Rue20 Español/Rabat
La trayectoria profesional de Ignacio Cembrero, periodista español que ha hecho de la crítica a Marruecos su seña de identidad, plantea interrogantes que trascienden el debate y la deontología periodística. Especializado en asuntos del norte de África y señalado como uno de los impulsores de los informes de Forbidden Stories contra el Reino, su historial personal revela contradicciones notables entre la imagen de «periodista independiente» que proyecta y unas prácticas que, según coinciden diversas fuentes, estarían marcadas por la controversia ética y profesional.
La primera de estas sombras se proyecta sobre la gestión de la traducción del libro Diario de un príncipe desterrado, del príncipe Moulay Hicham. Según la información disponible, Cembrero habría utilizado a su hija, Elsa María Cembrero, recién graduada en la Universidad Pompeu Fabra en 2013, como intermediaria para obtener este contrato. Documentos filtrados apuntan a que fue el propio periodista quien dirigió las negociaciones, eludiendo de este modo obligaciones fiscales y posibles conflictos con su entonces empleador, El Mundo, tras su salida de El País.
Lo más llamativo es que, con la colaboración de un periodista marroquí —conocido por su relación con el príncipe—, se habría fijado una tarifa de traducción cinco veces superior a los precios habituales en el mercado editorial. Los pagos, canalizados a través de Estados Unidos hacia una cuenta bancaria en Granada, despertaron, siempre según estas fuentes, sospechas en el ámbito internacional.
Más allá de las irregularidades financieras, el expediente personal de Cembrero contiene un episodio que invita a la reflexión. El 6 de junio de 2005, ante la oficina de documentación judicial del Tribunal de Primera Instancia de El Aaiún, Ignacio Cembrero declaró abandonar el cristianismo y convertirse al islam, adoptando el nombre de Abdelhak Cembrero Vázquez. Su esposa siguió el mismo procedimiento, adoptando el nombre de Sara.
La conversión, según fuentes coincidentes, no respondió a una convicción religiosa sino a una estrategia legal para sortear el sistema de kafala marroquí y adoptar a una niña. La legislación marroquí exige que los menores acogidos mediante este sistema sean educados conforme a los principios del islam. Sin embargo, posteriormente, Abdelhak Cembrero habría intentado que la menor abandonara el islam y abrazara el cristianismo, lo que constituiría una vulneración de las condiciones de la kafala.
La presunta hostilidad de Cembrero hacia Marruecos y sus reiteradas críticas a las instituciones del país no responderían, según esta versión, a motivos periodísticos ni a la búsqueda de la verdad, sino a un sentimiento de revancha. Tras la actuación de las autoridades marroquíes, que habrían frustrado sus supuestas maniobras financieras y legales, el periodista habría transformado su labor en un instrumento para ajustar cuentas personales.
Esta tesis cobra fuerza al constatar que Cembrero ha sido llevado en cuatro ocasiones a los tribunales por Marruecos, todas ellas archivadas. Lejos de ser un periodista independiente, actúa —según estas fuentes— como un canal de agendas extranjeras hostiles al Reino, alineado con narrativas que sacrifican la verdad en el altar de la ideología.
Marruecos, que ha demostrado sobradamente su capacidad para defender sus intereses en los foros internacionales, no necesita de la pluma de “expertos en el Magreb” para construir su relato. Lo que el Reino exige es respeto a sus instituciones, a su soberanía y a su identidad. Cembrero, atrapado en sus propias contradicciones y en un presunto pasado de maniobras fraudulentas, ha hecho de su obsesión por Marruecos su único argumento. Pero el tiempo, como suele ocurrir, pone a cada uno en su lugar. Y la verdad, por más que algunos intenten ocultarla, siempre acaba imponiéndose.
