Rue20 Español/ Rabat
En Argelia, aspirar a la presidencia es un acto político y una aventura peligrosa que termina en prisión. Tres figuras políticas que decidieron dar el paso y presentarse en las elecciones presidenciales de 2024 ahora enfrentan una condena de diez años de cárcel por cargos de corrupción, específicamente por compra de avales. Este fallo refleja con crudeza el carácter autoritario del régimen argelino y la imposibilidad de competir en un sistema donde solo se permite la «oposición tolerada».
Los avales, esos respaldos que deberían servir para legitimar la candidatura de un aspirante, se han convertido en un mecanismo de control absoluto. En lugar de ser una herramienta democrática que respalda el respaldo popular, en Argelia el proceso de recolección de firmas ha sido transformado en una trampa burocrática que favorece al régimen. Los candidatos deben reunir un número determinado de firmas de funcionarios locales, muchos de los cuales están vinculados directamente con el aparato militar y gubernamental. Y no se engañen: si esas firmas no siguen las directrices del poder, el candidato ni siquiera podrá presentarse.
En este contexto, Saida Neghza, Belkacem Sahli y Abdelhakim Hamadi – los tres políticos que se atrevían a competir en la contienda electoral – fueron las últimas víctimas del monopolio político argelino. A través de acusaciones de corrupción que han sido recibidas con escepticismo, el poder ha eliminado cualquier alternativa que no se ajuste a los intereses de la cúpula militar. En lugar de una contienda democrática, las elecciones en Argelia se han convertido en un juego controlado, donde los actores están seleccionados por la gerontocracia que domina el país.
El sistema de avales, que podría parecer una medida legítima para garantizar la representatividad, es en realidad una farsa. Los políticos que aspiran a la presidencia deben contar con el apoyo de aquellos mismos que están bajo el yugo del régimen, los cuales reciben instrucciones precisas sobre cómo deben actuar. Lejos de ser un mecanismo de representación popular, este sistema es simplemente un instrumento de sumisión.
En Argelia, la verdadera competencia política no existe. El régimen ha logrado que el proceso electoral sea una mera ilusión democrática, en la que la verdadera oposición es eliminada o manipulada antes de llegar a las urnas. Las pocas voces que intentan desafiar el poder, como los tres aspirantes a la presidencia, se ven silenciadas no por falta de apoyo, sino por el simple hecho de que no se ajustan a las reglas impuestas desde la cúpula.
La situación política en Argelia es un claro ejemplo de cómo el poder puede reducir la democracia a una simple fachada, en la que solo aquellos que son aceptados por el régimen tienen acceso a competir. Los que se atreven a soñar con un cambio real, como los tres aspirantes a la presidencia, encuentran la cárcel como respuesta.
