Rue20 Español/Ciudad de México
Moisés Amselem Elbaz*
¿Está efectivamente negociada la transición política en Venezuela? ¿Resultará en un cambio auténtico? La respuesta es afirmativa, aunque el proceso es todo menos sencillo o ideal. La salida a la crisis requerirá un complejo diálogo, fundamentado en una lógica de poder concreta y no en simbologías o legitimidad moral. El desenlace no será una rendición, sino una negociación gradual.
Aún no hemos escuchado la postura definitiva del gobierno actual. ¿Se revelarán sus condiciones? Indudablemente. Y, cuando lo hagan, será desde una posición de fuerza estructural: el control efectivo de las instituciones, la seguridad y los recursos permanecen bajo la égida del chavismo, no de la oposición civil. En contextos de transición conflictivos, el diálogo se establece con quienes pueden provocar o detener la inestabilidad, no necesariamente con aquellos que poseen la razón ética.
¿Requerirán acuerdos a cambio de su participación? Sin duda alguna. Cada negociación política conlleva intercambios, y el sector oficial no renunciará a su influencia sin obtener garantías concretas.
A continuación, se aborda el análisis en cuatro dimensiones fundamentales:
Dimensión 1: La figura de Delcy Rodríguez – Un cálculo pragmático
Su presencia en los diálogos posibles es producto de factores operativos, no ideológicos. Rodríguez representa tres activos clave para una transición mínimamente ordenada:
1. Control sobre la estructura estatal: Tiene conocimiento y autoridad sobre ministerios esenciales, la empresa estatal PDVSA, el sistema bancario público y la infraestructura portuaria. Su cooperación es crucial para evitar el colapso inmediato de la administración pública.
2. Conexiones con los poderes coercitivos: Actúa como canal formal hacia las Fuerzas Armadas, los servicios de inteligencia y grupos oficialistas. Si bien no toma decisiones unilaterales, facilita la coordinación con actores determinantes.
3. Capacidad de ejecutoria: Puede convertir compromisos en acciones concretas, como la emisión de órdenes, entrega de información o desmovilización pactada de grupos.
En síntesis: Su relevancia no es simbólica, sino funcional. Representa un interlocutor capaz de asegurar la continuidad operativa del país en una fase crítica.
Dimensión 2: La ausencia inicial de María Corina Machado – Una limitación estratégica
Un análisis objetivo de la relación de fuerzas explica por qué su rol en una fase inicial de negociación sería restringido:
Carece de control sobre los instrumentos de fuerza del Estado (Fuerzas Armadas, policías).
No ejerce autoridad sobre el territorio ni sobre la logística gubernamental.
No puede ofrecer garantías de seguridad inmediata o de no violencia.
En la etapa de desescalada y control de la crisis, estos factores pesan más que su indudable capital político, legitimidad electoral y apoyo popular.
Factor adicional decisivo: Para los sectores duros del oficialismo, Machado representa una amenaza existencial. Su inclusión en las primeras mesas paralizaría cualquier diálogo, al ser vista como un riesgo para el desmantelamiento total del sistema actual.
Dimensión 3: El rol de Edmundo González – Una figura de consenso proyectiva
González Urrutia representa, en este contexto:
Un símbolo de unidad para el espectro opositor y un referente electoral.
Una figura de consenso civil con menor carga de conflicto inmediato para el oficialismo.
Sin embargo, no se configura como un operador de poder real con influencia directa sobre los mecanismos de seguridad o sobre la administración en crisis.
Su espacio natural pertenece a una fase posterior de recomposición política, no a la etapa inicial de estabilización.
Dimensión 4: El actor internacional clave – El papel potencial de México en 2026
En un futuro próximo, la comunidad internacional necesitará un facilitador creíble. Para 2026, México, bajo la presidencia de Claudia Sheinbaum, podría estar excepcionalmente posicionado para asumir un rol de interlocución constructiva, gracias a:
Legitimidad regional: Como vecino y socio histórico, México no carga con el estigma de intervencionismo directo, lo que le confiere una ventaja como mediador neutral.
Continuidad política: Para 2026, Sheinbaum habrá cumplido dos años de gobierno, ofreciendo estabilidad diplomática y una sólida plataforma para abordar la crisis venezolana.
Capacidad de puente: México mantendría canales de comunicación abiertos con múltiples actores venezolanos y con los Estados Unidos, facilitando así un diálogo más efectivo.
Posibles interlocutores designados desde el gabinete de Sheinbaum:
1. El Operador de Confianza: Este funcionario, con experiencia en seguridad nacional y diálogo político, sería idóneo para la Fase 1, negociando aspectos de desescalada con el poder chavista.
2. La Estratega Regional: Un canciller con visión latinoamericanista y credibilidad internacional, crucial para la Fase 2, articulando el apoyo externo y los marcos formales de transición.
3. La Tejedora de Consensos: Una figura discreta con habilidad para construir acuerdos entre actores antagónicos, que funcionaría como facilitadora técnica en diálogos preparatorios y en la gestión de expectativas.
La elección del perfil dependerá del momento específico de la transición venezolana, pero la ventaja mexicana radicaría en ofrecer neutralidad práctica, capacidad de convocatoria y un enfoque basado en la estabilización regional.
Corolario: Un realismo necesario
La expectativa de que un cambio político signifique la inmediata llegada al poder de «los buenos» es un espejismo. En la práctica:
1. Primero negocian quienes pueden impedir que el país estalle.
2. Luego, quienes pueden gestionar un gobierno de transición.
3. Finalmente, quienes pueden legitimar y reconstruir el sistema a largo plazo.
Aclaración crucial: Esto no implica la exclusión permanente de María Corina Machado. Significa que su rol principal corresponde a la tercera fase. Forzar su participación en la primera fase equivaldría a intentar organizar elecciones en medio de un estado de emergencia.
Perspectiva final: Si la transición avanza, es probable que Machado no sea la negociadora principal del desmontaje inicial, pero sí se convertirá en la figura central de la legitimación posterior. Un actor internacional como México, en 2026, podría ser el facilitador que ayude a dirigir el proceso a través de sus inevitables y complejas etapas.
En términos directos: Hoy se dialoga con los representantes del poder fáctico. Mañana se incorporarán los representantes civiles. Pasado mañana, se convocará a toda la nación. Los procesos históricos rara vez comienzan en el punto ideal, pero un realismo estratégico —y quizás la facilitación de un vecino clave— puede guiarlos hacia un destino de mayor libertad y estabilidad.
*Colaborador.
