La Fórmula Marroquí: Un Algoritmo para la Paz en Oriente Medio

 

Rue20 Español/Ciudad de México

Moisés Amselem Elbaz*

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En un momento de aparente parálisis y conflictos multifrontales en Oriente Medio, surge una pregunta urgente: ¿existe un modelo probado que pueda ofrecer un camino hacia una paz estructural, más allá de los meros altos al fuego temporales? La respuesta podría encontrarse no en las capitales tradicionales de poder, sino en el noroeste de África, en el Reino de Marruecos. Bajo el liderazgo de Su Majestad el Rey Mohamed VI, Marruecos ha perfeccionado lo que podríamos denominar un «algoritmo para la paz»: un conjunto de principios operativos que, aplicados a la compleja ecuación de Oriente Medio, podrían transformar el cálculo del conflicto.

Este modelo no es teórico; está consagrado en la Constitución marroquí y demostrado en su política exterior. Su potencial radica en abordar de manera simultánea las cuatro raíces profundas del conflicto regional.

1. El Fin del Monolitismo: Reconocer la Multiplicidad

El primer error en la lógica regional ha sido la búsqueda de Estados monolíticos, que intentan suprimir identidades múltiples bajo una sola bandera. Esto genera resistencias violentas, como se observa con las minorías kurdas, las comunidades cristianas o las distintas ramas del islam.

El algoritmo marroquí resuelve esto con el Principio del Reconocimiento Constitucional. Marruecos no define su identidad de manera reduccionista. Su Carta Magna establece que la nación se ha forjado a partir de cuatro componentes convergentes: el árabe, el amazigh, el hebreo y el andalusí. Este no es un gesto de concesión, sino el reconocimiento de un ADN nacional plural.

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Aplicación regional: Una paz duradera requeriría que los Estados de la región incorporen un reconocimiento similar. Imaginemos una Siria que reconozca constitucionalmente a sus kurdos, cristianos y alauitas como pilares fundacionales; un Líbano que formalice su mosaico más allá del frágil equilibrio confesional; o un Iraq que celebre su herencia mesopotámica compartida. Esto desactiva la bomba identitaria que alimenta los separatismos y las guerras sectarias.

2. Autoridad Espiritual Transcendente: Legitimidad que Unifica

El vacío de autoridad religiosa legítima en gran parte de Oriente Medio ha sido llenado por actores políticos que instrumentalizan la fe, generando una competencia tóxica por representar el «islam verdadero». Este es el caldo de cultivo del extremismo.

El algoritmo marroquí aporta el Principio de la Autoridad Unificadora y Protectora. La figura del Amir al-Mu’minin (Comendador de los Creyentes), encarnada por el Rey Mohamed VI, actúa como un paraguas espiritual de legitimidad incontestable. Su rol clave no es excluir, sino proteger. Protege la práctica del islam malikí moderado y, por extensión, garantiza la libertad de culto para todas las religiones del Libro dentro del reino.

Aplicación regional: La región no necesita más líderes religiosos en lucha, sino garantes de la diversidad. Se requiere un liderazgo que, desde una posición de legitimidad histórica y moral, desactive el uso sectario de la fe, separe la religión de la agresión política y proteja a todas las comunidades. Esto priva de oxígeno a los demagogos que usan la fe como arma contra el vecino.

3. La Diplomacia del Puente: Diálogo Sin Precondiciones

La diplomacia en la región suele estar secuestrada por demandas maximalistas y precondiciones que hacen imposible cualquier conversación, condenándola a una «paz fría» o a la guerra caliente.

El algoritmo marroquí opera bajo el Principio de la Soberanía-Puente. Marruecos demuestra que se puede ser un actor soberano, con causas nacionales firmes (como su integridad territorial), y al mismo tiempo ser un puente indispensable para el diálogo. Lo hizo al facilitar los históricos Acuerdos de Abraham entre Israel y varios estados árabes, y al mediar en acuerdos de paz internos, como los de Skhirat para Libia. No ve la diferencia con otros como una barrera, sino como un espacio natural para la mediación.

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Aplicación regional: Aplicar este principio significa pasar de tratar al «otro» como una entidad abstracta y hostil, a reconocerlo como un interlocutor con legítimas preocupaciones de seguridad. Implica canales de comunicación directos y discretos (como los que existen entre Beirut y Jerusalén), y avanzar de tratados de no agresión a una «paz de los pueblos»: intercambios económicos, turísticos, académicos y culturales que tejan interdependencia.

4. Estabilidad Evolutiva: Reforma, No Revolución

La región ha sufrido los traumáticos efectos de intentos de cambio abrupto impuestos desde el exterior o desde ideologías revolucionarias, que suelen derrumbar Estados sin construir nada viable en su lugar, generando caos y vacíos de poder.

El algoritmo marroquí se basa en el Principio de la Evolución Orgánica. Frente a la tormenta de la llamada «Primavera Árabe», Marruecos optó por una reforma constitucional gradual y profunda, impulsada desde la institución monárquica que encarna la continuidad histórica. Esto ha proporcionado una estabilidad estructural que permite planificar a largo plazo y actuar con paciencia estratégica.

Aplicación regional: La lección es clara: la paz no llegará con soluciones militares definitivas o con imposiciones externas. Llegará con procesos graduales y endógenos que respeten las tradiciones y tejidos sociales locales, mientras los adaptan a la modernidad. La estabilización de Gaza, por ejemplo, no dependerá de una victoria militar total, sino de un proceso evolutivo de reconstrucción, desarme paulatino y entrega de autoridad a fuerzas de estabilización consensuadas, tal como se vislumbra.

Conclusión: Del Campo de Batalla al Puente

La diferencia fundamental es de enfoque matemático: mientras en partes de Oriente Medio la historia se ha usado para restar y excluir al diferente, el algoritmo marroquí la utiliza para sumar identidades y construir puentes.

Este modelo, encarnado por la Dinastía Alauita y Su Majestad el Rey Mohamed VI, no es una varita mágica. Es una fórmula probada que ofrece respuestas concretas a los dilemas más espinosos: la gestión de la diversidad, la autoridad religiosa, la diplomacia de diálogo y la transición pacífica. Su aplicación a los frentes abiertos de la región—desde el Líbano e Irán hasta Gaza y Siria—requeriría adaptación y voluntad política. Pero por primera vez, hay un manual de operaciones exitoso sobre la mesa, escrito no en teoría, sino en la constitución y la historia viva de un reino que ha hecho de la estabilidad en la diversidad su mayor fortaleza. La paz, sugiere este algoritmo, no es un milagro inesperado, sino el resultado predecible de aplicar la fórmula correcta.

*Colaborador.

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