Rue20 Español/Rabat
Que el fútbol es un espejo de las relaciones entre naciones es un lugar común que el Mundial de 2026 vuelve a confirmar. Pero, a diferencia de otros episodios, esta vez el reflejo no está en el césped, sino en la pantalla de televisión de un país vecino.
Mientras la selección marroquí certificaba matemáticamente su pase a los dieciseisavos de final tras una remontada épica ante Haití (4-2), el mundo del fútbol aplaudía. No era para menos: los Leones del Atlas sumaban siete puntos de nueve posibles, con un empate ante Brasil que vale oro y una solidez táctica que ya no sorprende a nadie, porque se ha convertido en seña de identidad.
En todo el mundo, los elogios son unánimes. Incluso la prensa británica, tan dada al escepticismo, ha rendido pleitesía a la disciplina de un equipo que ya no pide permiso en el concierto de las grandes potencias.
Pero en Argel, al otro lado de la frontera, ocurrió algo curioso. La televisión pública argelina, en su informativo de máxima audiencia del pasado jueves, desgranó meticulosamente los resultados de la jornada mundialista. Todos, salvo uno. El marcador del partido de Marruecos, decisivo para la clasificación, brilló por su ausencia. Como si el 4-2 ante Haití nunca hubiera existido. Como si los goles de Saibari y sus compañeros hubieran sido marcados en un vacío informativo.
Quienes siguen el fútbol magrebí con cierta perspectiva recordarán que no es la primera vez. Durante el Mundial de Qatar 2022, mientras Marruecos escribía páginas históricas ante Bélgica, España y Portugal, la misma televisión argelina practicaba el mismo ejercicio de omisión selectiva. Aquel silencio se rompió solo una vez: cuando la gesta marroquí fue tan mayúscula que resultaba imposible ignorarla. Fue entonces, tras la victoria ante Portugal, cuando el resultado apareció en pantalla. Ironías del destino: días después, el director general de la televisión pública argelina fue destituido. Casualidad o no, el mensaje para los profesionales del medio quedó grabado a fuego.
Hay quien dirá que se trata de un simple descuido, de una errata en la escaleta del informativo. Pero cuando el patrón se repite, cuando la omisión es sistemática y afecta siempre al mismo país, el descuido deja de serlo para convertirse en elección.
Esa elección revela mucho más de lo que oculta. Revela una incomodidad, una dificultad para digerir lo que ocurre al otro lado de la frontera. Revela, sobre todo, que el éxito del vecino se vive como una afrenta, no como un estímulo.
Porque el fútbol, en su esencia más pura, debería ser un terreno de encuentro. Un espacio donde las diferencias políticas quedan en suspenso durante noventa minutos para dar paso a la emoción compartida. Pero cuando un medio de comunicación público decide borrar de su mapa informativo a un país vecino, lo que está haciendo es construir una geografía paralela, una realidad editada donde solo existen los resultados que convienen.
El problema, para quienes practican este ejercicio de miopía selectiva, es que el fútbol tiene memoria y el mundo tiene ojos. Los goles de Marruecos se ven en todos los continentes. Sus jugadas de estrategia se analizan en las escuelas de entrenadores de Europa. Su portero ataja en las portadas de los periódicos deportivos de América Latina. Difícilmente un silencio televisivo puede competir con el ruido global de un equipo que ha dejado de ser una revelación para convertirse en una certeza.
Marruecos ha entendido algo que trasciende el fútbol: que el reconocimiento no se mendiga, se conquista. Y lo ha hecho sobre el terreno de juego, con un juego valiente, con una identidad propia, con la capacidad de mirar de igual a igual a selecciones que hasta hace poco parecían inalcanzables. Ese logro no se borra con el mero recurso de apagar un micrófono o saltarse una línea en un teleprompter.
Al final, la paradoja es evidente: mientras unos intentan invisibilizar, el resto del mundo visibiliza. Mientras unos miran hacia otro lado, las cámaras del mundo entero enfocan hacia el mismo punto. Porque el fútbol, afortunadamente, no entiende de censuras ni de fronteras invisibles. Y los goles, por mucho que algunos quieran silenciarlos, siempre acaban encontrando la manera de celebrarse.
