Rue20 Español/ Madrid
Abdelhamid El Beyuki*
En la sala más larga que pudo encontrarse —porque para ciertos políticos y banqueros la longitud de la mesa es tan importante como la de los discursos—, se sentaron líderesde partidos, diputados con corbatas ansiosas de cámara y una colección de intelectuales sacados de un escaparatecultural. El anfitrión, el riquísimo banquero Imad Bankahloun, presidía la reunión. Era un hombre que solo sonreía ante cifras con más ceros que sentido… peroaquella tarde, contra toda lógica bancaria, sonreía por unaidea que ni siquiera cabía en su Excel.
Con solemnidad impostada, anunció:
—«Propongo que nuestro barco zarpe el lunes cargado de harina, aceite y azúcar. Nosotros, desde el banco, pagaremos todo. Después de todo, ¿quién mejor que Ustedes para liberar a los pobres olivenses del hambre ? yde paso acaparar los titulares en prensa?»
Los presentes asintieron con la energía de quien ya imaginala foto en portada.
—
Días después, en su palacio de mármol y silencio, Imad observaba desde el sofá los movimientos del barco comoquien mira la cotización de la bolsa. El teléfonointerrumpió su vigilancia, un periodista quería saber porqué no acompañaba a tan ilustre comitiva. Imad, que nuncaperdió tiempo en viajes que no fueran a bancos suizos, respondió con frialdad:
—«No soy hombre de consignas, soy hombre de facturas. Yo pago, ellos posan.»
—
En el muelle de un gran Puerto mediterráneo , periodistas y cámaras se disputaban el mejor ángulo. Los políticossubían al barco como actores en alfombra roja. En cuantollegaron al comedor, aquello dejó de ser una travesíasolidaria y se transformó en un mitin flotante.
—«¡Esta iniciativa quedará grabada en la historia de lospueblos!», gritó una diputada de izquierda con voz de estatua.
—«No, esta inciativa quedará registrada en nombre de la “Umma” islámica», replicó un rival, convencido de que incluso los mares tenían religión.
Un escritor francés de origen magrebí, siempre oportuno, levantó la voz: «Propongo un comunicado en tres idiomas». – Nadie dudó que el suyo sería el primer nombre en la firma-.
—«Hay que redactar el comunicado en tres idiomas, para leerlo al llegar a Olivo, hay que traducirlo al árabe y al inglés. Continuaba el escritor.
Les propongo este borrador en la lengua de Molière», remató el ilustre intelectual.
En ese preciso instante, el teléfono del capitán estalló en un timbrazo solemne, como si el mismísimo destino quisiera marcar presencia. Al otro lado de la línea, nada menos que el gran señor Imad. De inmediato, el salón se convirtió en un teatro mudo, todos pendientes del más mínimo parpadeo del capitán, como si de sus gestos dependiera la salvación del mundo.
El capitán, con rostro grave y aire de profeta recién iluminado, escuchaba, asentía y fingía anotar algo en el aire. Cuando por fin colgó, hizo una pausa dramática, saboreando el suspenso como un actor veterano ante un público ingenuo. Y entonces, con voz engolada, anunció:
—«El señor Bankahloun les envía un cordial saludo y les tranquiliza, todo está bajo control. La entrada en el puerto de Olivo será segura y gloriosa».
El murmullo de alivio que recorrió la sala fue tan exagerado que parecía que acababan de recibir un indulto divino. Nadie reparó en que la verdadera travesía se había reducido a un simple guiño telefónico del banquero que, desde la comodidad de su palacio, movía los hilos mientras ellos aplaudían satisfechos en una tragicomedia de segunda mano.
El alivio fue tan exagerado que parecía que Alah mismohabía hablado por teléfono.
—
Tras días de discursos y egos, aparecieron las costas de Olivo. El barco se estremeció por disparos de advertencia. Los valientes tribunos se transformaron en escapistas de circo. Uno se escondió tras un saco de harina gritando que eran amigos de Berberia. Otro, de rodillas, rogaba por suvida. El Ilustre escrito agitaba su pasaporte frances como sifuese un talismán. Y un diputado islamista, se limitó a recitar plegarias rodando por el suelo.
Un parlamentario, entre hipos de miedo, llamó a Imad:
—«¡Señor Imad, nos disparan! ¡Debió acompañarnos!».
El banquero respondió, imperturbable:
—«Yo pago y ustedes posan. Yo gano beneficios, ustedes la gloria, la fama y la popularidad. Ese era el trato, Pero no se preocupen, no les pasará nada, todo está cuidadosamente preparado .»
Los soldados de ocupación en alerta, un dron sobrevolando el barco. Una voz de mando ordenó por altavoces al capitán detenerse y a todos los pasajeros subir a cubierta. Hubo unos minutos de silencio antes de que la misma voz ordenara a las tropas retirarse y dejar paso al barco rumbo al puerto de Olivo.
—
Los olivenses los recibieron con lágrimas y cánticos. Recogían los sacos de harina con ansias, como si fueran tesoros de oro. En el muelle, los políticos se apiñaban ante las cámaras; algunos cargaban un saco al hombro para posar como héroes.
En su cómoda casa en un barrio elegante de la capital, Abdelilah aplaudía emocionado mientras seguía la noticia del barco que había derrotado al ejército de ocupación, roto el asedio y atracado cargado de ayuda en el puerto de Olivo. Pero una mano fría lo sacó del sueño. No había ni puerto ni barco. Estaba tendido en el salón de su casa, siguiendo un programa de debate, cuando una cabezada lo venció, hasta que despertó con su esposa agitándolo suavemente para la oración del mediodía antes de almorzar.En la pantalla, un canal extranjero anunciaba:
«Cincuenta barcos han partido de España, con activistas —en su mayoría no musulmanes— para romper el bloqueo de Gaza.»
Abdelilah sonrió con amargura y murmuró:
—«Hasta en los sueños… llegamos tarde.»
*Escritor y novelista marroquí.
