Rue20 Español/Rabat
En el Palacio Real de Rabat, el Rey Mohamed VI recibe a los ministros de Asuntos Exteriores de Burkina Faso, Mali y Níger. El gesto tiene una dimensión que excede lo protocolario. Marruecos pone en marcha una de las estrategias más ambiciosas de integración regional de las últimas décadas: facilitar a los países del Sahel, históricamente aislados, una salida al Atlántico. Lo hace sin condescendencia ni condiciones, pero con visión clara y objetivos concretos. La iniciativa atlántica impulsada por el Reino es una apuesta por la soberanía compartida, la estabilidad continental y una nueva arquitectura geoeconómica africana.
Desde su regreso a la Unión Africana en 2017, Marruecos ha apostado por una diplomacia que combina inversión, cooperación técnica e integración estratégica. Más que un punto en el mapa, el mar es un recurso de soberanía. Para los países del Sahel, representa la posibilidad de reducir sus costes logísticos, diversificar sus socios comerciales y reforzar su independencia económica. Para Marruecos, es una forma de ejercer su vocación africana desde la acción, no desde el discurso. Frente a la retirada francesa, la volatilidad del apoyo occidental y la irrupción de actores como Rusia o Turquía, Rabat actúa con firmeza, pero sin estridencias.
Detrás de los proyectos logísticos hay una apuesta de fondo: redefinir el vínculo de África con el Atlántico. Así lo señala el ensayo “Afrique Atlantique” de Jamal Machrouh: durante décadas, la visión estratégica africana marginó el mar. Hoy, la recuperación del espacio marítimo es clave para reconfigurar la soberanía, el crecimiento y la influencia del continente. Marruecos entiende que la proyección atlántica es una cuestión existencial. Y por eso trabaja sobre cinco ejes: apropiación regional del proyecto, recursos compartidos, inclusión de los países sin litoral, conexión con las estrategias continentales y ejecución de proyectos tangibles.
El gasoducto Nigeria-Marruecos da forma tangible a la propuesta: más de 5.000 kilómetros uniendo África Occidental con Europa. El puerto de Dajla, en construcción, prevé manejar más de dos millones de toneladas al año. El Reino ofrece además redes logísticas y know-how para insertar a los países del Sahel en las cadenas de suministro globales. Como afirmó el ministro de Exteriores de Níger, esta iniciativa es una “oportunidad única” para romper con el aislamiento estructural.
En paralelo, Marruecos teje alianzas sólidas y serenas. El hecho de que cada país cree su grupo de trabajo revela un enfoque basado en la participación, no en la jerarquía. Se trata de construir desde la corresponsabilidad. La iniciativa real se enmarca también en una diplomacia del equilibrio. Mientras algunos apuestan por la retórica y otros por la presión, el Reino prefiere la concertación y el respeto a la soberanía. De ahí que Marruecos sea visto hoy como un socio fiable y un actor estabilizador.
El impulso atlántico marroquí está reordenando el tablero africano. Ya no es posible pensar la geografía política del continente sin contar con Dajla, Tanger Med o el corredor Lagos-Rabat. no responde a urgencias del momento; es una apuesta estructural. Exige visión, recursos y voluntad compartida. Porque avanzar en solitario es más rápido, pero avanzar juntos es lo que garantiza llegar lejos. Porque, como recuerda el proverbio africano citado en el ensayo de Machrouh: “Si quieres ir rápido ve solo, si quieres llegar lejos ve acompañado”.
