Con Dios, pero sin Aláh: el fantasma de la inquisición recorre España

Rue20 Español/ Madrid

Abdelhamid Beyuki*

 

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Parece que en Jumilla, ese rincón soleado de la Región de Murcia, no sólo maduran las uvas con las que se hacen sus vinos, sino también decisiones institucionales que huelen a rancio. Esta semana, el Ayuntamiento —gobernado por el Partido Popular con el entusiasta respaldo de VOX— ha decidido aprobar una moción para prohibir los festejos musulmanes que durante años se han celebrado en instalaciones deportivas municipales, organizados pacíficamente por trabajadores de origen marroquí. ¿El delito? Ser musulmanes, o más bien “moros” ¿La excusa? Ya nos la imaginamos: “defensa de las tradicionescristianas”, “uso indebido de espacios públicos”, “problemas de convivencia”… En fin, lo de siempre.

Porque, claro, no hay problema cuando se organiza una procesión, una romería o una misa campestre ocupando la vía pública. Tampoco molesta que los niños, incluso musulmanes aprendan villancicos en el colegio público. Pero si un grupo de trabajadores inmigrantes quiere celebrar una festividad religiosa —que ni siquiera molesta a nadie—, entonces hay que sacar la artillería legal, y política, para impedirlo. Faltaría más.

La ironía histórica es deliciosa, si no fuera trágica: en una tierra que fue durante siglos ejemplo de convivencia entre judíos, musulmanes y cristianos —hasta que los Reyes Católicos y su famosa “limpieza espiritual” nos regalaron la expulsión y la hoguera—, se vuelve a escuchar el eco de aquel “¡Convertíos o marchaos!”. Solo que hoy, en lugar de sotanas, los nuevos guardianes de la fe visten trajes de concejal y ondean banderas con nostalgia imperial.

Sí, lo sabemos: no han quemado mezquitas ni expulsado oficialmente a nadie (todavía). Pero negar el derecho a una comunidad a celebrar sus tradiciones culturales y religiosas en espacios municipales es un acto de exclusión institucional. Y eso, queramos o no, se llama racismo estructural. Lo que han aprobado en Jumilla no es una decisión técnica: es un mensaje de que la “caza del moro “ iniciada en Torre Pacheco continua. Es también un aviso. Un «aquí mandamos nosotros». Y eso tiene nombre: autoritarismo identitario.

Lo de Jumilla no es una anécdota aislada. Es el síntoma visible de una enfermedad que recorre Europa, y otras partes del mundo: la normalización de la xenofobia bajo el disfraz de patriotismo. En Francia, Italia, Hungría… y sí, en España también, los discursos de odio han dejado de ser tabú y se han convertido en programas políticos.

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Lo más inquietante no es que un partido como VOX proponga mociones racistas. Ya sabemos de qué pie cojean. Lo alarmante es que el Partido Popular —ese que se presenta como la derecha moderada y constitucionalista— las respalde. Cuando se cruzan ciertas líneas rojas, se deja de ser cómplice para convertirse en autor.

Consecuencias: votos para hoy, odio para mañana

Prohibir una celebración religiosa no “resuelve” nada. No mejora la seguridad ciudadana. No ayuda a la convivencia. No favorece la integración. Al contrario: genera frustración, resentimiento, polarización. Y encima alimenta la narrativa victimista de la ultraderecha: esa que pinta a los inmigrantes como una amenaza cultural, mientras se olvida de que sin ellos los campos de Jumilla estarían sin vendimiar.

¿Quieren una España en la que la fe de unos tiene más derechos que la de otros? ¿Una democracia a la carta, donde los derechos fundamentales se someten a votación según quién gobierne? Porque si hoy se prohíbe el Eid (la fiesta musulmana del fin de Ramadan), mañana alguien pedirá vetar Hanukkah, pasado mañana dirán que Halloween es cosa de herejes, y más tarde la democracia es cosa de ateos y comunistas..

Tal vez en Jumilla deberían brindar menos con vino y más con sentido común. La libertad religiosa no es un privilegio: es un derecho. La igualdad no es una opinión: es un principio constitucional. Y la democracia no consiste en hacer lo que quiere la mayoría, sino en proteger los derechos de todos, especialmente de las minorías.

En tiempos como estos, recordar lo obvio es un acto de resistencia: no hay democracia real sin pluralismo, sin respeto, sin dignidad para todos los ciudadanos, sin importar su apellido, su fe o su color de piel.

Pero claro… eso no cabe en una moción. Ni en una pancarta de campaña.

 

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*Experto en las relaciones hispano-marroquíes

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