Rue20 Español/Melilla
Mohamed Ahmed Moh*
El avance social y profesional de los musulmanes españoles refleja el cambio de una sociedad cada vez más diversa, pero también pone a prueba la capacidad real de convivencia y respeto a la igualdad de todos los ciudadanos.
Melilla vive un cambio social silencioso pero profundo. Durante décadas, muchos ciudadanos musulmanes fueron asociados casi exclusivamente a determinados sectores laborales. Hoy esa realidad ha cambiado de forma evidente: médicos, abogados, policías, empresarios o representantes públicos forman parte de una nueva generación que ha apostado por la educación y la participación plena en la sociedad. Este avance, natural en cualquier sociedad moderna, también obliga a mirar de frente un debate que aún incomoda a algunos: el de los prejuicios que sobreviven cuando la igualdad deja de ser un discurso y se convierte en una realidad.
Durante décadas, miles de ciudadanos musulmanes en Melilla se han sentido españoles sin necesidad de explicarlo constantemente; por historia, por arraigo y por vida cotidiana. Generaciones enteras han crecido formando parte del tejido social de este país, compartiendo barrios, escuelas, trabajos y responsabilidades.
Sin embargo, en los últimos años se está produciendo un cambio social que algunos observan con naturalidad y otros con cierta incomodidad. Ese cambio tiene una explicación sencilla: la educación, el esfuerzo familiar y el compromiso de muchas personas que apostaron por la formación como camino hacia el progreso.
Durante mucho tiempo, la presencia de musulmanes en determinados espacios públicos parecía limitada a sectores laborales concretos, especialmente la construcción o el trabajo doméstico. Aquella realidad respondía a circunstancias sociales y educativas de otra época.
Hoy la situación es muy distinta. Cada vez es más frecuente encontrar ciudadanos españoles de confesión musulmana desempeñando responsabilidades en prácticamente todos los ámbitos profesionales: policías, guardias civiles, médicos, abogados, arquitectos, profesores, empresarios o representantes políticos.
Este avance no es fruto de privilegios ni de concesiones. Es el resultado natural de décadas de trabajo, sacrificio y confianza en la educación como herramienta para mejorar el futuro de las nuevas generaciones.
Conviene decirlo con claridad: España no es un país racista. Generalizar sería injusto y profundamente equivocado. Sin embargo, tampoco se puede negar que existen actitudes individuales marcadas por prejuicios o incomodidades ante una realidad social que cambia y rompe estereotipos del pasado.
Durante mucho tiempo, algunos asumieron que los musulmanes ocuparían siempre determinados espacios dentro de la estructura social. Ver ahora a jóvenes musulmanes accediendo a profesiones cualificadas, aprobando oposiciones o formando parte de instituciones públicas desmonta una imagen que durante años parecía fija para algunos.
Melilla refleja de forma especialmente clara esta evolución. La ciudad ha sido históricamente un punto de encuentro entre culturas, religiones y tradiciones distintas. Cristianos, musulmanes, judíos e hindúes comparten desde hace generaciones un mismo espacio urbano y una historia común.
Esa diversidad constituye una de las mayores riquezas de la ciudad. Pero también es cierto que Melilla vive, como tantas otras sociedades diversas, un momento de transición en el que conviven quienes defienden una convivencia real con quienes todavía mantienen prejuicios o temores ante los cambios sociales.
A pesar de ello, la realidad cotidiana demuestra que la convivencia no es una simple declaración institucional. Se construye cada día en las escuelas donde niños de distintas culturas estudian juntos, en los hospitales, en los barrios y en los centros de trabajo donde ciudadanos diferentes comparten responsabilidades y objetivos.
Sin embargo, también es necesario señalar con claridad que los avances sociales no siempre encuentran el acompañamiento institucional que deberían tener. Cuando determinadas decisiones políticas se alejan del principio de igualdad o de la realidad plural de la ciudad, se corre el riesgo de generar desconfianza entre los ciudadanos. En ocasiones, la sensación que perciben muchos melillenses es que algunas instituciones continúan funcionando con inercias propias de otro tiempo, como si aún respondieran a lógicas coloniales en manos de algunos responsables que no comprenden la profundidad del cambio social que vive la ciudad. Esa actitud no solo resulta injusta, sino que además constituye un obstáculo para el desarrollo natural de las capacidades que la diversidad puede aportar a una sociedad abierta y moderna. Melilla posee en su pluralidad cultural una enorme riqueza humana, profesional y social que solo podrá desplegarse plenamente si las instituciones actúan con responsabilidad, neutralidad y respeto absoluto al principio de igualdad.
En este contexto, también es necesario reforzar el respeto a las instituciones y al Estado de Derecho como base de una convivencia justa.
Por ello, hacemos un llamamiento para que nuestras autoridades competentes en la Ciudad de Melilla sigan mejorando en su comportamiento en la toma de decisiones políticas, ajustándose siempre al derecho y al interés general de todos los melillenses. Del mismo modo, animamos a cualquier ciudadano que se sienta perjudicado en cualquier sentido a ejercer sus derechos, denunciar las situaciones que considere injustas y acudir a los tribunales para que sea la justicia quien determine las responsabilidades correspondientes.
La fortaleza de una democracia se mide precisamente en la capacidad de sus ciudadanos para confiar en la ley y en el funcionamiento de las instituciones.
Los musulmanes, de manera muy particular los de Melilla, no reclaman privilegios ni tratamientos especiales. Reclaman algo mucho más sencillo: ser considerados ciudadanos con los mismos derechos y las mismas responsabilidades que cualquier otro.
La realidad demuestra que la comunidad musulmana contribuye activamente al desarrollo de la sociedad española: trabajando, estudiando, emprendiendo, participando en las instituciones y formando parte del tejido social que sostiene el progreso colectivo.
Lejos de restar, esa participación suma. Suma talento, suma diversidad y suma capacidad de adaptación en una sociedad cada vez más plural.
El desafío de Melilla no es decidir si la diversidad existe. La diversidad ya es una realidad evidente. El verdadero reto es que esa diversidad se traduzca en una convivencia auténtica, basada en el respeto mutuo, la igualdad de oportunidades y la confianza en las instituciones.
Puede que todavía existan voces que intenten alimentar divisiones o mantener viejos prejuicios. Pero la historia demuestra que, cuando una sociedad apuesta por la educación, la participación y el respeto a la ley, esas actitudes terminan perdiendo espacio.
Melilla tiene la oportunidad de demostrar que su pluralidad no es un problema, sino una fortaleza.
Y quienes hoy avanzan gracias al esfuerzo y la preparación no están cambiando la esencia de España. Están, simplemente, ampliando el significado de lo que siempre ha sido: un país construido por ciudadanos diferentes que comparten un mismo futuro.

*Presidente de la Comunidad Comunidad Musulmana de Melilla.
