Rue20 Español/Rabat
La decisión de Malí de retirar su reconocimiento al Polisario marca un giro diplomático de alcance estructural en el tablero saheliano y norteafricano.
Anunciada el pasado 10 de abril tras contactos al más alto nivel, la medida pone fin a una línea sostenida desde 1980 y simboliza una ruptura explícita con un posicionamiento histórico que, hasta ahora, había resistido a las mutaciones del entorno regional.
Lejos de constituir un ajuste puntual, la iniciativa de Bamako se inscribe en una dinámica más amplia de reconfiguración de alianzas y prioridades estratégicas. La visita del ministro marroquí de Asuntos Exteriores, Nasser Bourita, a la capital maliense —donde fue recibido por el jefe del Estado, Assimi Goïta— se produce en un contexto de creciente convergencia entre Marruecos y las autoridades surgidas de las transiciones militares en el Sahel.
La retirada del reconocimiento al Polisario no solo revierte más de cuatro décadas de continuidad diplomática, sino que refleja una inflexión en la lectura que Bamako hace de los equilibrios regionales.
En definitiva, consagra también los efectos de una estrategia sostenida de Rabat, que ha logrado capitalizar un entorno marcado por la volatilidad política y la presión securitaria.
Este viraje se produce tras un deterioro progresivo de las relaciones entre Malí y Argelia, alimentado por una acumulación de reproches por parte de las autoridades malienses.
Bamako denuncia desde hace años lo que califica como injerencias reiteradas de Argel en sus asuntos internos, así como una actitud considerada ambigua frente a actores armados activos en el norte del país.
Las críticas se han intensificado en torno a la supuesta interferencia argelina en la estrategia maliense de lucha contra el terrorismo y a acusaciones de connivencia indirecta con grupos desestabilizadores.
En este contexto, el acuerdo de paz firmado en Argel en 2015 ha sido abandonado con efecto inmediato, sellando la quiebra de un marco que durante años estructuró los esfuerzos de mediación regional.
El episodio más crítico de esta escalada tuvo lugar cuando Malí acusó a Argelia de derribar un dron de su ejército en abril de 2025. La controversia, llevada ante la Corte Internacional de Justicia, precipitó una crisis diplomática abierta. En su prolongación, Malí, junto a Níger y Burkina Faso, retiró a sus embajadores en Argel, mientras se adoptaban medidas recíprocas y se cerraban los espacios aéreos, consolidando una ruptura ya consumada.
En paralelo a la erosión de la influencia argelina, Marruecos ha reforzado su posición como interlocutor central ante los nuevos centros de poder en el Sahel. Rabat ha desplegado una estrategia multidimensional que combina diplomacia activa, cooperación en materia de seguridad e iniciativas económicas dirigidas a los países de la región.
Entre los episodios más significativos figura la mediación atribuida a SM el Rey Mohammed VI en la liberación de agentes extranjeros retenidos en el Sahel, lo que ha consolidado la imagen del reino como socio eficaz en asuntos sensibles. A ello se suma un diálogo sostenido con las autoridades de transición, acompañado de intercambios técnicos en defensa y seguridad.
En el plano económico, Marruecos ha promovido propuestas estructurantes, como facilitar un acceso al Atlántico para los países sin litoral del Sahel, ofreciendo alternativas a corredores tradicionales debilitados por la inseguridad. Esta iniciativa se inserta en una visión más amplia de integración regional bajo liderazgo marroquí.
El movimiento de Bamako se alinea, además, con una tendencia internacional más amplia de respaldo al plan de autonomía marroquí para el Sáhara, cada vez más considerado como una base central —e incluso exclusiva— para la resolución del conflicto. Este alineamiento progresivo refuerza la posición de Rabat en los foros internacionales y acentúa el aislamiento relativo de Argelia en este expediente.
La retirada maliense del reconocimiento al Polisario aparece así como la expresión visible de un cambio de fondo, donde convergen el debilitamiento del papel argelino y la afirmación de Marruecos como actor pivote en el Sahel.
En un entorno regional en plena recomposición, esta decisión contribuye a redibujar las líneas de fractura y otorga a Rabat una ventaja diplomática significativa en la gestión de uno de los dosieres más sensibles del norte de África.
