Rue20 Español/Rabat
Desde Bagdad, el Rey Mohamed VI, en un discurso leído por su ministro de Exteriores Nasser Bourita, ofreció una visión política firme, coherente y profundamente comprometida con la causa palestina y con los desafíos estructurales del mundo árabe. Marruecos habló con claridad, sin ambigüedades, y propuso un camino basado en el respeto del derecho internacional, la defensa de la soberanía, la dignidad de los pueblos y la construcción de una cooperación árabe seria y realista.
El núcleo del mensaje fue la situación en Palestina. El monarca denunció que en Gaza y Cisjordania “la población civil sin defensa cuenta cada día decenas de víctimas”, subrayando que “son violadas gravemente las normas universales, el derecho internacional humanitario y los derechos humanos”. Marruecos, dijo el Rey, no se limita a constatar, sino que propone medidas concretas para “salir de esta impasse”, entre ellas “el cese inmediato de las operaciones militares”, “la reanudación de las negociaciones para restablecer la tregua” y “la entrega sin trabas de ayuda humanitaria, especialmente alimentos y material médico”.
Desde su calidad de presidente del Comité Al-Qods, reafirmó su implicación directa en la defensa de Jerusalén. “Seguiremos defendiendo los lugares sagrados, en primer lugar Al-Qods Acharif”, afirmó el monarca, destacando el trabajo de la Agencia Bayt Mal Al-Qods como ejemplo de acción sobre el terreno para “salvaguardar la identidad cultural y espiritual de la Ciudad santa” y “mejorar las condiciones de vida de la población maqdisí para ayudarla a resistir”.
Pero el discurso fue más allá de Palestina. En una clara advertencia a los regímenes que apoyan agendas separatistas, el Rey dejó claro que “la acción árabe conjunta solo será eficaz si se culmina la reforma de nuestra Organización”, y si se respeta la soberanía de los Estados, rechazando “la injerencia en los asuntos internos ajenos” y el hecho de “acoger movimientos separatistas, caducos y fuera de la historia”.
El monarca también reafirmó la vocación mediadora de Marruecos en los conflictos regionales, especialmente en Libia, Siria, Sudán y Yemen. En un gesto político significativo, anunció: “el Reino del Marruecos ha decidido la reapertura de su embajada en Damasco, cerrada en 2012”, medida que refuerza el respaldo al pueblo sirio “en su búsqueda de libertad, seguridad y estabilidad”, así como el compromiso con “la soberanía nacional y la integridad territorial de Siria”.
En el plano económico, el diagnóstico fue claro y sin adornos: “la región árabe registró en 2024 un modesto crecimiento de menos del 1,9%”, con “bajo nivel de integración” y un “déficit de competitividad”. La propuesta marroquí es pragmática: “invertir en energías renovables, inteligencia artificial y nuevas tecnologías” como motores de una transición hacia “modelos económicos verdes y sostenibles”. El Rey lamentó que “la Unión del Magreb Árabe no cumpla su papel natural de motor de desarrollo”, al no garantizar siquiera la libre circulación de personas y bienes entre sus cinco miembros.
La lectura política es nítida. Marruecos no actúa como un simple observador, ni repite eslóganes panarabistas sin contenido. Su voz es coherente, sus principios firmes, y su enfoque, realista. Frente al caos, Marruecos ofrece orden. Frente a la fragmentación, integración. Frente al populismo vacío, propuestas operativas.
“El Reino de Marruecos no escatimará esfuerzo alguno para erradicar toda forma de división”, dijo el monarca. Pero dejó claro también que este esfuerzo solo será útil si se respeta la legalidad, la soberanía de los Estados y se excluyen los actores artificiales de la escena regional.
El discurso del Rey Mohamed VI en Bagdad es un ejercicio de diplomacia con contenido. Marruecos propone una hoja de ruta para la dignidad árabe: una vía de desarrollo económico compartido, paz negociada, respeto entre Estados y defensa activa de las causas justas, como la palestina. El mensaje está dado. Ahora, la pelota está en el campo de los Estados árabes.
