Rue20 Español/Rabat
El pasado martes 14 de julio, Argelia vivió una noche que sus autoridades preferirían olvidar. Un apagón de proporciones históricas dejó a oscuras a 16 provincias, sumiendo a millones de argelinos en la incertidumbre en plena ola de calor, con temperaturas que superaban los 45 grados en la costa y alcanzaban los 49 en el desierto.
Según varios medios locales, la avería, originada en la instalación estratégica de Sidi Okba (provincia de Biskra), expuso como ningún discurso oficial podría hacerlo la fragilidad real de un sistema que sus dirigentes venden como el de una «potencia energética».
Lo que comenzó como un fallo técnico «excepcional» —provocado por el aumento de temperaturas y humedad— se propagó como un reguero de pólvora por toda la red interconectada, afectando gravemente al este del país y causando cortes de casi seis horas en algunas zonas.
La pregunta que flota en el ambiente es demoledora: ¿cómo es posible que un solo incidente en una subestación de Biskra pueda desestabilizar la red de 16 provincias enteras.
La respuesta apunta directamente a la debilidad estructural de una infraestructura de transporte y distribución que carece de la resiliencia necesaria para aislar fallos. Como ha señalado un informe de la Agencia Internacional de la Energía, más del 70% de las centrales de gas argelinas —de las que el país depende en más de un 97%— se enfrentarán a condiciones climáticas extremas en las próximas décadas. La red, sencillamente, no está preparada.
El contraste con el relato oficial no puede ser más hiriente. Mientras los equipos de Sonelgaz trabajaban contrarreloj para restablecer el servicio hacia las cuatro de la madrugada, el presidente Abdelmadjid Tebboune ha reiterado en los últimos meses que Argelia dispone de un excedente de 12.000 megavatios y que está lista para exportar electricidad a Europa a través de una futura interconexión submarina con Italia.
Pero lo que ha quedado en evidencia es la distancia abismal entre la capacidad teórica de generación y la capacidad real de garantizar el servicio. No se trata de un déficit de producción —aunque el récord de consumo alcanzó los 21.870 MW el lunes— sino de la escasa resiliencia de una red que no logra contener un único fallo. Eso no es una «potencia energética»; es un castillo de naipes.
La indignación se agrava cuando se constata que Argelia destina ingentes recursos a proyectos de proyección exterior mientras descuida sus propias infraestructuras. El pasado 3 de junio, el primer ministro argelino inauguraba en Niamey una central eléctrica de 40 megavatios financiada íntegramente por Argelia y ejecutada por Sonelgaz. Un gesto de «solidaridad africana» que, sin duda, refuerza la influencia argelina en el Sahel, pero que plantea una cuestión incómoda: ¿con qué criterio se prioriza la electrificación de Níger cuando 16 provincias argelinas se quedan a oscuras por una avería?
El contexto político del proyecto en Níger —un país sumido en profundas transformaciones y tensiones regionales— no hace sino subrayar la dimensión estratégica de una operación que busca atraer aliados en una zona de creciente competencia por la influencia. Una estrategia legítima, sin duda, pero que resulta difícil de conciliar con la fragilidad doméstica que el apagón ha puesto en primer plano.
Las autoridades argelinas han activado una célula de crisis y el primer ministro ha seguido personalmente las operaciones. Se ha elogiado el «restablecimiento en un plazo muy breve» y se ha calificado el incidente de «aislado y excepcional». Pero la magnitud del apagón —que afectó a una amplia extensión territorial y a millones de ciudadanos— desmiente cualquier intento de minimizar lo sucedido.
Lo ocurrido no es un accidente menor. Es el síntoma de un modelo que privilegia la imagen exterior sobre la seguridad interior. Mientras Argelia presume de ser la «batería de Europa», su propia red eléctrica muestra las costuras de una modernización incompleta. La dependencia casi total del gas natural, el aumento récord de la demanda por las olas de calor y la insuficiente inversión en redes de transporte y control son una combinación explosiva.
Argelia tiene reservas de gas y petróleo, pero los recursos energéticos, por sí solos, no garantizan un sistema eléctrico protegido. Lo que garantiza la continuidad del servicio son las redes de transporte robustas, los sistemas eficientes de supervisión y control, y la capacidad de aislar fallos rápidamente. Todo eso falló la noche del 14 de julio.
Mientras el régimen argelino siga empeñado en vender humo —en forma de megavatios de exportación y centrales en el Sahel— en lugar de invertir en la solidez de su propia red, los apagones no serán incidentes «excepcionales», sino la crónica de una debilidad anunciada. Y el pueblo argelino, el primero en sufrir las consecuencias, merece algo más que promesas y discursos.
