país muy diverso y acostumbrado a la convivencia en épocas como la Edad Media es un punto fuerte.
En contra, sin embargo, pesan cuestiones internas no resueltas que generan animadversión en sectores de la población. Un ejemplo claro es el racismo histórico hacia el pueblo gitano, o la discriminación hacia minorías étnicas menos conocidas como los pasiegos, los agotes, los vaqueiros, los maragatos o los chuetes.
Además, la inmigración llega en un momento en que el Estado español se encuentra en plena reconfiguración: buscando su encaje con las comunidades autónomas y consolidando su integración en la Unión Europea. Gestionar la diversidad cultural al mismo tiempo que se reconfigura el Estado representa un doble desafío.
2. Nacionalismo, inmigración y el discurso de la amenaza
P: Sin embargo, algunos líderes de los nacionalismos históricos se muestran recelosos ante la aportación del inmigrante, advirtiendo incluso del peligro que suponen para la permanencia de su cultura. ¿Cómo valora esto?
R: En todo nacionalismo existe una corriente que percibe la llegada de extranjeros como una amenaza a la identidad nacional, ya sea un nacionalismo con Estado (como el españolista) o sin Estado (como el catalán o el vasco). Los líderes étnicos tienden a definir la Nación de una manera homogénea y natural. Si a menudo ya ponen pegas a los ciudadanos de otras regiones de España residentes en su comunidad, con mayor razón lo harán ante una minoría alóctona y externa.
No obstante, esto no ocurre en todo el corpus nacionalista. Otros sectores entienden que la formación de la Nación es un proceso histórico complejo e identidades en constante recreación. Por ejemplo, en las últimas elecciones, Esquerra Republicana planteaba en su texto que los ciudadanos extranjeros debían ser incorporados plenamente como ciudadanos para sumarse a la nación catalana. Existe una lucha interna entre posiciones adversas y favorables dentro del propio nacionalismo.
P: ¿Se aprovecha el nacionalismo de la inmigración para idealizar sus planteamientos políticos?
R: Prácticamente todo el mundo saca tajada política de la inmigración. A muchos les da un gran rédito plantearla como una amenaza para presentarse como los salvadores de un supuesto pueblo homogéneo.
Como señala el sociólogo Michel Wieviorka, las razones principales para el auge de la xenofobia y el racismo son siempre económicas y políticas, no psicológicas ni culturales. El factor económico se asocia a la competencia por los puestos de trabajo. El factor político radica en la tentación de los líderes de culpar a la minoría extranjera de todos los problemas de la nacionalidad.
3. El modelo de integración y la minoría marroquí
P: ¿Cómo asimilará España las identidades importadas por la inmigración?
R: Hay que manejar con cuidado el término «asimilar». Una cosa es exigir que el otro abandone su cultura para incorporarse, y otra muy distinta es que España recree su propia diversidad a partir de estas nuevas realidades.
Actualmente en Europa vivimos una etapa de fuerte neoasimilacionismo; los programas de integración a menudo esconden un intento de asimilación bajo la premisa de: «Le damos derechos, pero tenga en cuenta que está en Europa y aquí ciertas prácticas no son de recibo».
El futuro es una bifurcación de caminos. Por un lado, hay una España tolerante que, orgullosa de la democracia y el bienestar alcanzados, quiere compartirlos y enriquecerlos con la inmigración. Por otro lado, existe una España recelosa que adopta la postura de «Trabajadores sí, ciudadanos no»: aceptan la mano de obra barata, pero rechazan que se asienten con plenos derechos.
P: ¿Cuál es la nacionalidad que plantea más problemáticas a la hora de abordar el multiculturalismo en España y por qué?
R: Sin duda ninguna, la población magrebí y, en particular, la marroquí. Esto está completamente desproporcionado respecto a su peso numérico. Suele achacarse a la «distancia cultural» (diferencias raciales de apariencia física, religiosas con el Islam, o lingüísticas con el árabe y el tamazight), algo que no ocurre con los inmigrantes ecuatorianos, que comparten el castellano y el catolicismo.
Sin embargo, la tesis de la distancia cultural es insuficiente. Con Marruecos existen siglos de relaciones conjuntas y un conocimiento mutuo muy superior al que se tiene de Latinoamérica o de Asia. Si la distancia cultural fuera el factor determinante, la minoría china debería ser la más rechazada y discriminada, ya que su idioma y su historia resultan mucho más lejanos para el español medio, y no es así.
Lo que realmente pesa en el caso marroquí son los prejuicios, los estereotipos y los recelos históricos y contenciosos políticos entre ambos Estados. Se utilizan las diferencias lingüísticas y religiosas como una pantalla para camuflar un debate que es, en el fondo, eminentemente político e histórico.
4. Expectativas de futuro y el papel de la educación
P: ¿Qué expectativas de futuro tienen los inmigrantes marroquíes en España?
R: En líneas generales, magníficas. Más allá de los gobiernos, existe un sistema binacional que cruza el Estrecho de Gibraltar. Marruecos irá a más en su desarrollo y los marroquíes en España se convertirán en ciudadanos transnacionalizados, con una identidad combinada y un perfil emprendedor, profesional e intelectual muy activo.
Que esta oportunidad se aproveche dependerá de las políticas de ambos lados. Si España apuesta por un modelo reactivo y asimilacionista, puede empujar a parte de esta población a la marginación o al repliegue en un Islam integrista. Por su parte, el Estado marroquí tiene la responsabilidad total de no desvincularse de su diáspora y saber aprovechar su potencial innovador y democratizador.
P: Un prejuicio común es que el propio inmigrante marroquí tiene un imaginario a corto plazo y no visualiza a sus hijos ejerciendo profesiones de alta cualificación como médicos o abogados. ¿Es responsabilidad de los padres ampliar ese marco de expectativas en las segundas generaciones?
R: Es responsabilidad de todos luchar para que los hijos de los marroquíes tengan las mismas oportunidades que cualquier otro ciudadano. El papel de los padres es crucial para empezar a imaginar escenarios más justos, pero también debemos fijarnos en experiencias previas como la del mundo gitano. Se ha logrado que una parte del sector gitano salga del enclaustramiento de la venta ambulante y se profesionalice sin perder su identidad, aunque aún persistan altas tasas de discriminación y dificultades de acceso a la universidad.
Para transformar este imaginario propongo dos vías:
Visibilizar la cualificación existente: Las asociaciones, las ONG y las autoridades deben dejar de identificar al colectivo exclusivamente con empleos precarios. Hay artesanos, cocineros y profesores de origen marroquí a los que hay que dar relieve para que sirvan de referente.
Garantizar el éxito en el sistema educativo: Es fundamental que los hijos de los inmigrantes alcancen la educación superior. En este sentido, fue un acierto frenar la Ley de Calidad del gobierno anterior, ya que era una legislación que tendía a estratificar prematuramente al alumnado escolar, abocando a los inmigrantes a posiciones inferiores a los catorce y dieciséis años.
5. Instituciones, segregación escolar y convivencia
P: La convivencia en las aulas a veces es compleja, y se da el caso de familias autóctonas que trasladan a sus hijos a la escuela privada o concertada ante el elevado número de alumnos inmigrantes en la pública. ¿Falta sensibilización por parte del Estado?
R: Totalmente. Falta apoyo y recursos para el profesorado ante este nuevo reto. La diversidad debería ser un enriquecimiento, pero faltan herramientas.
Además, las políticas específicas del Estado a veces generan un efecto perverso: cuantos más recursos específicos recibe un colegio (como profesores de compensatoria o de lengua árabe), más se especializa en inmigración. Esto atrae a más inmigrantes y ahuyenta a los padres autóctonos, acelerando la creación de un gueto. El Estado debería volcarse en mejorar la calidad general de las infraestructuras, laboratorios y bibliotecas de estos centros para dignificar su inmenso aporte ciudadano, haciendo que la diversidad sea un foco de excelencia.
Asimismo, es imprescindible evitar la concentración desproporcionada mediante una distribución paritaria del alumnado extranjero, obligando a que las redes pública, concertada y privada asuman por igual su cuota de incorporación. España actúa de forma reactiva en lugar de preactiva, ignorando la experiencia de países con un siglo de tradición migratoria. Por último, los padres autóctonos deben sensibilizarse; si en casa mantienen un discurso xenófobo, destruyen el trabajo de convivencia que la escuela realiza día a día.
6. Modelos europeos y el giro intercultural
P: Francia ha intentado institucionalizar y «afrancesar» la tradición del inmigrante, dando lugar a figuras como Zidane o Sami Naïr. En España la incorporación política es aún muy tímida. ¿Se encamina España hacia ese modelo o habrá demasiadas dificultades?
R: La función pública y la universidad española siguen siendo estructuras demasiado cerradas a los extranjeros. Países como Estados Unidos o Canadá saben aprovechar mejor el talento de la inmigración. En España estamos todavía en fases previas (regularizaciones, asistencia mínima) y no se potencia la incorporación de perfiles notables a puestos de responsabilidad. Con el tiempo se abrirán por pura eficacia y desarrollo económico, pero lo ideal sería que fuese una política de Estado meditada.
P: ¿Influye la cobertura mediática de las llegadas en patera de forma negativa en la aceptación del multiculturalismo?
R: Absolutamente. Instala en el imaginario social un sentimiento de invasión o de tragedia constante, cuando los que llegan en patera son una minoría comparada con los miles que entran legalmente por los aeropuertos. Este impacto mediático bloquea un debate multicultural de altura.
Los modelos tradicionales europeos están agotados o en cuestionamiento: ni el modelo francés de asimilación pura, ni el inglés de reconocimiento de minorías, ni el alemán de los «trabajadores invitados» funcionan ya de forma pura. España e Italia deben definir un modelo nuevo.
A mi juicio, un buen modelo debe adoptar lo bueno del Multiculturalismo sin caer en sus errores políticos. Lo bueno se resume en dos pilares:
Énfasis en la Igualdad: Igualdad absoluta de derechos y de trato.
Reconocimiento de la diferencia: Bienvenida sea toda diversidad lingüística, cultural o religiosa que no vulnere los derechos humanos ni la Constitución.
El error del multiculturalismo ha sido caer en el Culturalismo, es decir, exagerar políticamente la diferencia y recordar constantemente al otro lo distinto que es. Cuando un alumno marroquí accede a la enseñanza superior, lo de menos debería ser su origen; lo importante es su desarrollo formativo. La inmigración marroquí mayoritaria es la de los estudiantes, los profesionales y los turistas que se quedan legalmente. Debemos visibilizar ese perfil real y amplio, algo que el drama mediático del Estrecho actualmente imposibilita.
P: ¿Qué otros factores limitan la aceptación sociocultural del inmigrante en España?
R: El principal es el déficit histórico de civismo y la falta de una cultura del diálogo. España se formó durante siglos en la intolerancia política y religiosa, algo que no se supera de la noche a la mañana. Viajamos mucho como turistas, pero somos provinciales y cerrados ante lo diferente; no existe la costumbre cívica de enriquecerse con la diversidad del vecino. Aunque los avances democráticos han sido enormes, necesitamos madurar esa tolerancia civil para que la integración sea fluida.
P: ¿Es la religión del inmigrante la verdadera barrera para su integración?
R: En absoluto. Las religiones y las ideologías no albergan en sí mismas ningún obstáculo; todo depende de cómo se utilicen. Que los musulmanes tengan un oratorio o una mezquita no debería ser un problema en un país sembrado de capillas católicas; es solo una cuestión de adaptar la normativa y las mentalidades. El verdadero riesgo surge cuando el hecho religioso se instrumentaliza como barrera por falta de información, o cuando ciertos colectivos se repliegan sobre sí mismos bajo la premisa de «en nuestro mundo manda lo nuestro», fomentando el gueto.
Hay que separar la práctica religiosa legítima de los fundamentalismos. Los fundamentalismos son siempre minoritarios y con ellos debe haber tolerancia cero, ya sean islámicos, católicos o de cualquier otra índole, porque atentan contra la democracia constitucional.
P: ¿Por qué los medios difunden la tesis de la religión como barrera y apenas proponen soluciones de integración que respeten la identidad del inmigrante?
R: Porque no se comprende que la integración es un esfuerzo bidireccional que concierne tanto al inmigrante como al autóctono, y cuyo único terreno posible es la ciudadanía común.
Cuando las personas se reconocen mutuamente como ciudadanos iguales, las diferencias culturales o religiosas se negocian cívicamente y los conflictos se regulan de forma normalizada. Por ejemplo, el debate real no es si hablan español, sino si gozan de estatus de ciudadanos; si lo tienen, aprenderán el idioma con total normalidad.
Cuando impera la desigualdad social y la falta de derechos, la diferencia cultural se utiliza como un arma arrojadiza. Debemos dar un giro interculturalista. El multiculturalismo clásico se centró en reconocer la diferencia, pero descuidó la búsqueda de los puntos de convergencia. A los hijos de los inmigrantes marroquíes y a los míos les unen los mismos equipos de fútbol, los gustos musicales y el arraigo en los mismos barrios de Madrid. Es en el desarrollo de lo común donde reside el verdadero éxito de la convivencia social.
*Carlos Giménez Romero es Catedrático de Antropología Social en la UAM y director del Instituto Catedrático de Antropología Social (UAM) y especialista en migraciones, mediación e interculturalidad. Actualmente dirige el Instituto de Derechos Humanos, Democracia y Cultura de Paz y no Violencia (DEMOSPAZ), tras haber fundado y dirigido el Instituto sobre Migraciones, Etnicidad y Desarrollo Social (IMEDES). Asesor internacional y de administraciones públicas en España. Desde 2010 es director científico del Proyecto de Intervención Comunitaria Intercultural (ICI / Fundación «la Caixa»). Ha dirigido iniciativas clave de mediación y convivencia, como la Escuela de Mediadores Sociales (EMSI), el Servicio de Mediación Social Intercultural (SEMSI) y el Observatorio de la Convivencia del Ayuntamiento de Madrid.
*Historiador e hispanista.
