El impulso de Marruecos en la carrera por la final del Mundial 2030 incomoda al PP

 

Rue20 Español/Madrid

La euforia por el título mundial conquistado por la selección española apenas se ha apagado cuando la política nacional ya ha conseguido empañar el ambiente de celebración. El líder del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, ha convertido la organización del Mundial 2030 en un nuevo campo de batalla contra el Gobierno de Pedro Sánchez, utilizando la sede de la final como ariete en su particular cruzada contra Marruecos.

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En una entrevista concedida a The Objective, Feijóo ha exigido que la final se dispute en territorio español argumentando «la tradición futbolística de España, su condición de gran nación del fútbol y su capacidad logística». Sin embargo, tras estas declaraciones se esconde una estrategia mucho más ruin: convertir las relaciones con Marruecos en moneda de cambio electoral, utilizando la retórica antimarroquí como combustible para la campaña de las próximas elecciones generales de 2027.

El propio ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, ha calificado al PP de formación «antimarruecos». Y no es para menos. El historial del partido de Feijóo en este ámbito es demoledor: desde la invitación al Polisario en su congreso hasta su ambigüedad sobre el Sáhara marroquí, pasando por la utilización de la política migratoria como arma arrojadiza.

Lo que Feijóo parece ignorar —o quizás prefiere obviar por conveniencia electoral— es que Marruecos no es el enemigo en esta candidatura conjunta, sino un socio indispensable. España, Marruecos y Portugal presentaron una candidatura conjunta que fue ratificada por la FIFA con una puntuación de 4,2 sobre 5. El Mundial 2030 conmemorará el centenario de la competición y reunirá a tres continentes en un ejercicio de cooperación sin precedentes.

España aporta 11 estadios, Marruecos 6 y Portugal 3. Es cierto que la candidatura española ha sufrido contratiempos —las renuncias de Málaga y A Coruña, las incertidumbres en Valencia y Vigo—, pero eso no justifica la actitud beligerante del PP. La solución no pasa por menospreciar al socio marroquí, sino por resolver los problemas internos.

El principal candidato para albergar la final es el futuro Gran Estadio Hassan II de Casablanca, con una capacidad prevista de 115.000 espectadores. No es un capricho: las obras ya están en marcha desde agosto de 2024 en El Mansouria, a 38 kilómetros al norte de Casablanca. El proyecto, con un presupuesto de unos 500 millones de dólares, aspira a convertirse en el estadio más grande del planeta.

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Medios españoles como el diario AS han reconocido la magnitud del proyecto y la fuerte competencia que supone para las candidaturas españolas. El estadio Hassan II no es una amenaza; es la demostración del compromiso de Marruecos con la excelencia deportiva y con el éxito del Mundial 2030.

El principal problema del PP puede resumirse en una paradoja: desde la oposición puede utilizar Marruecos para atacar a Sánchez, pero si llega al Gobierno tendría que gestionar diariamente una de las relaciones exteriores más importantes y complejas de España. Y las dos posiciones no siempre son compatibles.

La cooperación con Marruecos no es una elección ideológica del PSOE; responde a la geografía, la economía, la seguridad y a una creciente red de intereses compartidos. España y Marruecos han construido desde 2022 una relación estratégica basada en la cooperación migratoria, económica, comercial, policial y de seguridad, a la que se suma ahora la organización conjunta del Mundial 2030. En diciembre de 2025, ambos gobiernos reforzaron esa arquitectura bilateral con catorce nuevos acuerdos.

La FIFA aún no ha anunciado la sede de la final. Ni España ni Marruecos tienen asegurado nada. Lo que sí está en juego es el espíritu de colaboración que debería presidir una candidatura conjunta. El PP, en su obsesión por dañar al Gobierno, está poniendo en riesgo la buena sintonía entre dos países que deben trabajar codo con codo durante los próximos años.

El fútbol debería ser un instrumento de unión, no de confrontación. Marruecos merece el respeto que corresponde a un socio y aliado estratégico. La final del Mundial 2030 se jugará donde decida la FIFA, pero el respeto a Marruecos no debería estar nunca en disputa.

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