Rue20 Español/El Aaiún
La revuelta que se vive en los campamentos de Tinduf no es un episodio aislado ni un brote de descontento puntual. Es, en toda regla, una insurrección larvada que refleja el fracaso moral y político del Frente Polisario y el sistema carcelario que le ha montado el régimen militar argelino durante casi medio siglo.
Tras el asesinato de dos jóvenes por parte del ejército argelino en el campamento de Dajla, la rabia contenida estalló. Las protestas han dejado de ser discretas o simbólicas: hay incendios, enfrentamientos, llamamientos a la desobediencia abierta. Las voces que claman por la ruptura con el Polisario ya no se esconden. Algunas tribus, como los Uled Delim, han alzado la voz y se han desvinculado públicamente de una dirección corrupta y represiva. Otras claman por el retorno a Marruecos, la única salida política que ofrece un horizonte de dignidad.
La represión ha sido la única respuesta del Polisario. Pero cada golpe, cada detención, cada bala, enciende más el fuego. El aparato de control interno se resquebraja. El miedo ha cambiado de bando. Las redes sociales y los testimonios que escapan a la censura revelan una población joven, frustrada y decidida a no seguir callando. En lugar de respuestas, reciben el silencio cómplice de una Argelia que ya no puede justificar ni su tutela ni su represión.
La narrativa que sostenía al Polisario se desploma. Ya no cuela el discurso de la «resistencia» ni el mito de un «pueblo en lucha». Los retenidos en Tinduf no luchan por la independencia: luchan por salir de una prisión a cielo abierto. Y los que protestan no son manipulados: son víctimas cansadas de la mentira, del hambre, del exilio forzado.
Tinduf se levanta. Y con ella, cae el velo. El mundo debe escuchar este grito antes de que sea demasiado tarde. La historia no perdona a quienes se quedaron callados cuando la verdad ardía en los ojos de los olvidados.
