El Mundial 2030 y la mirada sesgada de la prensa española sobre Marruecos

 

Rue20 Español/ Fez

Meryem Ghoua

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Hay debates que, por repetición, dejan de ser debates para convertirse en reflejos. Y el tratamiento mediático de la candidatura marroquí a la final del Mundial 2030 empieza a encajar peligrosamente en esa categoría: una narración en bucle, siempre reconstruida desde el mismo ángulo, con los mismos códigos, los mismos atajos argumentativos.

No es el desacuerdo lo que cansa. Es la incapacidad de renovar la mirada. En una parte de la prensa española, la discusión parece haberse fijado en un esquema casi automático: comparación constante, jerarquización implícita, y una conclusión que ya se adivina antes de empezar a leer.

Pero el problema de los relatos demasiado cerrados es que acaban ignorando lo que ocurre fuera del encuadre.

Porque mientras se escrutan infraestructuras, candidaturas y capacidades organizativas al sur del Mediterráneo, hay realidades mucho más incómodas que se desarrollan dentro del propio fútbol español. Y no en los márgenes, sino en el corazón de las gradas.

Los episodios de cánticos discriminatorios en estadios españoles, repetidos en distintos contextos y competiciones, han vuelto a situar sobre la mesa una cuestión que no es menor. No se trata de anécdotas aisladas ni de incidentes sin continuidad. Se trata de expresiones que se repiten, que circulan, que se normalizan en determinados espacios del fútbol de masas.

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Y en ese contraste se abre una grieta difícil de ignorar: la facilidad con la que algunos discursos exteriores son examinados con lupa, mientras ciertos comportamientos internos son relativizados, minimizados o directamente disueltos en el ruido habitual del espectáculo.

El resultado es una asimetría evidente en el tratamiento del problema. Se exige perfección al otro mientras se administra la propia complejidad como si fuera un detalle secundario. Se cuestiona la capacidad de organización ajena mientras se convive con dinámicas internas que también interpelan a las instituciones deportivas.

En ese contexto, el debate sobre el Mundial 2030 pierde profundidad cuando se convierte en un ejercicio de comparación selectiva. Porque la cuestión ya no es únicamente quién está más preparado, sino desde qué posición se está evaluando esa preparación.

El fútbol europeo, y en particular el español, ha construido durante años una narrativa de excelencia organizativa y madurez estructural. Una narrativa que, en términos generales, tiene fundamentos sólidos. Pero esa solidez no puede funcionar como blindaje absoluto frente a sus propias contradicciones.

El Mundial 2030, por su propia naturaleza, debería escapar de estas lógicas de confrontación simbólica. No es un pulso entre países, ni una competición de prestigios cruzados. Es un proyecto compartido, que exige una lectura menos tribal y más estructural.

Sin embargo, parte del discurso mediático insiste en reintroducir una lógica de comparación permanente, como si el evento pudiera reducirse a una jerarquía entre candidaturas enfrentadas.

En ese marco, Marruecos aparece con frecuencia no como socio de un proyecto común, sino como objeto recurrente de evaluación, duda o sospecha.

Mientras tanto, el foco se desplaza con dificultad hacia lo esencial: la coherencia global del fútbol europeo consigo mismo. La forma en que gestiona sus propias tensiones sociales, la manera en que responde a los comportamientos de sus gradas, y la capacidad real de afrontar fenómenos que no desaparecen con el silencio.

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Porque quizá el verdadero punto ciego del debate no esté en la capacidad de un país para acoger una final. Sino en la facilidad con la que se desplaza la atención hacia fuera para evitar ciertas preguntas hacia dentro.

El Mundial 2030, en última instancia, no debería ser una excusa para repetir argumentos conocidos, sino una oportunidad para replantearlos. Y eso implica abandonar la comodidad del relato circular.

No se trata de invertir acusaciones ni de construir simetrías forzadas. Se trata de aceptar que el fútbol contemporáneo, en todas sus geografías, está atravesado por tensiones que no se resuelven con comparaciones selectivas.

Quizá por eso el verdadero malestar no esté donde algunos lo buscan sistemáticamente. Sino en aquello que, estando tan cerca, se sigue observando demasiado poco.

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