Rue20 Español/ Dajla
Walid El Moumen
En pleno cambio que está experimentando la tercera década del siglo XXI, Marruecos busca situarse del lado correcto de la historia. Un objetivo que no puede alcanzarse únicamente mediante alianzas con potencias europeas o con Estados Unidos, sino que exige un esfuerzo mayor, combinando geopolítica y economía sin perder de vista el entorno estratégico en el que se encuentra. Consciente de esta realidad, Rabat concentra hoy todas sus energías en la Iniciativa Atlántica, un megaproyecto destinado a conectar los países del Sahel con el océano Atlántico a través del puerto de Dajla.
La iniciativa, anunciada por SM el Rey Mohammed VI durante el 48º aniversario de la Marcha Verde, contó con el respaldo de Mali, Níger y Burkina Faso, que en abril de 2025 formalizaron su adhesión invitados por el monarca.
El plan contempla la construcción de un corredor logístico moderno y la apertura de infraestructuras estratégicas, con el nuevo puerto de Dajla como eje de conexión entre África Occidental y los puertos marroquíes de Casablanca y Tánger, con salida hacia Europa y América.
El proyecto se financia con recursos públicos marroquíes y capital extranjero, en particular de la Agencia Francesa para el Desarrollo, fondos privados de Emiratos Árabes Unidos y el interés del Banco Africano de Desarrollo y del Banco Mundial, según recogió France 24.
“Se trata de implementar un corredor logístico moderno —puertos, carreteras, vías ferroviarias— que busca desenclavar y dar acceso directo a las economías de los países sahelianos enclavados, lo que dinamizará buena parte de la economía africana”, explica Fadoua Ammari, experta vinculada al Policy Center for the New South (PCNS).
Para ella, se trata de un “partenariado que se apoya sobre un enfoque de beneficio mutuo” y de un modelo de “codesarrollo basado en la soberanía logística compartida”.
La dimensión diplomática es igualmente central. “Hoy Rabat es de los pocos actores con capacidad para mediar entre los países sahelianos y sus antiguos aliados occidentales, en especial Francia, que fue expulsada del territorio”, apunta Beatriz Mesa, periodista y doctora en Relaciones Internacionales.
En su análisis, Marruecos ocupa un rol “suplantando a una Francia que no tiene legitimidad, pero la apoya una vez más en primera línea”. Mesa subraya que, a diferencia de París, “Marruecos no ha utilizado estos países para agendas propias económicas o geopolíticas. El país que se ha beneficiado durante medio siglo de los recursos naturales del Sahel sin que haya después un impacto de desarrollo a largo plazo es Francia, especialmente”.
El proyecto también se inserta en el debate sobre el futuro del Sáhara, considerada una causa sagrada para el pueblo marroquí, cuyo expediente sigue sin resolverse en las mesas redondas de Naciones Unidas.
Intissar Fakir, investigadora principal del Middle East Institute, sostiene que “el punto de inflexión para el Sáhara fue el reconocimiento de la soberanía marroquí por parte de la administración Trump”.
A su juicio, la Iniciativa Atlántica “va un paso más allá: no se trata solo de proyectos de infraestructura en el Sáhara, sino de un centro de infraestructura global”.
Fakir considera que es “un salto hacia adelante en un camino que Marruecos ya ha trazado de manera metódica y bastante astuta, con muchos años de cuidadosa planificación de política exterior y económica”.
Según sus propias palabras, el futuro de esta iniciativa podría incluso “influir en la postura de Rusia y China, los únicos miembros del Consejo de Seguridad que se abstienen en la votación anual sobre el Sáhara”.
Con este megaproyecto, Rabat aspira a posicionarse como un actor clave en el Sahel y a proyectarse como potencia regional.
La Iniciativa Atlántica se presenta, además, como una alternativa no militar para impulsar la integración africana, contener la inseguridad y reforzar la soberanía del continente.
