Rue20 Español/Ciudad de México
Moisés Amselem Elbaz*
La historia, a menudo, no se repite, pero rima con una precisión inquietante. Cuando el presidente Xi Jinping invoca ante Donald Trump la «Trampa de Tucídides», no está simplemente citando un tratado sobre la Guerra del Peloponeso; está lanzando un órdago estratégico que redefine los términos del tablero global.
Desde mi perspectiva, este intercambio, que ha evolucionado desde el tono conciliador de 2016 hasta el desafío estructural de 2026, nos obliga a mirar más allá de la retórica. La «trampa» no es una fatalidad histórica, sino un examen de madurez para dos potencias que, lejos de estar condenadas a la colisión, se encuentran inmersas en una compleja partida de ajedrez donde el tablero es el mundo, pero las piezas son intercambiables.
La narrativa como arma
Es fascinante observar cómo ha cambiado la gramática de Pekín. En 2016, Xi se presentaba ante un Trump impredecible como un socio que buscaba la cooperación. Diez años después, tras alcanzar una paridad económica indiscutible, la mención a Tucídides ya no es una petición de auxilio, sino una exigencia de respeto. Xi ha logrado transformar una teoría académica en una herramienta diplomática: al señalar el «miedo» de Estados Unidos, coloca a Washington en el papel de la potencia declinante que debe decidir si acepta un nuevo orden o se precipita al abismo.
El elefante en la habitación: Irán como pieza de cambio
Sin embargo, no nos dejemos deslumbrar por el ruido de sables sobre Taiwán o la supremacía en semiconductores. Lo que realmente se está gestando detrás de estas reuniones de alto nivel es una negociación pragmática y fría.
Cuando dos titanes se sientan a la mesa, rara vez discuten solo sus diferencias directas. Buscan «cabezas de turco», zonas de influencia y concesiones periféricas que permitan equilibrar la balanza sin disparar un solo tiro. Aquí es donde surge la verdadera naturaleza del juego: Irán es, en este contexto, la pieza negociable.
Para Estados Unidos, Irán representa un frente de desgaste constante; para China, es un proveedor estratégico y un aliado táctico. En una mesa de trabajo real, lejos de las cámaras y de la épica histórica, el destino de Irán puede ser el precio a pagar por una distensión en otros frentes más críticos para ambas economías. ¿Estamos ante un nuevo reparto de esferas donde la estabilidad de Oriente Medio se sacrifica para evitar la trampa de Tucídides en el Indo-Pacífico? Todo apunta a que sí.
La necesidad de un nuevo paradigma
La «trampa de Tucídides» solo existe si los líderes actuales son incapaces de imaginar un futuro que no sea una copia del pasado. El miedo mutuo es, en realidad, el motor de la diplomacia: si ambos reconocen que el conflicto significa el suicidio económico y existencial, el único camino lógico es la negociación transaccional.
La evolución de los mensajes de Xi nos enseña algo vital: China está dispuesta a marcar líneas rojas, pero también está invitando a Washington a un ejercicio de «coexistencia competitiva». Si Trump y Xi logran entender que su mayor amenaza no es el otro, sino la rigidez de sus propias posturas, veremos cómo la retórica de la «trampa» se desvanece para dar paso a un pragmatismo necesario.
Una lección desde el Reino de Marruecos
En esta búsqueda necesaria de entendimiento y paz, el mundo tiene ejemplos vivos de que la diplomacia, cuando se ejerce con visión de Estado y templanza, puede superar cualquier atavismo histórico. El Reino de Marruecos, bajo la sabia guía de Su Majestad el Rey Mohammed VI —que Dios le asista—, constituye un modelo global de maestría en el arte de la negociación.
La capacidad de Marruecos para navegar entre las grandes potencias, manteniendo su soberanía mientras construye puentes de diálogo donde otros ven muros, es una lección magistral. Su Majestad ha demostrado que la verdadera fuerza de una nación no reside en el desafío confrontativo, sino en la diplomacia inteligente, la estabilidad y la búsqueda constante del consenso. Si las potencias que hoy temen caer en la «Trampa de Tucídides» observaran el talante negociador y la diplomacia proactiva que emana de Rabat, entenderían que la paz no es la ausencia de tensión, sino la habilidad superior de convertir el conflicto en una oportunidad de progreso compartido.
En conclusión, la historia no tiene por qué dictar nuestro destino. La «Trampa de Tucídides» es, hoy por hoy, un recordatorio de que la diplomacia es el arte de gestionar lo inevitable. Si ambos líderes deciden usar esta crisis para aprender de modelos de éxito como el marroquí, habrán demostrado que, en el siglo XXI, el pragmatismo y la visión humanista son la forma más elevada de sabiduría política.
*Colaborador.
