Rue20 Español/Madrid
Fátima Zohra Farati Hajar*
Los cánticos islamófobos escuchados durante el partido entre la Selección de fútbol de España y la Selección de fútbol de Egipto en el RCDE Stadium no son un simple incidente aislado en una noche de fútbol. Son el reflejo incómodo de que el racismo y la islamofobia todavía encuentran espacio incluso en escenarios que deberían representar lo mejor de la convivencia.
Como española de origen marroquí, musulmana y defensora de los derechos humanos, no puedo observar estos hechos con indiferencia. El fútbol tiene la extraordinaria capacidad de unir a millones de personas en torno a una misma emoción. Pero cuando desde las gradas se corean consignas que atacan a una religión o a una comunidad, esa emoción colectiva se convierte en una herida en los valores de respeto y dignidad que deberían sostener nuestras sociedades.
Hay además una contradicción evidente que merece ser señalada. Mientras algunos aficionados lanzaban consignas contra los musulmanes, olvidaban que la propia selección española ha contado y cuenta con jugadores musulmanes que han contribuido con talento, esfuerzo y goles a su historia reciente. Futbolistas como Adama Traoré o el joven talento Lamine Yamal forman parte de esa realidad diversa que hoy define al fútbol español.
Cuando el balón entra en la portería, nadie pregunta por la religión del jugador. Los goles se celebran con abrazos, con orgullo y con banderas ondeando en las gradas. En ese instante desaparecen las diferencias que algunos intentan convertir en motivo de exclusión.
Por eso resulta tan preocupante que todavía haya quienes utilicen el fútbol como altavoz para el prejuicio. No se trata únicamente de una falta de respeto hacia los musulmanes. Se trata de una negación de la propia diversidad que forma parte de la sociedad española contemporánea.
España es hoy una sociedad plural, formada por personas de diferentes orígenes, culturas y creencias. Esa diversidad no debilita a un país; al contrario, lo enriquece. El deporte lo demuestra cada semana: equipos formados por jugadores de distintas raíces que comparten vestuario, objetivos y victorias.
Combatir la islamofobia no es una causa exclusiva de los musulmanes. Es una responsabilidad colectiva para proteger la dignidad humana y los valores democráticos. Porque cuando se señala a una comunidad por su fe, en realidad se está debilitando el principio fundamental de igualdad.
Finalmente, las gradas deben reflejar la unión que el fútbol propone: un espacio de convivencia, respeto y orgullo compartido, porque si celebramos los goles de jugadores musulmanes, el respeto también debe fluir desde quienes los aplauden.

*Activista hispano marroquí.
