Rue20 Español/Rabat
En Marruecos, el rostro de la pobreza tiene género y código postal: es mujer, y vive en el medio rural. Sin embargo, según la Alta Comisaría de Planificación (HCP), su inclusión plena en la economía nacional podría generar nada menos que 25.300 millones de dirhams (unos 2.530 millones de dólares), lo que representa el 2,2% del PIB. Es decir, un potencial desaprovechado que equivale a toda una reforma estructural que no necesita ser aprobada en el Parlamento, sino aplicada sobre el terreno.
Durante una conferencia en Rabat sobre el empoderamiento femenino, el Alto Comisionado Chakib Benmoussa fue claro: las mujeres rurales enfrentan trabajos no remunerados, barreras de acceso a la salud y a la educación, y dificultades para acceder a la propiedad y a los recursos financieros. Su contribución al país es real, pero sigue siendo invisible en los balances económicos.
Los estudios presentados en la conferencia —organizada junto a ONU Mujeres y con el apoyo de la Unión Europea— trazan una hoja de ruta precisa: reducir la brecha salarial, reconocer el valor del trabajo doméstico no remunerado, e invertir en sectores con alta participación femenina.
Además de ser una cuestión de justicia social, se trata también de una apuesta estratégica desde el punto de vista económico. Marruecos no puede aspirar al desarrollo mientras siga dejando al margen a la mitad de su población, especialmente en regiones donde el abandono y el olvido son la norma.
Empoderar a las mujeres rurales no debe ser un lema, sino una política pública concreta. Porque en cada mujer que trabaja sin sueldo, que cuida sin derechos y que produce sin reconocimiento, el país pierde riqueza, dignidad y futuro.
