Rue20 Español/Rabat
En el estadio NRG, bajo una humedad que pegaba la camiseta a la espalda, Marruecos encontró su ritmo cuando más lo necesitaba. No fue inmediato. Los primeros cuarenta y cinco minutos dejaron una selección algo agobiada, presionada por un Canadá que llegaba con la velocidad de Davies y la ilusión de quien no tiene nada que perder.
Pero el fútbol, ese deporte que a veces premia la paciencia, tenía reservado un guion distinto para la segunda mitad. Y en el centro de ese guion, zumbando sin descanso entre líneas, apareció Azzedine Ounahi.
El muchacho de Casablanca, aquel que aprendió a controlar balones en las calles de la ciudad blanca antes de pasar por la Academia Mohammed VI de Salé, volvió a demostrar que los grandes escenarios no le intimidan. Con veintiséis años, el dorsal ocho de los Leones del Atlas firmó un doblete que sentenció el pase de Marruecos a los cuartos de final del Mundial. El 3-0 definitivo contra Canadá, en los octavos de final de la competición, no solo representó una clasificación histórica; fue una declaración de principios.
El primer gol de Ounahi llegó en el minuto cincuenta. Achraf Hakimi, ese lateral que parece tener pulso de relojero cuando ejecuta jugadas a balón parado, colocó un pase preciso en la frontal del área.
Ounahi lo controló como quien recibe una pelota en el patio de su casa. Sin prisa, pero sin pausa. La definición, limpia, al fondo de la red. Fue el gol que desatasó los nervios, el que permitió a Marruecos respirar y tomar el mando del encuentro.
El segundo, en el minuto ochenta y dos, ya fue pura calle. Brahim Díaz inició un contraataque veloz, Ounahi recibió, levantó la cabeza y colocó un disparo con efecto en la escuadra. No parecía un partido de eliminación directa de una Copa del Mundo; parecía una tarde cualquiera en un potrero de Casablanca, donde el que tiene calle no necesita complicarse. En el tiempo añadido, Soufiane Rahimi cerró la cuenta con el tercero, pero el trabajo ya estaba hecho. La abeja había picado dos veces, y Canadá no se recuperó.
Dentro del vestuario marroquí le llaman «la abeja» por un motivo evidente: no deja de moverse. Es un centrocampista que aparece en todas partes, desde la línea defensiva hasta las inmediaciones del área rival, ofreciendo siempre una salida.
No es de los que se quedan quietos esperando que el juego llegue a sus pies. Va él al encuentro del balón, una y otra vez, como si el esfuerzo no le costara. Y cuando lo tiene, lo hace todo parecer sencillo. Controla con suavidad, gira bajo presión, elige el pase que desatasca la jugada.
No necesita filigranas excesivas; su virtud está en la eficacia disfrazada de elegancia. Esa esencia del fútbol callejero —regates cortos, cambios de dirección imprevistos, pases que rompen líneas— es la que ha llevado al máximo nivel.
Lo curioso de Ounahi es que su mejor versión siempre aparece con la camiseta de Marruecos. En los clubes ha tenido un recorrido irregular: pasó por el Avranches francés, brilló en el Angers, firmó por el Olympique de Marsella, se marchó cedido al Panathinaikos griego donde fue elegido jugador de la temporada, y en agosto de 2025 aterrizó en el Girona FC español con un contrato hasta 2030. Pero el descenso del equipo catalán a Segunda División, tras empatar con el Elche en la última jornada, ha dejado su futuro en el aire pese a su vínculo contractual.
Sin embargo, cuando se pone la roja de Marruecos, Ounahi se transforma. Ya lo hizo en el Mundial de Catar 2022, donde fue una de las grandes revelaciones de la histórica selección que alcanzó las semifinales. Fue precisamente tras la eliminación de España en aquel torneo cuando Luis Enrique, entonces seleccionador español, le dedicó unas palabras que el propio Ounahi aún recuerda con emoción: «Madre mía, ¿de dónde ha salido este chico? Sabe jugar de verdad. Me sorprendió».
El técnico asturiano, en su última rueda de prensa al frente de La Roja, no podía creer que un mediocampista formado en la tercera división francesa y con aspecto frágil hubiera dominado la medular junto a Sofyan Amrabat.
Aquella actuación contra España, donde Ounahi recorrió catorce coma siete kilómetros antes de ser sustituido en el minuto ciento diecinueve, le cambió la vida. Pasó de ser un desconocido para el gran público a figurar en la lista de los cien mejores jugadores del mundo según The Guardian.
Ahora, cuatro años después, la abeja ha vuelto a picar en el momento justo. Con su doblete contra Canadá, Ounahi no solo ha llevado a Marruecos a los cuartos de final del Mundial 2026; ha vuelto a poner su nombre en la agenda de los grandes clubes europeos.
Cada vez que el balón llega a sus pies, el partido se ralentiza para él y se acelera para los rivales. Es un futbolista que parece haber nacido en las calles de Casablanca y perfeccionado en los mayores escenarios del planeta.
Marruecos sigue soñando. Y mientras lo hace, tiene en Ounahi a ese tipo de jugador que no necesita ser el más alto ni el más fuerte para ser el más decisivo. Solo necesita que el balón pase cerca, y entonces, como toda abeja que se precie, va y pica. Dos veces, si hace falta.
