Una iniciativa patriótica: Cuando el éxito privado se convierte en legado nacional

 

Rue20 Español/Ciudad de México

Moisés Amselem Elbaz*

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El contexto de una oportunidad

Recientemente, el estudio de la firma Affinytix ponía de relieve una paradoja: Marruecos acumula logros diplomáticos, económicos e infraestructurales, pero aún lucha por imponer una narrativa internacional a la altura de sus ambiciones. El análisis señalaba que el Reino sufre menos un déficit de resultados que un déficit de relato. Y añadía una clave esencial: «la imagen de un país no puede prosperar de forma sostenible si no está respaldada por resultados tangibles, perceptibles y reconocidos por su propia población».

Ahí reside precisamente la oportunidad que aquí se plantea. Una oportunidad que no nace del Estado, sino del corazón de la sociedad civil y, más concretamente, de quienes han cosechado los frutos de la estabilidad y el crecimiento que Marruecos ha sabido construir, tanto dentro como fuera de sus fronteras.

El lugar legítimo de las grandes fortunas, dentro y fuera del país

Es justo reconocerlo: las grandes fortunas marroquíes no son fruto del azar. Son el resultado de décadas de trabajo, visión empresarial y, también, de un entorno favorable: un país estable, unas instituciones sólidas, un liderazgo inspirador en la figura de Su Majestad el Rey Mohammed VI, y una economía que ha sabido abrirse al mundo sin perder su identidad.

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Estos empresarios y familias han contribuido silenciosamente al desarrollo nacional: generando empleo, invirtiendo en sectores estratégicos, proyectando Marruecos más allá de sus fronteras. Su éxito es, en buena medida, el éxito de todos. Y nadie puede cuestionar la legitimidad de su patrimonio, construido con esfuerzo y talento.

Pero hay un colectivo que merece una mención especial: los empresarios marroquíes de la diáspora. Desde Europa, América, África y Oriente Medio, miles de marroquíes han construido imperios comerciales, industriales y financieros sin perder nunca el vínculo con su tierra de origen. Muchos de ellos mantienen inversiones en Marruecos, participan en redes de negocio y, sobre todo, conservan un profundo sentimiento patriótico. Su amor por Marruecos no se ha diluido con la distancia; al contrario, la lejanía ha fortalecido su deseo de contribuir al desarrollo del país que los vio nacer.

Incluir a la diáspora en esta iniciativa no solo es justo, sino estratégico. Los marroquíes en el extranjero representan un capital humano, económico y emocional inmenso. Su participación en un fondo voluntario para el desarrollo social sería un mensaje poderoso: el patriotismo no entiende de fronteras.

La propuesta: Un fondo anual y permanente para el desarrollo social

Imaginemos un gesto que no nace de la imposición, sino de la convicción. Un grupo de grandes empresarios marroquíes, tanto residentes como de la diáspora, movidos por el amor a su tierra, el respeto a sus raíces y la lealtad a su Rey, decide dar un paso adelante. Se reúnen, reflexionan y acuerdan crear una Fundación Nacional para el Desarrollo Social, financiada con una contribución voluntaria y anual equivalente al 10% de sus beneficios o del incremento patrimonial de cada ejercicio.

Si tomamos como referencia las grandes fortunas del país y de los marroquíes en el extranjero, esta aportación recurrente generaría aproximadamente 3.000 millones de euros cada año. Una cantidad que, bien gestionada con transparencia y eficacia, podría transformar de forma sostenible sectores clave: educación en zonas rurales, sanidad de proximidad, formación profesional para jóvenes, vivienda digna, apoyo al emprendimiento y programas de empleo.

Y lo haría sin coerciones, sin fiscalidad adicional, sin confrontación. Simplemente, desde la grandeza de quienes entienden que el éxito individual se completa cuando se comparte cada año con la comunidad que lo hizo posible.

Un gesto que habla al mundo

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El estudio de Affinytix subraya la necesidad de que Marruecos pase de una lógica de comunicación a una lógica de influencia. Una iniciativa como esta sería, por sí misma, un relato poderoso. Los titulares internacionales no tardarían en recogerlo:

«Las grandes fortunas marroquíes, dentro y fuera del país, aportan voluntariamente 3.000 millones de euros cada año para financiar planes sociales: un ejemplo de patriotismo y responsabilidad».

Esa narrativa no se improvisa: se construye con hechos. Y este hecho tendría un impacto doble: por un lado, mejoraría tangiblemente la vida de miles de marroquíes cada año; por otro, proyectaría una imagen de país cohesionado, donde la élite económica y la sociedad caminan juntas, sin importar dónde residan.

Además, encajaría perfectamente con la visión de Su Majestad el Rey, que siempre ha impulsado la solidaridad como pilar del modelo marroquí. La Iniciativa Nacional para el Desarrollo Humano (INDH) o las numerosas fundaciones reales son prueba de ello. Una iniciativa privada que se suma a ese esfuerzo, y que además integra a la diáspora, sería recibida como un acto de lealtad y corresponsabilidad sin precedentes.

Cómo materializarlo: El camino del respeto

Para que esta idea germine, el camino debe ser el adecuado:

1. Núcleo promotor: Un grupo reducido de empresarios de reconocido prestigio, tanto residentes como de la diáspora, que compartan la visión y estén dispuestos a dar el primer paso.

2. Manifiesto de principios: Un documento breve donde expresen su gratitud al país, su compromiso con el desarrollo social y su propuesta de crear la fundación con aportaciones anuales, mencionando explícitamente la inclusión de los marroquíes en el extranjero.

3. Audiencia real: Presentar la iniciativa a Su Majestad el Rey, no como una petición, sino como un ofrecimiento. Un gesto que honra el liderazgo de la Corona y busca su bendición.

4. Efecto multiplicador: Una vez que el proyecto cuente con el respaldo real, otros empresarios, tanto nacionales como de la diáspora, se sumarían, convirtiendo la iniciativa en un movimiento nacional y transnacional.

Este proceso garantiza que el protagonismo recaiga en quienes libremente deciden contribuir, y que el reconocimiento público sea proporcional a su generosidad. No hay aquí crítica ni presión: solo admiración por quienes entienden que la verdadera grandeza está en dar, año tras año.

Corolario: Una historia que merece ser contada

Marruecos avanza. Sus infraestructuras, su diplomacia, su economía lo demuestran. Pero el mundo no solo mira los datos: mira las historias. Y la historia de unas grandes fortunas —dentro y fuera del país— que, por patriotismo y amor a su tierra, deciden compartir cada año una parte de lo que han construido, es una historia que merece ser contada.

No es utopía. Es la constatación de que en Marruecos y en su diáspora existe un capital moral tan valioso como el financiero. Solo necesita ser canalizado. Y quienes tienen la oportunidad de hacerlo —los primeros empresarios del país y aquellos que, desde la distancia, nunca han dejado de ser marroquíes— pueden escribir una página inolvidable en la historia nacional.

Porque, al final, el mayor legado no es la fortuna que se acumula, sino la huella que se deja, cada año, en quienes vienen detrás.

*Colaborador.

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