Rue20 Español/Rabat
La eliminación de Senegal en los octavos de final del Mundial 2026 ante Bélgica, después de haber llegado a dominar el marcador por 2-0, no debería ser solo una herida deportiva. Debería ser el detonante de una profunda reflexión institucional. Sin embargo, la Federación Senegalesa de Fútbol (FSF) ha optado por el camino opuesto: convertir la comparecencia pública en un espectáculo de despropósitos, señalando a un cocinero y a un médico como los responsables de un fracaso que huele a negligencia estructural.
El secretario general de la FSF, Abdoulaye Saydou Sow, reveló que el cocinero de la delegación fue repatriado durante el torneo por una denuncia de acoso sexual contra una empleada del hotel en Estados Unidos. La decisión, según Sow, fue una «medida cautelar» para preservar la imagen del país. Hasta aquí, la actuación podría ser discutible pero comprensible.
Lo que resulta inadmisible es la justificación. Sow declaró: «En Senegal, se puede hablar con una mujer, bromear o darle unas palmaditas pensando que se trata simplemente de una muestra de confianza o de una broma. En Estados Unidos no se interpreta de la misma manera».
El presidente de la FSF, Abdoulaye Fall, fue aún más lejos al asegurar a la BBC que el cocinero, a quien describió como «un hombre mayor, reservado y a menudo con un rosario», solo tuvo «un intercambio amistoso» y que el asunto está «cerrado».
Esta defensa encubre un problema gravísimo: la FSF no solo normaliza una conducta potencialmente delictiva en el país anfitrión, sino que la disfraza de «diferencia cultural». No se trata de diferencias culturales. Se trata de un intento de exculpar a un empleado de la federación amparándose en un relativismo moral que, en cualquier otro contexto, sería calificado de irresponsable.
La policía estadounidense llegó a personarse en la concentración, y el cocinero fue sacado del hotel en Nueva Jersey en plena noche para ser repatriado vía Canadá. Esa no es la gestión de un malentendido cultural; es la gestión de un escándalo para evitar que «la policía estadounidense viniera a esposar a uno de los nuestros».
Si el caso del cocinero revela una alarmante falta de criterio, el del doctor Abderahmane Fédiore expone una desvergüenza institucional de primera magnitud. Fall declaró sin ambages: «Nuestro médico titular no tiene el perfil académico necesario para atender a nuestros atletas». Su pecado: ser ginecólogo de formación. «Los jugadores no estaban satisfechos de ser atendidos por este médico», añadió el presidente.
Pero la Asociación Senegalesa de Medicina del Deporte (ASMS) ha desmontado punto por punto estas afirmaciones. El doctor Fédiore es titular de un Diploma de Estudios Especializados (DES) en Medicina y Biología del Deporte por la Universidad Cheikh Anta Diop. Es médico jefe de la selección absoluta desde 2017 y ha participado en cinco Copas de África y tres Mundiales (Rusia 2018, Catar 2022 y el reciente 2026). Además, es oficial médico de la CAF y de la FIFA. La ASMS ha calificado las declaraciones de Fall de «infundadas y difamatorias», exige disculpas públicas y se reserva acciones legales.
La pregunta es inevitable: si el doctor Fédiore no tenía el perfil adecuado, ¿cómo es posible que haya ejercido durante una década y tres Mundiales sin que nadie en la FSF lo advirtiera? La respuesta es sencilla: porque no es cierto. La federación, acorralada por las críticas, ha intentado fabricar un chivo expiatorio para desviar la atención de sus propias carencias.
Estos dos casos no son incidentes aislados; son la punta del iceberg de una gestión caótica. La FSF ha reconocido problemas logísticos con el alojamiento, la alimentación, el transportey las primas. El propio seleccionador, Pape Thiaw, fue destituido tras el torneo, pero se sabía que dirigía sin contrato firmado. El jugador Pape Gueye anunció que no volvería a la selección mientras Thiaw fuera entrenador. Y Sow, en un alarde de desconexión con la realidad, declaró: «Yo esperaba ser realmente felicitado por todo el mundo».
¿Felicitado? ¿Por proteger la imagen de Senegal? La imagen de Senegal no se protege repatriando a un cocinero en plena noche o difamando a un médico con una hoja de servicios impecable. La imagen de Senegal se protege con una planificación rigurosa, una gestión profesional y, sobre todo, con honestidad. La FSF ha fallado en todo ello. Y ahora, en lugar de asumir responsabilidades, busca culpables entre los más vulnerables.
Senegal merece una federación que esté a la altura de sus futbolistas. No esta.
