Rue20 Español/Rabat
La anulación de la visita de Emmanuel Macron a la Gran Mezquita de París, prevista para el 19 de mayo, es mucho más que un cambio de agenda. Es un acto con fuerte carga política y simbólica, que deja claro que el Elíseo ha decidido tomar distancia frente a la influencia creciente del régimen militar argelino en el espacio religioso y social francés.
La visita, que debía celebrarse con el rector Chems-Eddine Hafiz, fue cancelada tras las advertencias de varios asesores del presidente sobre el riesgo de legitimar a una figura asociada abiertamente al aparato de poder de Argel. Hafiz, señalado por numerosos analistas como un portavoz oficioso del régimen argelino, ha convertido la Gran Mezquita de París en un instrumento de proyección política, alineado con las narrativas del poder militar de su país.
Según reveló Le Journal du Dimanche, Macron fue alertado sobre el impacto negativo que tendría este encuentro, en un momento donde las relaciones entre París y Argel siguen tensas por asuntos migratorios, educativos y de memoria histórica. La decisión de suspender la visita es, por tanto, un posicionamiento claro: Francia no está dispuesta a permitir que sus instituciones religiosas sean utilizadas como plataformas de influencia extranjera.
El presidente francés también envía un mensaje interno: la neutralidad de las instituciones religiosas es un principio no negociable. Al evitar esta visita, Macron frena lo que habría sido percibido como una concesión a un entorno ideológicamente vinculado a un régimen autoritario, mientras refuerza la soberanía del Estado sobre sus espacios simbólicos.
La medida coincide, además, con el endurecimiento del discurso francés hacia Argelia, reflejado en gestos como la denuncia de la “desfrancesización” de la enseñanza médica argelina, prevista para septiembre. La política del apaciguamiento ha dado paso a un enfoque más firme, que busca cortar con décadas de ambigüedad y acomodos institucionales.
El caso Hafiz ilustra cómo la diplomacia paralela del régimen argelino ha sabido instalarse en estructuras visibles de la vida religiosa y comunitaria en Francia. Lo que se cuestiona aquí no es la función espiritual de la Gran Mezquita de París, sino su instrumentalización como emisora de discursos ajenos a los valores republicanos.
Macron ha preferido evitar el error de la complacencia. Al cancelar esta visita, afirma una postura clara ante una realidad que ya no puede ignorarse: los lugares de culto, en la República, deben servir al interés general, no a agendas foráneas. La decisión puede incomodar a ciertos círculos, pero reafirma una voluntad política que hasta hace poco parecía ausente.
