Ifni en la literatura colonial: De Manuel Chaves Nogales a Jesús Torbado 

Rue20 Español/Agadir

Mohamed Abrighach*

Preliminares

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El Ifni colonial desde su ocupación por el coronel Oswaldo Capaz en 1934 hasta su retrocesión en 1969 no dio lugar a una significativa literatura porque duró temporalmente poco, menos de cuatro décadas, y fue dominado por los militares y sus familiares que convirtieron la colonia, luego provincia española, en una especie de arcadia para beneficio propio económica y socialmente. Por cierto, salían esporádicamente en la única y famosa publicación periódica A.O.E. Semanario Gráfico de África Occidental Española (1945-1969) una serie de artículos de prosa literaria y relatos breves, muchos de ellos de autores desconocidos y militares. Es una producción local convencional y, en muchos casos, de inspiración popular y folclórica. La verdadera literatura escrita sobre el Ifni colonial es, por lo general, de naturaleza poscolonial y llevada a cabo mayoritariamente por autores vinculados con él o procedentes de familias que tuvieron allí experiencia colonial sea vital, militar o laboral, sin olvidar la existencia de autores independientes que volvieron tardíamente sobre el tema por varias razones, principalmente de memoria histórica. Sobre esta narrativa, Ayoub Karim, actualmente profesor titular en el Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad Cadi Ayyad de Marrakech, elaboró en 2021 en la Facultad de Letras-Ain Chok de Casablanca una importante tesis a la que remito los lectores interesados en el tema. Este es su título: La memoria histórica de Ifni en la narrativa española actual.  

La narrativa de la que estamos hablando la inicia, El imperio de arena de Jesús Turbado en 1998, una novela que la crítica considera por unanimidad como la novela de Ifni por antonomasia porque es la primera de su género que inicia el ciclo narrativo de Ifni en la literatura española actual. Se focaliza principalmente, primero, sobre la Guerra de 1958 y el correspondiente calvario vivido por los soldados, y segundo, sobre la vida diaria y sociopolítica de los colonos y su incomunicación constante con respecto a la península. Aunque presente en la ficción, el componente autóctono se relega a papel segundario. Existe otra obra también paradigmática y fundacional pero injustamente olvidada. La constituyen las crónicas que expidió desde Ifni durante su toma en 1934 por el periodista sevillano, Manuel Chaves Nogales, al madrileño periódico republicano Ahora. Crónicas que fueron reeditadas en 2013 por Editorial Almuzara; recogiendo el título de una crónica del autor, las volvió a llamar: Ifni, la última aventura colonial española. 

Son dos obras capitales que necesitan un breve y aproximativo análisis crítico con el objetivo de dar a conocer siempre a vuelapluma al lector su contenido diegético-narrativo y, particularmente, los avatares de la ocupación de Ifni y su posterior creación político-administrativa, la experiencia bélica de la Guerra de 1958, la situación colonial y la correspondiente dialéctica vivida y desarrollada entre colonizados y colonizadores, españoles y marroquíes.

Ifni, la última aventura colonial española de Manuel Chaves Nogales

Manuel Chaves Nogales fue en su momento un gran escritor y un famoso periodista tanto en Sevilla, su ciudad natal, como en España. Fue conocido por una escritura individual en que se confunden magistralmente la crónica periodística, la narración literaria y la ironía crítica intelectual a través de una prosa sencilla, nada rebuscada, pero de buena factura estética. Fue uno de los pocos periodistas, por no decir el único, que fue autorizado por el gobierno de la Segunda República a ir a la antigua Santa Cruz de la Mar Pequeña para cubrir su ocupación, eso es, como comentaba a la sazón el periódico, “dar las primicias de las impresiones reales y documentales acerca del alcance y la importancia política de la reciente ocupación de Ifni”. Una toma que corrió a cargo del coronel Oswaldo Capaz implementando muy tardíamente una de las cláusulas del tratado hispano-marroquí de Wad-Ras de 1860 que reconocía la soberanía de España sobre la antigua Santa Cruz de Berbería que se pensaba tenía ubicación en Ifni.

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La estancia de Chaves Nogales en Ifni y alrededores duró casi un mes. Son 19 crónicas. Se ordenan en el libro por orden temático y no temporal. Sus fechas de envío desde la zona y de publicación en Madrid aparecen principalmente al final, aunque algunas lo hacen al principio. Cinco de ellas fueron redactadas en Agadir y Cabo Juby por no haber podido el periodista llegar a la zona como tenía previsto por el aterrizaje forzoso del avión en una playa cerca de Agadir. Ifni era asimismo inalcanzable porque no había ninguna comunicación directa marítima ni terrestre, amén de que las fronteras no estaban aún delimitadas. El acceso solo se podía tener pasando por Cabo Juby que estaba bajo soberanía española. Estas circunstancias hicieron imposible a Chaves Nogales estar presente en los quince días de la ocupación de Ifni y narrar de cerca los primeros acontecimientos. Estos los tuvo que relatar basándose en la versión de los militares y acompañantes de Capaz. En los otros quince días era testigo de la acción colonial y narraba anécdotas, emitía reflexiones y daba información, por una parte, sobre su participación en las distintas expediciones militares que se realizaban para garantizar el desarme de las cabilas o la fijación de posiciones y límites, y por otra, sobre su contacto con los notables autóctonos. Una presencia real que le permitió tener una idea general de la geografía de la zona, de sus costumbres, así como de los problemas y aciertos de la dinámica en curso de la implantación colonizadora/colonial de España. Del contenido de las crónicas merecen ser destacados tres aspectos que son, en mi opinión, los más esenciales: 1) la fácil y pacífica ocupación inicial de Ifni, 2) los problemas que hacen inviable la colonización de la zona y 3) la representación de la autoctonía.

Chaves Nogales declara que no es colonialista ni abandonista; no está a favor ni en contra de la ocupación. Se autoproclama desde el principio que no tiene temperamento de héroe, ni su misión “es ocupar el territorio de Ifni, sino la de ir detrás de quienes lo ocupen”. Puntualiza que la ocupación de Ifni no fue por voluntad de España, sino que se inició por presión o a instancias de Francia que no quería que se infiltrasen en el territorio los nacionalistas marroquíes con quienes luchaba en todo el sur. A continuación, hace constar una de las observaciones más significativas de sus crónicas. La ocupación de Ifni por Capaz fue esencialmente pacífica: se llevó a cabo sin dar un tiro, ni derramar sangre y con el consentimiento local: “hemos desembocado en Ifni porque los moros lo han querido. Esta es la lisa y llanamente la realidad […]. Los españoles han entrado en Ifni no en son de conquista, sino de pacificación”. Una pacificación que servía para “proteger a los naturales del país contra los posibles ataques de sus enemigos tradicionales de fuera” y justifica el fácil y nada problemático desarme de las cabilas pese al arraigo ancestral del uso de las armas entre ellas. Una situación que le lleva a exclamarse en son más de burla que de duda y extrañamiento por si eso era imperialismo u otra cosa de otra índole que él no entendía: “No ha sonado un tiro en todo el territorio. ¿Es esto imperialismo?”. Solo hubo un cambio de roles, España se vuelve Majzén, un Majzén que quiere la paz pero que es fuerte y justo. Así sale en una charla entre oficiales y notables autóctonos según recoge el periodista: “Ha venido el Majzén. El Majzén, el gobierno de España, quiere la paz, os trae la paz […]. Los nómadas del desierto no se atreverán ya nunca más a asaltar vuestros poblados, porque el Majzén los defiende. Sois españoles y estáis desde ahora bajo la protección del Gobierno de España, que es fuerte y justo y quiere la paz”.

Chaves Nogales es muy escéptico con respecto a lo que observa, no apoya a ojos cerrados la acción colonial en curso. Admira la labor heroica y riesgosa llevada a cabo por Capaz y los militares y afirma que si tuviera que señalar algún sentido real de la ocupación sería indudablemente el haber podido levantar en la zona “un pabellón de paz” creando “una ilusión de bienestar entre los pobres y hambrientos campesinos de Ifni”. No obstante, tiene reservas sobre la capacidad de España, la Segunda República en este caso, a realizar una eficiente obra de colonización a imagen y semejanza de la que desarrolla Francia en la zona y en todo Marruecos. El primer hándicap es el modelo colonizador español que se hereda todavía de América, más caballeresco y procreativo que creador de riqueza al estilo burgués como es el caso de la colonización francesa que alaba en Agadir, viendo “sus magníficos hoteles que nada tienen que envidiar a los mejores de Europa” y considerando “su sentido de la organización y del método, su burocratismo y sus maneras”. La geografía de la zona en su mayoría pobre, árida y sin recursos naturales es otra baza negativa en clave de aprovechamiento económico; no es un potosí, sino un páramo pequeño, esto es “un hueso”, “un pedazo del desierto” y “solo abruptas montañas”. El constante peligro del mar, la inexistencia de fondeaderos seguros y la imposibilidad de construir un puerto por sus altos costes hacen difícil y gravosa en vidas humanas y recursos materiales cualquier comercio exterior, incomunicable la zona con la metrópoli aparte de impedir un abastecimiento fluido necesario para garantizar una vida normal. La arraigada trashumancia de los nómadas por el desierto en busca de pasto para sus ganados constituye otro factor de conflictos con los autóctonos. El desarme previo al paso es una solución esporádica pero no es una garantía de seguridad. A ello se añade, al final, el problema general del Sahara, léase aquí Sahara Occidental, que seguiría siendo otra fuente de peligro y amenaza si no se intentara su colonización a corto plazo y la creación de un corredor español entre ambas zonas a través de la zona francesa del Nun al Dra’a, siempre cuando estuviesen los franceses dispuestos a permitirlo, así como la misma aventura del Sahara. La neutralidad de Chaves Nogales invocada al principio con respecto a la acción colonial se contradice al defender la necesidad de la colonización del Sahara Occidental. En resumen, las conveniencias para la colonización en Ifni son escasas, casi inexistentes, para el autor. Estamos ante una crítica fundacional a la presencia española en Ifni y un tópico que muchos de los posteriores escritos y ficciones sobre Ifni reiterarán hasta la saciedad.

El periodista sevillano tuvo sutiles, graciosas e importantes conversaciones con los notables de la zona en que describe cómo se visten, las casas suntuosas en que viven, los esclavos y subalternos que tienen, la hacienda que poseen y un largo etcétera de anécdotas que no viene a cuento aquí espigar con destalle. Un ejemplo de curiosidad del autor por el mundo autóctono, así como su empatía, acaso admiración del mismo y reconocimiento de sí mismo en él. Del que llama el sultán azul, el famoso nacionalista saharaui, Ma-el Ainin, entrevistado en Cabo Yuby afirma muy positivamente lo siguiente: “Tiene, indudablemente, ese gran señor del desierto, una vasta concepción política, una indiscutible capacidad para la comprensión de las relaciones internacionales, y de estas dotes debe nacer en gran parte el poder espiritual que ejerce sobre millones de hombres del desierto, ante los cuales debe ser un dechado de sabiduría”. Reconoce en él cierta hispanofilia que el mismo entrevistado justifica con la convivencia hispano-musulmana en el al-Ándalus y lo expresa con estas palabras: “Mas fácil es la convivencia de los musulmanes con los españoles que con ningún otro pueblo. La historia dice que muchos siglos hemos estado juntos y que tenemos muchas semejanzas”. Semejanzas que el mismo Chaves Nogales reconoce por su parte en un rico campesino letrado local:

“Si Belaid Nablah u Belaid tiene su casa como los cortijos andaluces, en medio de la llanura y rodeada por los campos de cebada […]. Es un labrador celoso de sus fincas y al cuidado siempre de sus tierras. […] No sé exactamente por qué este Si Belaid me da la impresión de uno de esos labradores de Carmona o Bujalance, amantes del campo y sus faenas, cautos, cazurros, lo bastantes valientes para defender su propiedad cara a cara contra todo linaje de expropiadores, lo indispensablemente letrados para ser un poco picapleitos y ensanchar su heredad a costa de los vecinos más débiles o torpes. No encuentro diferencia sensible entre Si Belaid y cualquiera de esos grandes caciques rurales de Andalucía o Extremadura”.

Esta analogía hispano-andalusí es otro tópico que resucita siempre el imaginario español cuando se enfrenta con Marruecos y lo marroquí en tiempos tanto de guerra como de paz. Hay otras muchas impresiones sobre la idiosincrasia de los Ait Ba’amran. Son de mencionar tres principalmente. La primera es lo bastante parecido que es el moro de Ifni al rifeño. La segunda está relacionada con la situación de la mujer. Según va notando Chaves Nogales, no existen en Ifni estas mujeres odaliscas llenas de sensualidad como las imagina el Occidente, sino figuras escuálidas, escurridizas, siempre envueltas en sus jaiques de tela azul. Las prostitutas les parecían también más horribles a los militares, de ellas se escapaban prefiriendo el tedio y encerrarse en sus tiendas y esperar el último periódico de la metrópoli para distraerse. Ni siquiera había poligamia, por lo que, según el periodista, todo el imaginario sobre el harén y la sensualidad de la mujer musulmana es pura fantasía occidental, mera “literatura” y nada real. La tercera observación es la vocación ineludiblemente democrática del sistema de Jemaa de los autóctonos, considerado como ejemplo de modernidad por dar voz a la mujer y ser encarnación de la soberanía popular. Recojo en su totalidad sus palabras porque no tienen desperdicio:

“Su sistema es bastante curioso. Aquí no hay caídes, impera un régimen perfecto de democracia. Somos nosotros los que llamamos caíd a cualquier moro prestigioso que pueda servirnos. Los Ait Ben Amaran se rigen por un sistema de democracia directa y estricta. En cada poblado gobierna la asamblea o yemaa popular, en la que toman parte no solo los notables, sino todos, absolutamente todos los hombres útiles del poblado. Es más; aunque parezca insólito, también tienen voz y voto en esta asamblea las mujeres viudas que tengan un fusil. He aquí un caso de feminismo triunfante en el corazón de África.

[…] Esa asamblea, que es exactamente un soviet, nombra un representante para el Ait el Arbain, que es como si dijéramos el parlamento. Ahora bien; lo que significa precisamente una superioridad democrática de estas tribus sobre los sistemas democráticos europeos es que aquí el Ait el Arbain, el diputado a cortes, no lo durante un determinado tiempo, sino que concretamente para cada cosa y en cada instante puede ser desautorizado por su yemaa […]. Aquí en los Ait Ben Amaran, en el momento en que el diputado no está siendo un mero ejecutor de la voluntad de sus electores, prescinden de él y le nombran sustituto. El que gobierna efectivamente es el pueblo en todo momento. Todo eso es perfectamente soviético. El pueblo interviene directamente en la gobernación del país y no hay jefes: son simples ejecutores de la voluntad popular”.

El Imperio de arena de Jesús Torbado

El imperio de arena de Jesús Torbado es la novela de Ifni por antonomasia y la mejor de cuantas se escribieron sobre el tema. Lo es, sobre todo, por la reconstrucción histórico-narrativa que se hace tanto de la situación sociopolítica de Ifni en la época colonial y poscolonial como de la Guerra del 58 y de sus consecuencias, y por la representación del sistema colonial implantado en la zona, además de la visión estereotípica de lo marroquí.

Por pruritos de verosimilitud realista, El imperio de arena pone el foco en tres aspectos de diferente orden y bastante determinantes en la ficción. Se insiste sobre la contante incomunicación de Ifni con respecto a la metrópoli, bien a causa del viento y la situación agitada del mar que originaba la suspensión de los vuelos de la compañía Iberia hacia Canarias, las correspondencias y el abastecimiento en alimentos y mercancías, bien por la niebla que hacía lo mismo incluso con más eficacia e impacto. Era situación era tan diaria que se convertía en una “rutinaria adversidad” ante la cual lo único que se debía hacer era “esperar sin impaciencia ni protesta”. La ciudad adquiere, por ello, cierto aire de transitoriedad convirtiéndose en mero lugar de tránsito, en pasaje efímero de meras idas y venidas, partidas y retornos, sin posibilidad de arraigo en ella en perspectiva sedentaria.

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A imagen y semejanza de casi todo el Protectorado, Ifni fue sinónimo de arcadia, especie de paraíso usado por la casta militar para la promoción profesional, el medro personal y social, beneficiando de privilegios que no existían en la misma Península. Con espíritu crítico, propio de un verdadero militar africanista, un personaje amigo de los coroneles Benz y Capaz piensa que Franco “sólo quería a África para correr a caballo y para que le cosieran estrellas en la gorra de plato”. Otro tanto afirma la pro-franquista Elisa Cifuentes dado que el pasado colonial en Ifni fue “época de tiempos felices para todos”, sobre todo para los militares porque ellos convirtieron a la capital de Ait Ba’amran en “un cuartel gigantesco” y su poder llegaba incluso a los recintos extraurbanos: “todo lo que había extramuros era también suyo: esposas, hijos, tiendas, coches, sacerdotes, escuelas”. Fue tan así que quienquiera carecía de vinculación directa con ellos “quedaba forzosamente fuera del círculo y de la gran familia”. El antiguo militar, Mario Briones, probablemente perteneciente a esa otra casta de los africanistas enamorados de África, es más crítico con respecto a esta situación de privilegio de la que gozaban los militares. Según él, Ifni se consideró tan solo, aparte de lugar para reclutar a cambio de una muna modestísima, como “campo de entrenamiento o de ocio para los militares de la Península que querían cobrar doble sueldo… o como medallón de orgullo durante la República”. Argumenta, con igual tono, que la Guerra del 58 no fue una gesta heroica a favor del engrandecimiento de la nación, sino “el punto de partida de una carrera frenética hacia el despilfarro, la megalomanía, la rapiña, la ociosidad y la corrupción. Pero todo por la patria, naturalmente”. Lo que, según su parecer, tenía gravedad “desde el punto de vista nacional y político, no era la paga doble o triple y la cantidad de infelices reclutas que les mandaban por oleadas –y que padecerían un auténtico infierno en aquel paraíso–, sino el gasto público enorme que supuso mantener aquella hermosa bagatela llena de flores, de sol y alegría”.

Esta perspectiva irónico-crítica se mantiene también con igual fuerza por parte de Elisa Cifuentes, respecto a la clara y considerable degradación que la ciudad sufrió después de su retrocesión a Marruecos en 1969. Degradación que se señala con nostalgia, propia de una protagonista que participó en la fundación de la ciudad en los años treinta y vivió con todos sus avatares el consecuente y floreciente desarrollo que conoció Ifni en su época dorada, su belle époque. Su negativa apreciación poscolonial de la ciudad se efectúa en contraste con el glorioso pasado colonial, en virtud de los recuerdos que le atenazan y tiene de la misma, guardados en su memoria.

Los únicos elementos que inspiran en el Ifni bajo soberanía marroquí confianza y tranquilidad los engloba Elisa Cifuentes en tres situaciones: su relación amistosa e íntima, aunque de superioridad, con sus criadas, Fadel y el barbero, su sentimiento de seguridad y el clima benigno. El resto de su visión de Ifni después del abandono es, en general, negativo, fruto, por una parte, de la incertidumbre ontológica que caracteriza su temperamento y de los problemas de herencia con las nuevas autoridades, y por otra, de su vinculación colonialista y sentimiento de superioridad paternalista con respecto a los marroquíes. El centro urbano de la ciudad, lo mejor de la arquitectura colonial, lo contempla con angustia y lamentación porque desde que se fueron los españoles se fue ensuciando a la vez que ruralizándose. Misma dejadez se nota en el aeródromo de aspecto fantasmal, casi en ruinas e infestado por los animales; las calles están invadidas por hombres abúlicos y perezosos, y burros de cabezas raídas, mientras que los muros ostentan grietas en que están adormilados los gatos. Otro tanto hace extensivo al antiguo hospital. Un abandono que siente profundamente la problemática mujer cuando equipara el presente que nada promete y el pasado glorioso de Ifni. Esta comparación la hace con recurrencia: “Pues yo no quiero por nada del mundo parecerme a esta ciudad, que era tan hermosa cuando la regalaron y ahora se desmorona sin remedio”.

El imperio de arena es una novela histórica, recoge por primera vez en las letras españolas el escenario bélico de una guerra olvidada y poco conocida en España: la Guerra de Ifni del 58, llamada también la Guerrita. Desentona por eso de la tradicional narrativa antibélica ambientada en el norte de Marruecos y centrada sobre el Desastre de Anual, aunque comparte paradójicamente con ella el problema de la memoria histórica y la necesidad de una nueva lectura del pasado capaz tanto de poner en evidencia la amnesia oficial como de cuestionar el discurso colonial que el africanismo militar y franquista sostuvo a la sazón sobre la presencia de España en lares africanos.

El personaje Lalo se erige en paradigma del discurso histórico en la ficción. El primer viaje que hizo para preparar un informe sobre la única española que se quedó en la capital de Ait Ba’amran fue el punto de partida para una labor de investigación histórico-ideológica sobre los avatares del “fracaso de Ifni”. Lo comenzó “leyendo muchas cosas sobre aquello”, o sea, “libros y el testimonio de algunos actores y espectadores del drama”. Fue llevado por una especie de “curiosidad morbosa por lo sucedido” y actuó, por consecuencia, “como pesquisidor del pasado, observador de tristezas ajenas, espía voluntarioso”. Estas últimas palabras implican cierta preocupación por la memoria histórica al mismo tiempo que por la suerte trágica de los que participaron en la guerra, en particular, los pobres militares jóvenes que venían “directamente de su casa del pueblo, sin haber visto mundo, los arrancaban de las faldas de mamá como a las pulgas y aquí, en los cuarteles, los zurraban de lo lindo”. En un diálogo con su madre sobre esta cuestión pone énfasis sobre el drama que supuso para los jóvenes reclutas, el despilfarro del erario y el olvido en que se quiso envolver la magnitud de la derrota porque de saberse en su momento podría haber tenido la dimensión del Desastre de Anual.

Más tarde, va profundizando sobre estos aspectos poniendo de manifiesto la paradoja del discurso propagandístico colonial que, al tiempo que no se cansaba de defender la hispanidad de Ifni y del Sahara, era indiferente a la suerte tanto de la población de Ifni como de los soldados que estaban asediados por parte de un enemigo que tenía todas las de ganar: espíritu guerrero, armas sofisticadas y ventajas del territorio, etc. Indiferencia, sobre todo, a la precariedad vital y logística en que se hallaban los jóvenes reclutas y a la nueva realidad que se estaba dando en la ciudad, provocada por las reivindicaciones nacionalistas de Marruecos, pero también por el no poco empeño de la superioridad militar en beneficiarse al máximo de la situación de guerra en términos materiales.

En el capítulo duodécimo en que se describe el transcurso de los acontecimientos bélicos se subraya esta paradójica situación que se resume en la entrega de la superioridad militar a los placeres y distracción al mismo tiempo en que los demás militares, los legionarios, luchaban para sobrevivir con una logística militar escasa y arcaica. Una realidad que se contrasta con la preparación de los enemigos en armas y organización militar, y la correspondiente impunidad con que desarrollaban sus hostilidades con el beneplácito de las mismas autoridades en clara traición de su misión de defender la hispanidad y la seguridad de la ciudad. El grado más alto de traición nacional y de irresponsabilidad política estriba en que el mismo régimen franquista se negaba a aceptar desde Madrid y Canarias “de que fuera posible una invasión auténtica a la apacible colonia”. En el momento en que daba asimismo por inexistente el problema o la guerra sin atisbos de reconocer su derrota al verse restringida su presencia al perímetro urbano de la ciudad de Ifni, iba enalteciendo a los indefensos soldados sitiados en los frentes hablando de las heroicidades que llevaban a cabo en la batalla, todas ellas falsas, inexistentes y retóricas por supuesto, en la defensa de la patria y del honor nacional.

La indiferencia de la superioridad militar al transcurso trágico de los acontecimientos bélicos se complementa también desde Madrid, léase el poder central franquista, con un premeditado proceso de desinformación que tendía a silenciar las muertes que se originaban, así como los ecos negativos que se daban de la contienda, poco ventajosos para el discurso colonial que seguía pregonando los destinos manifiestos y el porvenir imperial. Realidad esta que se subraya con persistencia y claridad en el texto narrativo expresando la labor censuradora de los mandos militares y cómo los medios de comunicación, periódicos y televisiones, no se hacían eco del conflicto, como si Ifni y su guerra no existiesen de verdad.

No otra finalidad tenía la novela que la de rescatar del olvido, no sin poner de manifiesto la paradójica hipocresía del sistema colonial, la tragedia que supuso la Guerra del 58 y, en particular, el anonimato de los muertos que dieron su vida por un trozo de tierra inútil y los sufrimientos vividos por la población en el asedio de la ciudad durante la contienda que se compara con “el cerco de Zamora, el asedio a Granada, la toma de Jerusalén, la caída de Constantinopla”. La razón de la reconstrucción histórica del pasado español en Ifni era esa necesidad vital que albergaba el protagonista por recuperar la memoria anónima, poner de manifiesto la intrahistoria trágica vivida tanto por los soldados como por la población, y cuestionar, a la postre, el mismo discurso colonial.

La deconstrucción del discurso colonial no tiene cariz anticolonial, como lo fue en su momento en Imán y El blocao de Sender y Díaz Fernández respetivamente. La distancia en el tiempo y la no vivencia in situ de la guerra por parte de Jesús Torbado orientan el planteamiento hacia una percepción de naturaleza humana de denuncia de la absurdidad de la presencia colonial en un espacio inhóspito como Ifni, escaso en riquezas naturales, ineficaz en clave estratégica y costoso en mantener. Absurdidad agudizada por la perseverante retórica oficial por defender tal discurso imperial a bombo y platillos. El título de la novela El imperio de arena es de por sí muy significativo: la incoherencia de asociar el imperio, el sinónimo de grandeza, con la arena, la aridez, la soledad, la ingravidez y el calor interminable. Un gran imperio “como el que se había perdido en América, pero construido sobre tierras miserables, sobre un vacío lleno de calor y sobre rebaños de camellos altísimos y de chivas escuálidas que comían aceitunas verdes y cagaban luego los huesos, los cuales iban recogiendo detrás los pastores para cascarlos, exprimir las semillas y sacar aceite de ellas…”. Elisa Cifuentes lo afirma de otro modo en una de sus cartas, “un imperio de arena y de matorrales inútiles, que sirven tan sólo para albergar a los enemigos”.

La percepción que nos ofrece de la alteridad marroquí carece de empatía y es bastante superficial. Es decir, anda por caminos trillados porque reproduce los tópicos y los lugares comunes que, desde muchísimo tiempo, ha venido vehiculando la tradición peninsular sobre el norte de África. Aparte de ser, por lo general, negativa con tintes a veces peyorativos, cae en la estereotipia y la generalización al asociar con cierto automatismo lo marroquí con una cáfila de comportamientos o calificativos atributivos nada agradables: la trapacería y la mentira, la traición y la hipocresía, la picaresca y el engaño timador, el atraso, el primitivismo y la desorganización, la abulia y la ociosidad, la suciedad, la droga y su tráfico, la superstición, la violencia y la insensibilidad al dolor ajeno, la poligamia, el machismo, la apostasía y la infidelidad y un largo etcétera. Hay una apología cero de la diversidad y de la memoria común hispano-marroquí.

La hermandad pregonada por el régimen de Franco y recogida alguna que otra vez en El imperio de arena es objeto de sorna y desconstrucción política. En opinión del narrador, tal ideario no cuajaba in situ contemplando el temperamento guerrero, belicista y expansionista que demostraban los marroquíes de Ait Ba’amran en su lucha, primero, antiespañola en Ifni, y después, en contra del independentismo del Polisario en el Sáhara. El marroquí que era en muchas de las narraciones del Protectorado, así como en el discurso oficial sinónimo de moro amigo o hermano se sustituye en la novela, al igual que en toda narrativa escrita sobre el Sahara y Ifni después de la Marcha Verde de 1975, en moro malo, en el enemigo, en definitiva.

Otra impronta imagológica estriba en situar a los marroquíes fuera del discurrir histórico. Les quita protagonismo y se adscriben a la subalternidad. Muchos de ellos, casi la mayoría, no son sujetos de la historia sino objetos de la misma; se someten al anonimato y no detentan poder ni poseen suficiente y eficiente capacidad para incidir en el transcurso de la acción estando siempre dependientes de los españoles. Es la situación de las numerosas fátimas que atendían continuamente a Elisa Cifuentes y por extensión de la población civil y militar, simples vendedores ambulantes de huevos, alheña y demás baratijas o vendedores anónimos de los zocos intramuros o extramuros, guardas o conserjes y porteadores de pasajeros que trasladaban los viajeros de la mar a la costa a nado o a lomo de burros, etc.

Esta percepción ahistórica tiene que ver con la incapacidad de los españoles a entender por qué los autóctonos se rebelaron de improviso y con las armas en la mano contra España mientras vivían bajo su poder muy contentos. No es una supuesta muestra de ingenuidad, sino un índice profundo del atavismo español que vincula ad eternum los marroquíes a la abulia, o sea, a estar fuera del devenir ideológico y como si la ocupación colonial fuese un hecho consumado con que habría que condescender resignadamente y no fruto de una experiencia histórica injusta que debería tener reparación en nombre de la libertad y del derecho a la autodeterminación. Por eso, la Guerra del 58 les parecía a los españoles como una “guerra repentina extraña”, y que la resistencia nacionalista dependiente del Ejército de Liberación no era más que un contingente de meras bandas descontroladas de terroristas, conspiradores contra la autoridad y simples títeres de los americanos y los franceses y, de modo oficioso, del sultán de Marruecos.

Otra invención fantasiosa es la de que los ba’amranis no eran marroquíes porque, por un lado, eran como saharauis en el sentido independentista, y por otro, unos irredentos históricos luchando siempre contra el poder del Sultán y de Marruecos. Otra estereotipación de índole esta vez ideológica y política, acaso étnica, que desconoce la vocación africana de Marruecos y las arraigadas vinculaciones de parentesco étnico, social, antropológico y lingüístico entre las actuales tribus de Ait Ba’amran y de Sus, en general, con el Sahara y su configuración tribal.

Conclusión

Sobre el Ifni colonial hay una inmensa bibliografía española, todavía poco consultada, analizada y estudiada en Marruecos. Hay asimismo una significativa literatura al respecto, nada comparable con la escasa, casi inexistente, producción escrita en francés, árabe y amazigh. Ifni, la última aventura colonial española de Manuel Chaves Nogales y El Imperio de arena de Jesús Torbado son obras paradigmáticas, muy literarias en clave estética y sobre todo muy trascendentales en perspectiva histórica y cultural porque recogen a través de la ficción narrativa y la crónica periodística los avatares de la ocupación de Ifni, su evolución en la época colonial, la historia de la Guerra del 58 y la convivencia entre marroquíes y españoles. Se hacen eco, en definitiva, de una parte de nuestra historia local lo cual no solamente hacen necesarias su lectura y traducción al árabe o amazigh, sino imprescindibles.

Dr. Mohamed Abrighach

*Hispanita y escritor.

 

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