Rue20 Español/ Fez
Meryem Ghoua
El fútbol marroquí ha dejado de ser la grata sorpresa de un torneo para convertirse en una certeza matemática. La sexta posición que ocupan los Leones del Atlas en el ránking FIFA al cierre del Mundial de Estados Unidos, Canadá y México no es un espejismo ni un golpe de fortuna. Es la cosecha visible de un plan de Estado que echó raíces hace más de una década y que, a juicio de voces autorizadas como la del árbitro internacional Ismail Elfath, sitúa a Marruecos en la antesala de algo hasta ahora inédito para el continente africano: la lucha por el título de la Copa del Mundo de 2030.
«Los resultados que logra la selección marroquí se han vuelto esperados y no sorprendentes, porque son el producto de un trabajo que comenzó hace más de 10 años, a través de una visión clara para la inversión en infraestructura y el desarrollo de talentos», declaró Elfath en una entrevista concedida este jueves al diario Al-Riyadiah. El colegiado estadounidense de origen marroquí, que ha pitaron encuentros en las máximas competiciones internacionales, no dudó en lanzar un mensaje de ambición sin complejos: «Estoy seguro de que Marruecos tendrá una fuerte presencia en la Copa del Mundo de 2030, ¿y por qué no competir por el título?».
El éxito actual de los Leones del Atlas no es fruto de la casualidad ni de una generación dorada aislada. Todo comenzó a tomar forma en 2008, cuando el Rey Mohammed VI situó la formación, la estructuración y la profesionalización en el centro de una estrategia destinada a convertir a Marruecos en una referencia deportiva continental e internacional. Al año siguiente, en 2009, se inauguró en Salé la Academia de Fútbol Mohammed VI, el buque insignia de esta revolución silenciosa.
Lo que entonces pudo parecer un proyecto faraónico —con una inversión que superó los 140 millones de dírhams— ha demostrado ser la cantera de la que bebe la selección absoluta. Jugadores como Azzedine Ounahi, Nayef Aguerd o Ahmed Reda Tagnaouti, presentes en la última cita mundialista, son productos de un modelo que combina la excelencia deportiva con la formación académica y el desarrollo personal. La red de captación de la Academia se extiende por todas las regiones del Reino, ofreciendo igualdad de oportunidades a jóvenes talentos con independencia de su procedencia. Cada año, cerca de 450 futbolistas de entre 7 y 13 años son evaluados, y solo una veintena accede al programa de élite.
El histórico cuarto puesto alcanzado en el Mundial de Catar 2022 no fue un éxito aislado, sino el primer gran síntoma de un cambio estructural. Aquella gesta, en la que participaron varios graduados de la Academia, fue el mejor resultado de una selección africana en la historia de la Copa del Mundo. Cuatro años después, en el torneo disputado en Norteamérica, Marruecos no solo revalidó su condición de potencia emergente, sino que la consolidó.
Los Leones del Atlas, dirigidos por Mohamed Ouahbi, alcanzaron los cuartos de final, cayeron ante la eventual subcampeona Francia, y cerraron el campeonato en la sexta posición del ranking FIFA. Para poner en perspectiva el salto cualitativo, basta recordar que en 2017 el conjunto marroquí ocupaba el puesto 40 del mundo. En menos de una década, ha escalado 34 posiciones, algo inaudito en el fútbol de élite. La clasificación para el Mundial de 2026, la tercera consecutiva, se selló con un contundente 5-0 ante Níger en Rabat. Nunca antes Marruecos había encadenado tres participaciones seguidas en la cita universal.
Si el trabajo de fondo ha sido la clave del presente, la mirada del Reino está puesta en 2030, cuando Marruecos coorganizará la Copa del Mundo junto a España y Portugal. La ambición no es solo ser un anfitrión de primer nivel, sino aspirar a todo. Elfath lo expresó con claridad: la selección puede competir por el título.
Para ello, Marruecos está desplegando un plan de infraestructuras sin precedentes. El país alauita invertirá 14.000 millones de euros en un plan integral que abarca estadios, transporte, agua y energía. El epicentro de esta transformación es el futuro estadio Hassan II de Bensilmane (Casablanca), con capacidad para 115.000 espectadores, con el que el Reino aspira a arrebatar a Madrid o Barcelona la sede de la final del Mundial. A esta joya arquitectónica se suman la modernización de los aeropuertos de Marrakech y Casablanca y la puesta en marcha de planes de transporte de nueva generación para crear una interconexión continua entre las sedes.
El plan «Aeropuertos 2030», con una inversión de 28.000 millones de dírhams, prevé la construcción de un nuevo aeropuerto en Casablanca para conectar el Reino con el resto del mundo. Seis ciudades —Casablanca, Marrakech, Tánger, Rabat, Agadir y Fez— serán sede del torneo. No es solo un desafío deportivo, sino estructural, diseñado para posicionar a Marruecos como una referencia mundial y acelerar su transición ecológica y social.
Lo que hace diferente a Marruecos no es solo la inversión en cemento, sino la coherencia de un proyecto que integra formación, infraestructuras y modernización técnica desde las categorías sub-17 hasta la absoluta. La reciente victoria en el Mundial sub-20 de 2025, con cuatro graduados de la Academia en el once inicial, es el mejor augurio de que la cosecha de talentos no se agota.
El fútbol marroquí ha pasado de ser una promesa a ser una evidencia. Los resultados ya no sorprenden, como bien apunta Elfath, porque responden a una hoja de ruta trazada hace más de diez años. Y si el trabajo bien hecho tiene premio, Marruecos está llamado a escribir en 2030 el capítulo más brillante de su historia futbolística. No solo como anfitrión, sino como aspirante legítimo al título. Los Leones del Atlas ya no rugen para asustar: rugen para ganar.
