Rue20 Español/Rabat
El régimen militar argelino ha convertido la doble moral en doctrina de Estado. Desde los despachos de Argel, los generales alzan la voz con ferocidad contra Marruecos por haber restablecido sus relaciones diplomáticas con Israel, pero, en silencio, firman cheques millonarios con la misma nación que dicen repudiar. Como siempre, la argucia es burda y la mentira evidente. Los datos desnudan la farsa.
El Observatorio de Complejidad Económica del MIT (OEC) revela que, desde 2017, Argelia ha mantenido transacciones comerciales con Israel que superan los 30 millones de dólares. Un flujo que no es casual ni esporádico, sino sostenido y creciente. En 2022, la cifra alcanzó los 21.4 millones de dólares, colocando a Argelia entre los cuatro principales exportadores árabes hacia Israel, por detrás de Emiratos Árabes, Egipto y Jordania.
Los productos argelinos llegan a Israel con un sigilo casi mafioso. Encabeza la lista el hidrogeno, un componente clave en la industria energética israelí. Pero el interés de los generales no es la economía, sino la coartada. Con una mano financian operaciones comerciales con Israel, con la otra se rasgan las vestiduras acusando a Marruecos de «traicionar» la causa palestina.
El presidente argelino Abdelmayid Tebboune ha jugado a la confusión. En una entrevista con L’Opinion en febrero de 2025, afirmó que Argelia estaría dispuesta a reconocer a Israel «una vez establecida una Palestina independiente». Pero, al mismo tiempo, su gobierno mantiene la retórica agresiva contra Rabat, tratando de desviar la atención de su propia contradicción. La estrategia es la misma de siempre: un discurso para el consumo interno, otro para el exterior.
Los antecedentes demuestran que la postura argelina nunca ha sido ideológica, sino utilitaria. Ni Chadli Bendjedid ni Abdelaziz Bouteflika mantuvieron una hostilidad real contra Israel. De hecho, en 2000, Argelia aplaudió la normalización de relaciones entre Israel y Mauritania. Sin embargo, desde que Marruecos retomó sus vínculos diplomáticos con Tel Aviv en diciembre de 2020, los generales han desatado una campaña de histeria política, acusando a Rabat de un supuesto sometimiento al sionismo, mientras ellos multiplican sus propias transacciones con Israel.
El verdadero interés del régimen argelino no es Palestina ni Israel, sino la perpetuación en el poder. Cada vez que la crisis económica golpea, cada vez que las revueltas internas asoman, los generales echan mano de la misma estrategia: agitar el fantasma de Marruecos para distraer a la opinión pública. Se presentan como los guardianes de la pureza ideológica, mientras trafican con la misma nación que dicen combatir.
La incoherencia argelina ya no sorprende, pero sí indigna. Marruecos, al menos, ha sido transparente en su política exterior. Recuperó sus lazos con Israel sin ocultamientos ni subterfugios, y lo hizo en el marco de una estrategia de fortalecimiento diplomático que ha consolidado su posición en el escenario internacional. Argelia, en cambio, sigue atrapada en su teatro de hipocresía, creyendo que la opinión pública seguirá tragándose su discurso trasnochado. Pero los datos no mienten, y la farsa de los generales tiene los días contados.
