El Mundial de todas las polémicas para Argelia

 

Rue20 Español/Rabat

En el mismo continente donde se juega el Mundial 2026, dos realidades del fútbol magrebí se cruzan sin tocarse. Mientras los Leones del Atlas preparan este fin de semana un duelo de octavos de final contra Canadá, con la euforia de quienes ya eliminaron a una potencia como Países Bajos, la selección argelina recogió sus maletas en silencio, dejando tras de sí un rastro de controversias que poco tienen que ver con el balón y mucho con la geopolítica del régimen de Argel.

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El contraste no podría ser más elocuente. Yassine Bounou, el arquero marroquí, se convirtió en héroe nacional al detener un penal decisivo en la tanda que selló el pase de Marruecos tras el empate 1-1 contra los neerlandeses.

Al otro lado del Atlántico, en Kansas City, el empate 3-3 entre Argelia y Austria —un resultado que clasificó a los europeos y dejó en la cuneta a Irán— desató una tormenta de acusaciones sobre un supuesto pacto que evitaba enfrentar a España en la siguiente ronda.

Pero el torneo argelino no comenzó a desmoronarse en el césped del Estadio Kansas City. La semilla de la incomodidad se plantó mucho antes, en la sala de prensa de la FIFA, cuando Gianni Infantino tomó el micrófono para hablar de algo que no estaba en el guion deportivo: la prisión de Christophe Gleizes.

El presidente del organismo rector del fútbol mundial calificó al reportero francés de So Foot como «el único periodista deportivo encarcelado en el mundo» y pidió a las autoridades argelinas su liberación inmediata, dejando un asiento vacío en el torneo como gesto simbólico. Gleizes, detenido en mayo de 2024 mientras realizaba un reportaje sobre la Jeunesse Sportive de Kabylie, cumple una condena de siete años por cargos que incluyen apología del terrorismo.

La imagen de un periodista deportivo entre rejas mientras su país organizaba la fiesta más grande del fútbol fue, para muchos observadores internacionales, el primer aviso de que Argelia no había viajado a Estados Unidos, Canadá y México solo para jugar. Había llevado consigo sus tensiones domésticas.

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El segundo episodio llegó con el silbatazo final del partido contra Austria. Lo que en el papel era una simple igualada en el cierre del Grupo J, se convirtió en una reedición del fantasma de Gijón. En 1982, Alemania Federal y Austria orquestaron un resultado que eliminó a los argelinos; en 2026, fueron los propios argelinos quienes se vieron señalados por un empate que olía a conveniencia. Con la clasificación ya asegurada, el combinado de Djamel Belmadi —o al menos eso sostuvieron críticos y analistas— pareció conformarse con un reparto de puntos que permitía a Austria avanzar y, de paso, evitar un cruce incómodo contra España. La ironía fue demoledora: durante décadas, el «escándalo de Gijón» fue el símbolo de la injusticia padecida por el fútbol argelino; ahora, la misma selección se veía acusada de reproducir la fórmula que tanto había denunciado.

Si el asunto Gleizes fue una herida diplomática y el empate con Austria una herida deportiva, el llamado «caso Wassim» terminó de desnudar la estrategia de victimización que, según varios analistas, el régimen argelino ha instrumentado para desviar la atención del brillante rendimiento marroquí.

Wassim, un adolescente de catorce años con doble nacionalidad argelina y estadounidense, fue agredido en una zona de aficionados de Boston durante el partido entre Marruecos y Países Bajos. Según su propio testimonio, llevaba puesta la camiseta de Argelia cuando un grupo de jóvenes lo rodeó, lo golpeó en la cabeza hasta dejarlo inconsciente y lo abandonó en el suelo.

El episodio, captado en video y difundido en redes sociales, escaló con una velocidad inusitada. El presidente Abdelmadjid Tebboune intervino personalmente, anunció que contactaba al embajador argelino en Washington y movilizó al consulado en Nueva York. El ministro de Deportes, Walid Sadi, invitó al menor al partido de dieciseisavos contra Suiza, donde Wassim apareció en las gradas, visiblemente recuperado, para contar su historia ante las cámaras argelinas.

Sin embargo, la versión oficial argelina —que presentó al niño como una víctima de una agresión «salvaje» por parte de aficionados marroquíes— chocó con detalles incómodos. Wassim mismo reconoció que había acudido a la fan zone para apoyar a Marruecos, no a su propia selección. La conmoción cerebral anunciada inicialmente por algunos medios oficiales no cuadraba con su aparición pública, en aparente buen estado, apenas días después. Y la cifra de «treinta y cinco agresores», difundida por ciertos portales, contrastaba con las imágenes que mostraban un altercado de menor envergadura.

Para el observador externo, el caso Wassim encaja en un patrón más amplio: cada vez que Marruecos roba titulares con goles y paradas, Argelia responde con comunicados de cancillería. Cuando Bounou detuvo el penal neerlandés y los leones avanzaron, el régimen de Argel movilizó toda su maquinaria estatal para convertir un incidente de barra en una cuestión de Estado. La pregunta que ronda en los pasillos de la FIFA y en las redacciones deportivas internacionales es obvia: ¿a quién beneficia mantener viva una rivalidad que ya no se juega en el campo, sino en los despachos y en las redes sociales?

Marruecos, mientras tanto, parece haber entendido la lección. Su clasificación a octavos no es fruto de la casualidad, sino de una estructura deportiva que ha sabido capitalizar la experiencia de Qatar 2022 y proyectarla hacia delante. El equipo de Mohamed Ouahbi no necesita inventar enemigos para cohesionarse; tiene bastante con los once rivales que se interpone en cada partido. El próximo obstáculo, Canadá, será otro examen de madurez. Pero pase lo que pase, los Leones ya han demostrado que es posible competir en el más alto nivel sin convertir cada victoria —o cada derrota— en un asunto de política exterior.

Argelia, en cambio, se marcha del Mundial 2026 con una eliminación prematura en los dieciseisavos de final y un legado de imágenes que poco honran al fútbol: un asiento vacío por un periodista preso, un empate sospechoso que mancha su historia, y un niño convertido en bandera de una confrontación que los políticos no se atreven a resolver en las mesas de diálogo, pero sí instrumentan en las gradas. En el Magreb, el balón sigue rodando. Solo que, esta vez, rueda mucho más lejos de Argel.

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