Rue20 Español/Rabat
El primer viaje al extranjero del jefe del Gobierno francés desde su nombramiento no es un gesto protocolario, sino el reconocimiento explícito de una realidad geopolítica que ya se ha consumado: Marruecos ha dejado de ser un socio para convertirse en un nodo estratégico indispensable.
Cuando el próximo miércoles 15 de julio el avión de Sébastien Lecornu tome tierra en el aeropuerto de Rabat-Salé, no será un jefe de Gobierno francés quien descienda por la escalerilla. Será la constatación viviente de un cambio de época en las relaciones franco-marroquíes. El primer ministro francés, acompañado por una docena de ministros —entre ellos el titular de Exteriores, Jean-Noël Barrot, y el de Interior, Laurent Nuñez—, será recibido por su homólogo Aziz Akhannouch y varios miembros del Ejecutivo marroquí. Pero el verdadero anfitrión de esta visita no es un gobierno ni una institución: es el nuevo estatus geopolítico del Reino.
Que Lecornu haya elegido Marruecos para su primer desplazamiento internacional desde que asumió el cargo en septiembre de 2025 no es una anécdota. En el lenguaje de la diplomacia, la elección del primer destino exterior de un jefe de Gobierno es un mensaje cifrado que las cancillerías leen con precisión milimétrica. Al poner proa hacia Rabat, París envía una señal inequívoca: en la nueva cartografía de los intereses franceses, Marruecos ocupa el primer lugar.
No se trata de un gesto de cortesía hacia un viejo aliado. Se trata de la constatación de que el Reino se ha convertido en un activo estratégico del que Francia no puede prescindir en su redefinición como potencia mediterránea y africana. La visita se inscribe en una secuencia de acercamiento iniciada tras la carta de Emmanuel Macron de julio de 2024 reconociendo la soberanía marroquí sobre el Sáhara, y refrendada con la visita de Estado del presidente francés a Marruecos en octubre de ese mismo año. Ahora, dos años después, toca pasar de las declaraciones políticas a la concreción económica y estratégica.
El dato relevante de esta visita no es solo quién viene, sino con quién viene. Una docena de ministros que representan sectores estratégicos clave no acompañan a un jefe de Gobierno en un viaje de cortesía. Lo hacen porque hay mesas de trabajo que requieren la presencia de los titulares de las carteras implicadas. París no viene a estrechar manos: viene a firmar, a acordar, a comprometerse.
El programa oficial, que incluye un encuentro bilateral entre los dos jefes de Gobierno el jueves 16 por la mañana, seguido de una rueda de prensa, una reunión de alto nivel entre delegaciones en el Ministerio de Exteriores, una ofrenda floral en el mausoleo Mohammed V y un almuerzo oficial antes de la partida, es el escenario de un acto que trasciende el protocolo. Lo que se juega en Rabat esos dos días es la arquitectura de la cooperación franco-marroquí para la próxima década.
Durante décadas, la relación entre Rabat y París se sustentó en la inercia de una historia compartida. Ese sustrato sigue existiendo, pero ya no es suficiente. Francia ha comprendido —quizás más tarde que otras potencias— que Marruecos ya no es aquel país que esperaba inversiones y tecnologías, sino un Reino que exige coproducción de soberanía.
La prueba está en los números. Los intercambios comerciales entre ambos países alcanzaron un récord de 14.800 millones de euros en 2024, más del doble que en 2015. Francia sigue siendo el primer inversor extranjero en Marruecos, con un stock de 8.400 millones de euros que representa el 31% del total de la inversión extranjera directa en el Reino. Más de 950 filiales de empresas francesas operan en el país, y la práctica totalidad del CAC 40 tiene presencia en Marruecos. Esas empresas generan más de 150.000 empleos en el Reino, cerca de un tercio del total de los creados por las firmas francesas en todo el continente africano.
Pero la verdadera transformación no es cuantitativa, sino cualitativa. Marruecos ya no busca ser el destino de las exportaciones francesas hacia África —que actualmente absorben más del 40% de las ventas francesas al continente— sino el socio desde el cual Francia pueda repensar su presencia en el continente. El «partenariado de excepción reforzado» que ambos países suscribieron en 2024 no es un simple cambio de etiqueta: es el reconocimiento de que la relación bilateral ha dejado de ser un asunto entre dos países para convertirse en un pilar de la estrategia continental de ambos.
Detrás de la visita de Lecornu se dibuja una geografía que va mucho más allá del estrecho de Gibraltar. El proyecto del gasoducto Nigeria-Marruecos, la Iniciativa Real para los Estados Africanos Atlánticos, el puerto de Dakhla Atlántico —todos estos proyectos responden a una misma visión: convertir la fachada atlántica africana en un espacio de prosperidad y conectividad.
Francia, que ha visto erosionadas sus posiciones tradicionales en el Sahel, necesita un nuevo anclaje en el continente. Y ese anclaje se llama Marruecos. El Reino no es solo una puerta de entrada a África —como tantas veces se ha repetido— sino un operador logístico, financiero e industrial con capacidad para proyectar estabilidad y desarrollo en una región que los grandes competidores globales —Estados Unidos, China, Rusia, las potencias del Golfo— ya han identificado como prioritaria.
Lo que hace única la posición de Marruecos en este nuevo tablero es su capacidad para mantener una diplomacia de equilibrio sin caer en la dependencia. El Reino ha multiplicado sus alianzas sin renunciar a ninguna: dialoga con Washington sin alejarse de Bruselas, profundiza lazos con Pekín mientras consolida su relación con Londres, y fortalece sus vínculos con las monarquías del Golfo al tiempo que afianza su presencia en África. Esta estrategia de diversificación, lejos de debilitar su relación con Francia, la ha fortalecido al convertir a Marruecos en un socio más valioso: ya no es un país que necesita a Francia, sino un país que Francia necesita.
La visita de Lecornu, en este sentido, no es el inicio de una nueva etapa. Es la consagración de una realidad que ya existe. Marruecos ha entrado en el círculo de los Estados cuyas decisiones, infraestructuras y alianzas configuran los equilibrios regionales del futuro. París lo ha entendido. Por eso el primer viaje al extranjero de su primer ministro tiene como destino Rabat.
