Rue20 Español/Rabat
Detrás de la posición argelina sobre el conflicto del Sáhara se perfila una preocupación que trasciende ampliamente el propio territorio marroquí.
Para el poder en Argel, el verdadero desafío no reside tanto en lo que ocurra en El Aaiún o Dajla como en las implicaciones que una eventual resolución del expediente podría tener sobre el equilibrio fronterizo heredado de la colonización francesa.
A medida que las dinámicas diplomáticas se intensifican bajo el impulso de Washington, una constante emerge en la lectura argelina: el desenlace del expediente del Sáhara marroquí no se limita a una cuestión de rivalidad regional, sino que toca fibras sensibles vinculadas a la arquitectura territorial del Estado argelino. En esa perspectiva, el “día después” pesa más que el propio conflicto.
La herencia colonial como línea roja
Desde su independencia en 1962, Argelia ha hecho del principio de la intangibilidad de las fronteras heredadas de la colonización el pilar doctrinal de su política exterior.
Este principio fue posteriormente consagrado por la Organización de la Unidad Africana, convirtiéndose en una referencia estructurante para numerosos Estados africanos surgidos del proceso de descolonización.
Para Argel, cualquier cuestionamiento de esas fronteras equivaldría a abrir una brecha potencialmente desestabilizadora, no solo a escala bilateral con Marruecos, sino en todo el continente. La frontera es percibida como el acto fundacional del Estado poscolonial, una línea que no admite reinterpretaciones.
Sin embargo, esta sensibilidad tiene raíces concretas. En 1963, apenas un año después de la independencia argelina, estalló la llamada guerra de las Arenas entre Marruecos y Argelia, en torno a zonas fronterizas disputadas como Tinduf y Béchar. El conflicto, aunque breve, dejó una huella profunda en la memoria estratégica argelina: consolidar el territorio pasó a ser una prioridad existencial.
1966: El giro estratégico
Archivos del antiguo Servicio de Documentación Exterior y Contraespionaje francés (SDECE) indican que en 1966, durante la conferencia de Addis Abeba organizada por la Organización de la Unidad Africana, la postura argelina sobre el Sáhara marroquí distaba de ser puramente ideológica. El representante argelino consideraba “ilusorio” conceder la independencia a un territorio escasamente poblado y subrayaba que Argelia no podía desentenderse de su evolución.
En ese momento, el presidente Houari Boumediene acababa de consolidar su poder tras el derrocamiento de Ahmed Ben Bella. El nuevo liderazgo imprimió una orientación clara: impedir que Marruecos ampliara su profundidad estratégica hacia el sur y preservar el equilibrio territorial heredado de la etapa colonial.
Progresivamente, el Sáhara se transformó en una palanca geopolítica. El respaldo posterior al Polisario se inscribió en esa lógica: estructurar un espacio amortiguador que limitara cualquier reconfiguración regional susceptible de alterar el statu quo fronterizo.
En este marco histórico se entiende la extrema cautela de Argel frente a cualquier evocación del trazado fronterizo en el oeste argelino. Incluso menciones académicas o políticas sobre antiguos territorios generan reacciones virulentas en ciertos círculos del poder. Para las élites político-militares, la frontera no es una simple delimitación geográfica, sino la garantía última de la cohesión nacional.
De ahí que, ante la hipótesis de una solución basada en la autonomía del Sáhara bajo soberanía marroquí, Argel busque asegurarse de que el cierre del expediente no derive en la apertura de otro debate, aunque sea teórico, sobre territorios anexados durante el período colonial.
Washington como paraguas estratégico
Es en este contexto donde Estados Unidos adquiere un papel central. Más allá de su rol de facilitador diplomático, Washington aparece para Argel como un posible garante implícito del equilibrio territorial regional. Lo que se busca es una forma de “santuarización” de las fronteras en el nuevo escenario que podría emerger tras una eventual resolución del conflicto.
La implicación estadounidense ofrecería, desde la óptica argelina, una garantía política de que las fronteras heredadas de la colonización no serán objeto de revisión futura. En otras palabras, el paraguas estratégico estadounidense serviría como seguro frente a cualquier reconfiguración no deseada.
A medida que la perspectiva de una solución al conflicto del Sáhara marroquí se precisa, la cuestión fronteriza vuelve así al centro de la lectura argelina. El debate ya no gira exclusivamente en torno al estatus del territorio, sino en torno a la estabilidad estructural del Estado argelino en su configuración actual.
El verdadero desafío, para Argel, se juega silenciosamente en ese terreno: asegurar que el “después del Sáhara” no altere el fundamento territorial sobre el que se edificó el régimen surgido de la independencia.
