Por :Adil OURABAI, director general de Rue 20
Algunos sectores en Marruecos siguen atrapados en una mentalidad de aislamiento que ya no tiene cabida en el mundo moderno. Son los que yo llamo “mentes cuadradas”, aquellos que, sin haber pisado nunca un aeropuerto extranjero ni observado el mundo más allá de sus propias calles, pretenden dictar cómo debe relacionarse Marruecos con el resto del planeta.
Durante la última Nochevieja, mientras aterrizaba en Dubái con un vuelo de la Royal Air Maroc, vi una aeronave de una aerolínea israelí estacionada en la pista. Nadie entre los emiratíes o los pasajeros reaccionó con estupor, indignación ni teatralidad. Lo mismo ocurre en El Cairo, donde los aviones israelíes entran y salen diariamente sin que ello provoque titulares ni fatwas de condena.
Pero en Marruecos, el simple avistamiento de una bandera en Agadir puede desatar histerias colectivas, indignaciones prefabricadas y discursos incendiarios. Imagino la reacción si las aerolíneas israelíes aún volaran al país: no faltaría quien llamara a incendiar el aeropuerto de Casablanca. Los mismos que se rasgan las vestiduras al ver un símbolo extranjero en territorio marroquí parecen ignorar que en el resto del mundo árabe —incluidos los países fronterizos con Palestina— la realidad es muy distinta.
¿Por qué algunos quieren que Marruecos sea más palestino que los propios palestinos? ¿Por qué se exige a los marroquíes un nivel de indignación que no se ve en Egipto, Emiratos, Arabia Saudita, Qatar, Jordania, Líbano o incluso Siria? La respuesta es simple: porque para las mentes cuadradas, Marruecos debe ser una isla ideológica, atrapada en una postura rígida que ignora las realidades de la geopolítica.
Esta obsesión con la pureza ideológica es infantil e hipócrita. Se indignan por un avión, pero no dejan de usar tecnología, productos y redes que provienen de los mismos países que rechazan. Rechazan la normalización, pero disfrutan de sus beneficios cuando les conviene. Critican la apertura diplomática, pero son los primeros en depender de los vínculos comerciales que esta genera.
Marruecos no es una isla ni puede permitirse serlo. Su política exterior no puede basarse en los delirios de quienes nunca han salido de su barrio. Se basa en intereses nacionales, en estrategias pragmáticas y en la necesidad de navegar un mundo donde la rigidez ideológica es un pasaporte al estancamiento.
Las mentes cuadradas seguirán en su burbuja, viendo el mundo a través de una ventana empañada por sus dogmas. Marruecos, en cambio, seguirá avanzando, construyendo su futuro con la mirada puesta en la realidad, no en la nostalgia de quienes se quedaron atrapados en un tiempo que ya no existe.
