Rue20 Español/Rabat
El régimen argelino, visiblemente afectado por las protestas expresadas a través del hashtag #Manich_Radi («No estoy satisfecho») en redes sociales, ha respondido acusando a Marruecos de orquestar una «guerra de cuarta generación» contra el país.
Esta reacción, calificada por analistas internacionales como desproporcionada y propia de un régimen en declive, ha sido encabezada por el presidente Abdelmadjid Tebboune.
En un discurso de una hora dirigido a los walis el martes 24 de diciembre, Tebboune, lejos de anunciar medidas para paliar el descontento popular, se limitó a reiterar promesas incumplidas, como la puesta en marcha de nuevas plantas desaladoras antes del Ramadán, y a culpar directamente a Marruecos por las protestas.
Sus declaraciones, marcadas por un tono marcial y acusatorio, incluyeron frases como: «Argelia no puede ser devorada por un hashtag» y «Protegeremos este país cuyo pueblo tiene la sangre de los mártires corriendo por sus venas».
La respuesta del gobierno argelino ha ido más allá de las declaraciones presidenciales. Medios estatales, como el diario El Moudjahid, han publicado artículos que acusan al Reino de Marruecos de un «ciberataque» y de un complot para desestabilizar el país.
Estos artículos, cargados de retórica incendiaria y acusaciones sin fundamento, han intensificado la tensión entre ambos países.
La estrategia del régimen argelino, en lugar de abordar las preocupaciones legítimas de la población, se centra en la represión y la atribución de la culpa a un enemigo externo.
Se han registrado arrestos y secuestros de internautas que participaron en la campaña del hashtag #Manich_Radi, mientras que se ha promovido un contra-hashtag, #Ana_Maa_Bladi («Estoy con mi país»), en un intento por contrarrestar la narrativa de las protestas.
Analistas políticos interpretan la reacción de Argelia como un síntoma de debilidad y miedo ante una creciente ola de descontento popular.
La inversión de 25.000 millones de dólares en armamento para el próximo año, lejos de solucionar los problemas internos, refleja la incapacidad del régimen para abordar las causas profundas de la crisis.
La acusación a Marruecos, en lugar de ser una estrategia efectiva, se percibe como una maniobra desesperada para desviar la atención de las crecientes demandas sociales y políticas en Argelia.
