Rue20 Español/Rabat
En Dili, Timor Oriental, se celebró recientemente el seminario regional del Comité de los 24 de la ONU. Nada nuevo. El ritual ya es conocido: el régimen argelino levanta la voz, se indigna, niega ser parte del conflicto del Sáhara y se victimiza por ser mencionado en los discursos marroquíes. Pero esta vez, el embajador Omar Hilale, representante permanente del Reino de Marruecos ante Naciones Unidas, fue al grano. Y lo hizo sin rodeos: “Argelia sufre una patología esquizofrénica incurable en el dossier del Sáhara”. Una afirmación fuerte, pero necesaria.
Argelia lleva décadas instalando su diplomacia en un teatro de sombras. Por un lado, dice no ser parte del conflicto. Por otro, financia, arma, alberga y representa políticamente a los jefes del Polisario. Dice defender el “derecho a la autodeterminación”, pero niega ese mismo derecho al pueblo cabileño dentro de sus propias fronteras. Se presenta como país “observador”, pero bloquea el proceso político desde hace tres años. La incoherencia no es táctica: es estructural. Y es también reveladora del anquilosamiento político del régimen, encerrado en una lógica de Guerra Fría mientras el mundo gira.
No estamos ante un conflicto bilateral. Estamos ante un Estado, Argelia, que ha hecho de la hostilidad hacia Marruecos su política exterior permanente. Todo lo demás —el relato de liberación, los viejos mitos revolucionarios, la retórica de Bandung— es decorado. El régimen gerontocrático y museístico que controla Argel actúa como si aún viviera en los años sesenta, como si el mundo no hubiese enterrado el referéndum ni reconocido la viabilidad política del plan de autonomía marroquí. En la escena diplomática internacional, Argelia sigue usando el mismo software anticuado, incapaz de actualizarse ante los cambios que no controla.
Hilale lo resumió sin ambigüedades: ¿Quién creó el Polisario? Argelia. ¿Dónde tiene sus campamentos? En Argelia. ¿Quién lo financia y lo arma? Argelia. ¿Quién hace campañas diplomáticas en su nombre? Argelia. Por eso aparece cinco veces en cada resolución del Consejo de Seguridad. Y por eso Marruecos la menciona. No por capricho, sino por hechos.
El embajador marroquí desmontó también la pretensión de Argel de ser “la Meca de los movimientos de liberación africanos”. Esa época, si alguna vez existió, ya pasó. Hoy, Argel es la Meca de la desestabilización, de los grupos armados, del caos regional. Sus políticas han abierto un corredor al terrorismo en el Magreb y el Sahel. Lejos de ser un actor de paz, se ha convertido en uno de los principales obstáculos para la estabilidad de la región.
Pero el régimen argelino insiste. Incapaz de ofrecer dignidad a su propia juventud, en lugar de mirarse al espejo, exporta el conflicto. Habla de pueblos oprimidos, pero silencia a los suyos. Se niega a aceptar que la historia ha seguido su curso, que las poblaciones del Sáhara marroquí se han expresado libremente, que la mayoría de países del mundo ya no compran su discurso.
La diplomacia marroquí ha respondido con firmeza, sin agresividad, pero sin ingenuidad. Ya no se trata de convencer a quien no quiere entender. Se trata de desnudar, con pruebas, las verdaderas intenciones de quienes dicen no ser parte y son el núcleo del problema.
En 2025, el mundo no necesita más regímenes que viven en el pasado. Necesita estabilidad, cooperación y responsabilidad. Y eso empieza por llamar a las cosas por su nombre. La política argelina hacia el Sáhara no es neutralidad, ni solidaridad, ni legalidad. Es una injerencia sistemática, financiada con dinero público, para sostener una ficción diplomática que se cae a pedazos. La esquizofrenia, como bien dijo Hilale, no se disimula con comunicados ni con indignación fingida.
