Rue20 Español/Rabat
Hay coincidencias que exigen una fe casi ciega en el azar para ser tomadas como inocentes. Ayer por la mañana, mientras en Rabat daba comienzo la XV Reunión de Alto Nivel franco-marroquí, la primera desde 2019, con la presencia del primer ministro francés Sébastien Lecornu y una docena de ministros de su gabinete, dos medios franceses —Franceinfo y Le Monde— a la luz de un informe recién publicado, desempolvaban el caso Pegasus con una sincronización tan milimétrica que resulta difícil no ver en ella una operación calculada. No es casualidad que las acusaciones contra Marruecos resuciten precisamente cuando París y Rabat sellan un acercamiento estratégico que llevaba años gestándose.
El titular de Le Monde no deja lugar a dudas: «Nuevas pruebas demuestran que Marruecos utilizó efectivamente el software espía Pegasus». Franceinfo, por su parte, abría su información a las 6:30 de la mañana, en el mismo instante en que la comitiva francesa aterrizaba en suelo marroquí. La coreografía está tan perfectamente ensayada que parece más un guion editorial que una coincidencia periodística. Pero lo que estos medios presentan como «nuevas pruebas» merece un examen más detenido, porque la realidad es que cinco años después de las primeras filtraciones, el expediente sigue sin ofrecer una sola prueba concluyente que vincule directamente a las autoridades marroquíes con los supuestos ataques.
La hipocresía del espionaje: Un juego al que todos juegan
Vaya por delante una verdad incómoda que los medios franceses prefieren eludir: hoy en día, todo el mundo espía a todo el mundo. Estados Unidos espía a sus aliados más cercanos, como reveló Edward Snowden. Francia espía a sus «amigos», como quedó demostrado con el caso de los submarinos australianos o las escuchas a Sarkozy. España, según informes coincidentes, espió a los independentistas catalanes; Israel espía a todos, incluidos quienes dicen apoyarlo; China, Rusia, Reino Unido y Alemania mantienen programas de inteligencia cuyo alcance solo conocemos cuando algún filtrador decide destapar los secretos.
Pero cuando se supone que las sospechas apuntan a Marruecos, el asunto adquiere de repente una dimensión de «caso internacional» y de «grave violación» que no se aplica a otras potencias. ¿Acaso Francia ha pedido disculpas por espiar a sus propios ciudadanos o a dirigentes de países amigos? ¿Han dimitido los responsables estadounidenses por los escándalos de vigilancia masiva? La respuesta es conocida: no. Porque en el tablero geopolítico, la capacidad de inteligencia es una moneda de cambio, y quienes la poseen la utilizan sin ruborizarse.
El espionaje ya no es solo una cuestión de política; es también economía, comercio, influencia e intereses estratégicos. Quien posee la tecnología posee el poder; quien no la tiene escribe informes indignados, moviliza a sus medios de comunicación para lamentarse y exige «investigaciones internacionales». Los países que hoy “lloran” por la «violación de su privacidad» deberían preguntarse: ¿se lamentarían igual si fueran ellos quienes tuvieran esa capacidad? La pregunta responde por sí sola.
Analicemos con rigor lo que Franceinfo y Le Monde presentan como novedades. El informe relativo al teléfono de Sébastien Lecornu, fechado el 23 de julio de 2021, menciona, según Franceinfo, «indicios de compromiso» que evidencian «como mínimo un posible intento de selección como objetivo». Nótese la cautela del lenguaje: «indicios», «posible», «como mínimo». No se identifica a ningún operador concreto, ni un autor determinado, ni una cadena de responsabilidades. Tampoco se demuestra que se produjera realmente una extracción de datos. Hablan únicamente de un «posible objetivo». Nada más.
La nota atribuida a la DGSE se remonta a noviembre de 2022. No ha sido publicada en su integridad. Su método de atribución sigue siendo inaccesible, se desconocen sus fuentes y no se precisa su grado de certeza. En cuanto a la afirmación general de que Marruecos y los Emiratos habrían utilizado «productos de NSO», esta sigue siendo insuficiente para demostrar que Rabat hubiera ordenado directamente los ataques dirigidos contra ministros franceses.
La propia Franceinfo reconoce que los indicios técnicos encontrados «no bastan para atribuir a Marruecos, desde el punto de vista judicial, la responsabilidad de los ataques». Esa frase debería abrir el artículo. Incluso podría ser su titular. Sin embargo, aparece enterrada en el texto, después de que la culpabilidad de Marruecos ya haya sido proclamada, repetida e instalada en la mente del lector. El procedimiento está ya perfectamente ensayado: el titular condena, el cuerpo del artículo matiza; el modo indicativo desfila en primera línea, mientras que el condicional se refugia en los párrafos. La certeza se exhibe en el escaparate; las reservas quedan guardadas en la trastienda.
¿Dónde está el contrato de compra? ¿Dónde está la factura, el pago, la licencia de exportación, el registro de operaciones o la correspondencia que señale explícitamente a una administración marroquí? Ninguno de esos elementos se presenta al público. En su lugar, se ofrecen extractos seleccionados, peritajes imposibles de examinar en su totalidad y fuentes anónimas cuyas funciones, nivel de acceso, posibles intereses y motivaciones el lector no puede verificar.
La justicia francesa no ha condenado a Marruecos
Franceinfo insiste en un punto: las demandas presentadas por Marruecos fueron declaradas inadmisibles y esa inadmisibilidad fue confirmada por el Tribunal de Casación. El hecho es cierto, pero el uso que se hace de él dista mucho de serlo. Porque el Tribunal de Casación nunca afirmó que Marruecos hubiera adquirido Pegasus; nunca examinó la solidez de las acusaciones; ni validó los peritajes del consorcio, ni atribuyó los ataques al Reino. Se pronunció únicamente sobre una cuestión procesal: la posibilidad de que un Estado extranjero pudiera interponer en Francia una acción por difamación pública.
En otras palabras, la justicia no resolvió el fondo del asunto; cerró la puerta antes incluso de que pudiera abrirse un debate contradictorio sobre las pruebas. Marruecos, por tanto, no perdió un juicio sobre Pegasus; simplemente no consiguió que ese juicio llegara a celebrarse. Presentar esa inadmisibilidad como una derrota sobre el fondo equivale a hacer decir a la justicia lo que nunca dijo y a atribuir a una decisión puramente procesal el valor de una validación judicial de las acusaciones.
Cinco años después de las primeras revelaciones, la instrucción judicial francesa sigue todavía en curso. Dos antiguos directivos de NSO han declarado con el estatus de testigos asistidos, pero ningún responsable marroquí ha sido condenado ni siquiera imputado en este caso. Paradójicamente, aquello que cinco años de investigación aún no han permitido atribuir de manera definitiva, algunas redacciones pretenden resolverlo con un simple titular.
El verdadero objetivo: Torpedear el acercamiento franco-marroquí
El giro más revelador se produce cuando Franceinfo abandona el terreno de Pegasus para atacar directamente la política francesa respecto a Marruecos. El artículo difunde la idea de una Francia que «se arrodilla» ante Rabat, sugiere que el Reino dispondría de un poder excepcional sobre París y deja entrever que informaciones obtenidas mediante espionaje podrían explicar las decisiones diplomáticas francesas. El mecanismo es hábil, salvo por un detalle: no se aporta ninguna prueba de chantaje. No se identifica ningún supuesto secreto descubierto. Ningún responsable francés declara haber sufrido presiones marroquíes. Ningún documento vincula Pegasus con la postura de París sobre el Sáhara marroquí.
Pero la hipótesis queda lanzada y el signo de interrogación hará el resto. Permite sembrar la sospecha sin necesidad de demostrarla, aprovechar su carga explosiva manteniéndose al mismo tiempo a distancia de la responsabilidad que implica formular una afirmación.
La finalidad política del relato aparece entonces con claridad. Se trata de hacer creer que el acercamiento entre París y Rabat no puede ser el resultado de una lectura racional de los intereses franceses, sino necesariamente de una muestra de debilidad, de ceguera o de connivencia. Como si Marruecos no pudiera convertirse en una prioridad estratégica por su estabilidad, su papel en materia de seguridad, su proyección africana, su fachada atlántica, su emergente potencia económica, su política migratoria y su influencia regional. Como si París no pudiera reconocer por sí mismo que su política magrebí había llegado a un callejón sin salida. Como si la relación con Rabat todavía necesitara el visto bueno moral de algunas redacciones parisinas.
Lo que parece incomodar a esa prensa quizá no sea únicamente Marruecos, sino este Marruecos que ya no acepta que otros escriban su relato. Este Marruecos que ya no espera de París un certificado de existencia diplomática. Este Marruecos que ha diversificado sus alianzas, consolidado su presencia en África, profundizado sus asociaciones internacionales y demostrado a Francia que ya no es su único horizonte.
La relación franco-marroquí ya no es la de una antigua potencia hablando a un país perteneciente a su esfera de influencia. Se ha convertido en la relación entre dos Estados cuyos intereses les obligan a dialogar, negociar y encontrar compromisos en un terreno ahora mucho más equilibrado. El acercamiento actual no restaura el antiguo orden, sino que certifica su final. Francia vuelve hacia un Marruecos que ha cambiado porque ha comprendido que corría el riesgo de perder de forma duradera su posición en un Reino que se ha vuelto imprescindible. Demasiado estratégico para ser ignorado. Demasiado autónomo para ser tratado como una periferia. Demasiado conectado con el mundo como para permanecer prisionero de una relación exclusiva con París.
Esa realidad geopolítica es mucho más sólida que las insinuaciones deslizadas al hilo de una cita mediática. Pero esa realidad incomoda a una determinada visión francesa de Marruecos: la de un país que solo debería aparecer en las secciones dedicadas a la vigilancia, los derechos humanos, el Sáhara o las supuestas «derivas» de su régimen. Cuando Marruecos tiene éxito, habría que añadir un «pero». Cuando avanza, habría que recordar una acusación. Cuando gana influencia, habría que sospechar una maniobra. Cuando Francia se acerca a él, habría que resucitar Pegasus.
El espionaje es una realidad del mundo contemporáneo que ningún Estado puede permitirse ignorar. Marruecos, como país soberano, tiene el derecho y el deber de proteger sus intereses nacionales y su seguridad con todos los medios a su alcance, en igualdad de condiciones con el resto de naciones. Señalar al Reino con un dedo acusador mientras se cierra los ojos ante las prácticas de otras potencias no es periodismo de investigación, es propaganda con pretensiones de verdad.
El poder es tecnología; lo demás son simplemente lamentos y ruido. Y Marruecos, bajo el liderazgo de Su Majestad el Rey Mohammed VI, ha decidido dejar de ser un país que escucha los lamentos ajenos para convertirse en un protagonista activo de su propio destino. La ofensiva mediática de estos días no logrará empañar el éxito de la visita francesa ni frenar el impulso de un Reino que se ha ganado, por derecho propio, un lugar en la primera línea del tablero internacional.
Marruecos no necesita lecciones de moral de quienes practican el mismo juego con mayor impunidad. Lo que necesita es que se reconozca su papel estratégico, su estabilidad ejemplar en una región convulsa y su capacidad para ser un socio fiable y soberano. Y eso, ni Pegasus ni ningún otro espectro mediático podrán arrebatárselo.
